No se sorprendan si, en algunos casos, la tortura es todo un tema filosófico y que curiosamente -aunque en Chile tengamos más de un experto en el tema- parezca que en EEUU existe un déficit de tecnócratas especialistas en esta materia. Puede que sea por la declaración del Presidente Abraham Lincoln, en 1863, en cuanto a que "las necesidades militares no admiten crueldad" o debido a una falta de creatividad que sólo una teleserie como "24" podía pautear (La referencia a "24" es de Phillippe Sands y su libro "Torture Team: Rumsfeld’s Memo and the Betrayal of American Values").
Aburrido de que los detenidos en Guantánamo no soltaran información más rápido, un frustrado Donald Rumsfeld mandó (en 2002) a su más preciado abogado para que diera cátedra a los militares en eso de la recolección expedita de datos. Para paliar tanta burocracia legal, el leguleyo de la plana mayor recomendó, en una larga lista, técnicas bien básicas: situaciones estresantes, como estar parados por horas y horas sin moverse, privar de luz en los encierros, simular ataques con perros, la desnudez forzada y cosas parecidas, sin olvidar las capuchas negras. También incluía el famoso waterboarding, que no es más que la inmersión en el agua, estilo ahogamiento inducido. En una de las tantas reuniones, William Jim Haynes II señaló (con no poca sutileza) que el concepto legal de "tortura está básicamente sujeta a la percepción" de cada uno y, recalcando lo obvio, advirtió que "si el detenido muere, lo estás haciendo mal".
En ese momento, la decisión del Gobierno de Bush de meter a la Convención de Ginebra (que prohíbe la tortura y el tratamiento humillante y denigrante) en un cajón ya estaba en marcha. Para asegurar el éxito, Bush se dio una licencia poética, declarando a los cuatro vientos de que EEUU "no tortura" y que los detenidos iban a ser tratado "con humanidad". Según cuentan los testigos en el Senado de EEUU -en dos días de audiencia especial-, la impaciencia del Pentágono generó una colaboración de lo más fecunda. Para refinar las "técnicas de interrogación" tanto la CIA como el Pentágono complementaban sus conocimientos, consultando la modalidad revertida del entrenamiento de soldados de elite. Más conocido como SERE (Survival, Evation, Resistance & Escape), los soldados se someten a todo tipo de tratamientos que podrían usar enemigos que no respetan la Convención de Ginebra; es decir, son entrenados para soportar ser torturados.
Además, la CIA apoyaba con su experiencia en "sacar información". Por ejemplo, el abogado de la agencia Jonathan Fredman alegremente aportaba que eso de asfixiar a alguien era algo bien oportuno, "porque el sistema linfático reacciona como si estuvieras ahogándote aunque tu cuerpo no para de funcionar" y que es "muy efectivo reconocer las fobias de cada detenido, y usarlas". Conociendo la disciplina militar, se intuye que los argumentos de ambas ramas no podían sino ser bastante convincentes. Aun así, los abogados de la Armada alegaron. En contra de su jefe Haynes y, por ende, Rumsfeld, el principal abogado de la Armada, Alberto Mora, mandó un memorándum de 22 páginas en 2003 explicando las razones por la que las "técnicas de interrogación" eran ilegales, sin saber que existía una autorización oficial desde la Casa Blanca.
Nadie puede acusar a Mora de ser izquierdista. Mora se autodenomina "conservador" y admirador ferviente de Ronald Reagan. Apoyó la invasión a Irak y la guerra contra el terrorismo. Hijo de una húngara y un cubano, su tierna infancia la vivió en Cuba aunque la familia dejó la isla con la toma del poder castrista. Ante la audiencia del Senado, Mora acusó la soltura con la cual el Gobierno de Bush ha utilizado los adjetivos "severo" y "mejorado" para denominar las técnicas de interrogación. Desde un punto de vista legal, recalcó que no era más que un eufemismo que básicamente se buscaba engañar al pueblo estadounidense. Según Mora, el término correcto sería "cruel" porque existe una diferencia entre "torturar" y aplicar "crueldad", aunque no existe una separación moral entre ambos. Por eso mismo, y para que no exista un atajo legal, hay que prohibir la crueldad de una.
En el reciente informe de la organización mundial de médicos, "Physicians for Human Rights", el general (R) del Ejercito Antonio Taguba (el primero en investigar los abusos en la prisión de Abu Ghraib) va más allá de la mera interpretación lingüística. El informe usa evidencia médica de 11 detenidos y torturados por funcionarios de EEUU en Irak, Afganistán y Guantánamo. Taguba dice que "ya no hay duda sobre si acaso la actual administración cometió crímenes de guerra. La única pregunta que queda por ser respondida es si acaso aquellos que ordenaron el uso de tortura serán juzgados". Haynes también fue citado a la audiencia del Senado y se sometió -con gran esfuerzo- a dos horas de interrogación. Al ser preguntado si factiblemente instigó a los militares a torturar y lo autorizó, y si más encima creó la lista de técnicas, Haynes logró responder con 23 "no me acuerdo", 22 "no recuerdo" y once simples "no sé". Para no quedar tan mal, defendió su inocencia con la siguiente frase: "Son miles y miles de decisiones que hay que tomar cada día, ésa era una más". No eran pocos los que soñaban con poder aplicarle la pauta de interrogación refinada al mismo Haynes.
Igual, Haynes no se notaba preocupado por su falta de memoria. Hoy, es uno de los abogados más importantes de la empresa petrolera Chevron, la quinta energética del mundo. Mora, en cambio, es el abogado jefe de la rama internacional de Wal-Mart. A todas luces, queda claro que Chile de alguna manera hubiese podido ayudar en tal despelote burocrático. La salida legal suele ser mucho más provechosa, aunque -claro- los puestos no son tan suculentos para los burócratas de la tortura criolla.