Endeudamiento en jóvenes: una responsabilidad compartida

Educadores y juristas abordan las razones estructurales que inciden en el alza sostenida de endeudamiento de los chilenos más jóvenes. Enfrentados a la necesidad de plantear la educación financiera como un asunto institucional, abogan también por inculcar la corresponsabilidad entre quienes adquieren un compromiso comercial y las entidades financieras

21

Como Navidad en septiembre. Para Esteban Sepúlveda, joven estudiante de ciencia política en una universidad privada, su primer mes como titular de una cuenta corriente fue como salir de safari por los malls de La Florida. Zapatillas, un celular nuevo y entradas a Lollapalooza, para él y su mejor amigo, fueron sus primeras compras por un monto total que superaba diez veces su mesada. En diciembre, ya estaba totalmente superado por la deuda propia de un joven sin ingresos formales. La exigua cuenta corriente de $300 mil le había permitido sacar otras tres tarjetas de crédito en el retail y, ahora, en su celular de última generación, Esteban recibía amables recordatorios de los call centers recordándole “regularizar” sus pagos y preguntándole cuándo podría pagar su próximo vencimiento para evitar dar curso a otras acciones de cobranza.

La solución fue renegociar su deuda y cancelarla con ayuda de su abuela. “Durante ese tiempo los avances en efectivo eran algo común. Me sentí generoso conmigo mismo y al final andaba con pesadillas en las que embargaban a mis viejos por mis deudas. A ellos nunca les conté sobre esto”, recuerda hoy.

Fue a mediados de la década pasada cuando la Superintendencia de Bancos informaba que el mercado de las tarjetas de crédito había tocado techo en cuanto a sujetos de crédito adultos y que, una nueva estrategia del retail y las entidades financieras, apuntaba a otro territorio: jóvenes estudiantes de educación superior. Estos últimos, cerca de 700 mil personas por entonces. Hoy, esa cifra se duplica como un atractivo grupo de personas con la aparente solvencia para pagarse los estudios pero que, junto a dueñas de casa y jubilados, también son hoy sujetos de crédito pese a no percibir ingresos, pero que pueden afrontar responsabilidades económicas y legales con una casa comercial, por ejemplo.

Una de esas personas es Vania Arenas, profesora recién titulada de lengua castellana que se reconoce “extraendeudada” por ceder a la tentación de una cuenta corriente para estudiantes que abrió hace 5 años y que no tenía costos de mantención… al principio. Dice nunca haberla usado en espera de alguna emergencia y que incluso se olvidó de ella, hasta que, a punto de egresar, comenzaron los cobros por costos de mantención activados dos años antes y sus respectivos intereses que ascendían a un sueldo mínimo.

“Los cobradores me bombardeaban con llamados en las mañanas antes de irme a la práctica o en las tardes a la hora de once. Tenía que pagar de a veinte lucas para no caer en una empresa de cobranzas externa, me decían, pero ahora sé que eso es derivarte a otro call center, no más. Pero te los presentan como una cobranza judicial y uno se urge mucho. Recuerdo que una vez no alcancé a juntar la plata un viernes, sino el lunes siguiente y cuando fui a pagar, ya no eran 20 mil, sino 26 lucas por los gastos de cobranza”, agrega.

El estudio jurídico Chiledeudas informaba el año pasado que, actualmente, casi el 50% de los chilenos está endeudado. Es decir, más de ocho millones de personas de las cuales, un 10% mantiene una posición insalvable reendeudándose para cubrir un forado económico mientras cava otro.

Una realidad que confirma la SBIF, que registra 4,3 millones de personas morosas en la banca y el retail. Una estadística que tiene peaks de actividad en épocas de alto consumo como Navidad, vacaciones y operaciones digitales masivas como el Ciber Monday o el Black Friday. ¿En qué medida el endeudamiento del chileno es hábito o una falencia educativa?, ¿Quién es más responsable del sobreendeudamiento en este juego de instituciones financieras y jóvenes consumistas?

 HABILIDADES PARA UN NUEVO SIGLO

El debate sobre educar financieramente desde la enseñanza primaria se enfrenta a la postura de quienes creen que es mejor una regulación de ambas partes donde las responsabilidades estén bien demarcadas, puesto que es imposible adecuar programas para la sociedad en su conjunto, según los expertos. El estudio de casos muestra que, en EEUU y Canadá, por ejemplo, son las mismas tiendas de retail y bancos las que ofrecen talleres de inducción al mundo del crédito para sus clientes y en Europa, después de la crisis subprime, se reformularon las barreras para acceder a los créditos hipotecarios. En Chile, en algunos casos, se han sumado recientemente requerimientos notariales para que jóvenes sin ingresos accedan a este tipo de productos.

En esa línea, desde 1993 la Organización Mundial de la Salud se hizo parte del debate y divulgó el concepto psicosocial de “Habilidades para la vida”. Un conjunto de aptitudes a instruir para enfrentarse exitosamente a las exigencias y desafíos de la vida diaria, entre ellas ciertos conocimientos financieros y microeconómicos. En tal sentido, Marcelo Arriagada, magíster en Educación y experto en Didáctica y Evaluación, coincide en que el saber tomar decisiones en términos económicos aumenta la posibilidad de tener una mejor calidad de vida.

“A partir de investigaciones realizadas también por la OCDE y la Unesco, se ha declarado imperativo insertar en los planes curriculares nacionales dimensiones que se vinculan directamente con conocimientos financieros o responsabilidad personal y social. En Chile se han incorporado dentro de las exigencias curriculares el tratamiento de estas dimensiones como parte del diseño didáctico docente y acciones de aula”, señala el consultor del programa “Habilidades del siglo XXI” sobre un componente sociocultural temprano que influiría en la formación de ciudadanos enterados del destino de sus impuestos, de la importancia de un Censo, de la relevancia de sus cotizaciones de salud o pensiones, del sobreendeudamiento o el consumo excesivo, entre otros asuntos.

Juan Luis Goldenberg, doctor en Derecho y profesor de Derecho Civil y Comercial de la Universidad Católica, es un crítico de las aventuras educativas financieras cuando considera el contexto global de la educación chilena. El autor de la investigación Fondecyt “Hacia un sistema preventivo de protección de los consumidores financieros”, estima que esta cuestión debería abordarse como una corresponsabilidad entre el consumidor y las entidades financieras. “Una persona no puede sobreendeudarse sola. La única manera de que esto pase es que una entidad financiera esté dispuesta a pasarle dinero a quien no pueda devolverlo. Ahí, la educación financiera me parece útil y necesaria, pero si uno considera que eso es la gran respuesta al problema del sobreendeudamiento del chileno, estamos ante un paradigma errado”, agrega.

El académico plantea que muchas de las vulnerabilidades provocan ese endeudamiento en el chileno de las estadísticas provienen del uso del crédito en materias como salud, vivienda, educación o vestuario, ítems que son atendidos como legítimas necesidades básicas. “Siendo una de estas personas que viven en el límite de lo justo, si me enfermo o se enferma uno de mis hijos, es obvio que recurriré a mis tarjetas o línea de crédito para costear esta vulnerabilidad, pues ¿cuál es mi otra opción?: agravarme, no poder pagar el arriendo, un hipotecario, no poder estudiar, no poder comer, morir, incluso…Para una gran parte de la población disponer del crédito es una forma de palear las deficiencias en el ingreso”, dice respecto a una realidad a la que se suma la baja cantidad de ahorrantes como parte del escenario.

Goldenberg agrega una segunda causa importante en esta vulnerabilidad del joven sobreendeudado, en particular. Algo que él llama estrategias comerciales para incitar el consumo irreflexivo. Se refiere a “oportunidades” como los Ciber Monday, el Black Friday y otras liquidaciones digitales dirigidas casi exclusivamente a un público meta más vinculado con las nuevas tecnologías y que se basan en una ilusión de urgencia.

“Tienes un día para decidir por un boleto de avión, un teléfono caro o un equipo tecnológico de última generación, te dicen. Y como son compras a distancia, la única manera de pagar será a través de la tarjeta de crédito. En el proceso, la persona piensa que es una ventaja poder pagar en 12 cuotas un viaje que hará muchos meses más adelante o que puede patear la primera cuota otros tantos meses, pero en rigor, acogerse a estas prácticas que no tienen una estructura racional o capacidad de ser pensadas antes, llevan a las personas a endeudarse más allá de sus capacidades”, advierte.