Hace algunos años, en un barrio de una población del poniente de la Región Metropolitana, conocí un jardín infantil cuya puerta de salida exterior al patio de juegos estaba doblemente blindada. Los “soldados” del sector solían probar el calibre de sus armas en dicha puerta, la misma que muchas veces sus pequeños hijos abrían o cerraban para atravesar el pasaje y llegar a sus casas. En otra oportunidad conocí un joven de no más de 15 años portando un “fierro” como protección, porque en su pasaje nadie entraba a resguardar su seguridad ni la de su familia. Él se sentía el “protector” en medio de la muestra más brutal de marginación. Esto pasa en Chile. No es ficción.
Más de 420 barrios críticos, más de una centena sólo en la Región Metropolitana, cientos de miles de compatriotas ven instalarse la violencia, la fragilidad de la vida en una bala loca, el abandono no sólo de servicios, sino de las políticas de Estado, cuyo esfuerzo pareciera ir sólo hacia controlar los efectos por sobre enfrentar las causas.
Dicen que los tiburones olfatean la sangre hasta media milla de distancia, los narcos también y más. Se instalan en los barrios como la “mano” que les da lo que nadie, a los niños una carrera de “zombie” o “sapo”, más grandes podrán ser “soldados” e incluso “guardaespaldas”. Ellos miran a sus hermanos que ya iniciaron el camino, a sus madres que por unas monedas guardan entre las paredes de sus casas la misma droga que algún día sus hijos consumirán. La sangre fluye en una comunidad rota, encarcelada entre las rejas de protección de sus ventanas, pero que con sospecha mira a su vecino al cruzar el pasillo.
El Narco sabe que mientras los lazos sean débiles el continuará dominando. Pero he aquí el punto crítico, la droga no domina en los espacios en que la comunidad logra cohesión, no domina cuando organizados los vecinos son capaces de enfrentar todas estas realidades de exclusión social a través de la prevención, cuando son capaces de poner el foco en proteger lo más valioso, que es el desarrollo positivo de sus hijos.
Si queremos detener el avance del narcotráfico es necesario fortalecer las capacidades locales. Nuestra organización lleva 4 años junto a la Universidad de Washington implementando “Comunidades que se Cuidan” en nuestro país. La evidencia internacional da cuenta de que los jóvenes son un 32% menos propensos a consumir alcohol, reducen en 25% el comportamiento delictual, y 14% su participación en hechos de violencia en los primeros tres años de implementado este sistema.
Adicionalmente, y según los estudios de costo efectividad de la Universidad de Washington, por cada dólar invertido en este sistema, el Estado norteamericano se ahorra 5 dólares en menores costos de salud y delincuencia. Esta experiencia y otras buscan fortalecer las capacidades de la comunidad en torno a un mejor futuro para los niños y sus familias, siendo una potente herramienta -que junto a políticas de inclusión social y desarrollo económico- se transforma en la red protectora frente a quienes pretenden arrebatarnos los sueños y esperanzas de nuestros hijos. Hay un camino, no podemos esperar más para comenzar a recorrerlo.
*Marcelo Sánchez es Gerente General de la Fundación San Carlos de Maipo.