Mercado inmobiliario anticipa descenso de hasta un 50% en arriendos en Plaza Italia por estallido social

Los niños del sector de Plaza Baquedano se quedaron sin Halloween este año, sus padres sin el pequeño comercio del sector y en general sin una vida de barrio que desapareció el pasado 18 de octubre. La mayoría comprende el contexto de cambio de país que tiene como núcleo esta zona, pero les cuesta asimilar la pérdida, la partida de vecinos y la incertidumbre. Expertos inmobiliarios, un psicólogo y los vecinos de la “zona cero” explican a La Nación, desde dentro, esta transformación urbana.

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El pequeño Iker (7) no salió a pedir dulces este año en Halloween. Sus papás le explicaron que en esta ocasión, la fiesta pagana de dulces, travesuras y dulces “se suspendió” como muchas otras actividades en el barrio “Vaticano chico”, a dos cuadras de la Plaza Italia. La “zona cero” de las grandes movilizaciones donde la violencia cambió el panorama social, el cotidiano y la rúbrica inmobiliaria de un cuadrante privilegiado desde el pasado 18 de octubre. Esa noche, en el departamento de Iker, el timbre tampoco sonó. A cambio, sus papás le ofrecieron descargar el juego de video “La Mansión de Luigi 3” como premio de consuelo.

El juego del resto del día para este niño consiste en cerrar bien las ventanas, pelear contra la alergia a los gases con salbutamol tres veces al día y jugar con el scooter cerca de la casa. “A la plaza hay que ir temprano, antes de las cuatro. Aunque ahora está un poco más tranquila la cosa”, dice Paulina, la mamá de Iker. “Los viernes lo tengo que ir a buscar al colegio a la hora de almuerzo porque después de las 14:00 el aire se pone asqueroso, y el enano es alérgico”, relata.

Cuenta la mujer que desde que estalló la crisis social, y el sector ha sido epicentro de grandes marchas, han aumentado los carteles de “Se arrienda” en él área y que una amiga le contaba que decidió pensar mejor la compra de un departamento en calle Salvador y se arrepintió de firmar una promesa de compraventa pactada hace poco en el sector.

Desde dónde empieza el Parque Balmaceda, en Avenida Providencia, y hacia el poniente hasta, aproximadamente, el metro Los Héroes (que solo funciona como estación de combinación), las inmobiliarias han visto una caída en el precio de los arriendos –desde el 18 de octubre pasado- que va desde el 8% hasta el 20% en algunos casos. Una señal que podría ser positiva en otros ámbitos, pero que a nivel habitacional o comercial ha deprimido la economía de la zona del centro en todo ámbito, cree el ingeniero comercial y corredor de propiedades, Reinaldo Gleisner, según comenta en conversación con La Nación.

Con cierta preocupación estima que en un mediano plazo esta tendencia debería sumar un aumento en el “escape” de personas que viven en el centro y a largo plazo, si es que las movilizaciones masivas o la violencia no se moderan, llegar a inéditas bajas del 50% en los arriendos, que es el máximo límite al que puede estirarse lo que hace rentable a una propiedad.

“Factores como la movilidad, el comercio asociado a un barrio céntrico, los servicios y el entorno eran cartas relevantes de la gestión inmobiliaria de esta zona, pero esto se ha visto tremendamente afectado de una manera imprevisible. Es una incógnita el efecto a largo plazo de esta transformación producto de las movilizaciones”, estima este asesor inmobiliario del Área de Corretajes de Colliers, la gestora global de propiedades.

Sobre los ofertones de arriendo esperados, señala que “hoy se habla de un 10% en el descuento de esos arriendos, pero esto va a depender mucho de la oportunidad de renovación de arriendo que debería ser en noviembre, pero lo más probable es que esto se dificulte aún más. Pero si esto persiste, podríamos perfectamente llegar a descuentos de un 50% en casos puntuales del comercio o casos aislados en departamentos que dan a plena calle, muy cerca de los lugares de desorden o donde se proyecten nuevos disturbios”.

“UNA PESADILLA”

Para Pamela S., exvecina de las Torres San Borja, un día común antes del 18 de octubre de este año era la circulación de gente y estudiantes por el zócalo de la remodelación icónica de Santiago, ubicada junto al Parque de calle Marcoleta. De vez en cuando una manifestación masiva como los desfiles de Navidad, alguna marcha por la Alameda o el bullicio de los jóvenes bailarines de K-pop eran el único sobresalto, recuerda.

“Yo te diría que todo eso dio paso a una pesadilla cuando empezaron las protestas después del 18 de octubre. Los manifestantes llegaban por calles como Portugal en grupos que se quedaban ahí. No había nada malo al comienzo, pero cuando empezaron los saqueos del Unimarc ya fue el comienzo del fin. Destruyeron la plaza El Pedregal, que estaba siendo remodelada, y con sus restos crearon barricadas. Desde ese día, el fuego y el bullicio se convirtieron en algo permanente. En los últimos días que me tocó vivir ahí, saquearon el supermercado cinco veces”, dice desde su nuevo departamento. Cuenta que, por un extraño azar, el dueño del departamento se lo pidió antes del 18-O y emigró de ahí a dos semanas de iniciado el conflicto urbano con alivio.

Agrega que se ha topado con sus antiguos vecinos que le dicen que la envidian sanamente. “Gente mayor que vive en las torres de San Borja desde 1971 y que solo desean abandonar esa zona porque no habían visto antes tanta violencia. Como yo, ellos fueron testigos de otros movimientos como el estudiantil el 2011, las del No + AFP y otros festejos importantes, pero la particularidad de acá es que se filtró el vandalismo y la destrucción”, lamenta Pamela.

El psicólogo Esteban Muñoz, experto en educación emocional, enfatiza en que es un duro golpe ver mermada la tranquilidad del barrio y la rutina, ya sea laboral o doméstica, para quienes viven cerca de los núcleos de la movilización. Y así como es de suma importancia mentalizarse para enfrentar esta violencia desde la prevención en salud mental, también hay que comprender que el estado de ese cambio es parte de una transformación que es más amplia que también vive una incertidumbre.

Los “resúmenes de la destrucción”, “concentrados de lo catastrófico” y la “presunción del fin definitivo de un ambiente habitable” que presenta la TV durante todo el día, revictimiza a quienes ya viven con miedo y angustia, pero omite fortalezas que son parte de una crisis.

“Se ha generado la unión de muchas luchas en común, a la noción de comunidad, lo que podría ser considerado una cara más luminosa de esta crisis barrial. A través de la exposición de sus sensaciones, emociones, pensamientos -que se espera sean los que debamos tener todos los chilenos- sobre la empatía de quienes viven aquí y han modificado más sus vidas, lamentablemente, al verse enfrentados a la lucha por este denominado despertar”, cree.

Como profesional, aconseja persistir en esa unión, en esa nueva relación de vecinos que se ha visto recientemente como en el recurso de protección presentado por la agrupación de vecinos “No más lacrimógenas”; la vida de barrio que se lleva a cabo en escuelas y universidades del sector y otras instituciones que han abierto sus salas para cabildos y colectivizar demandas como el regreso a la vida en tranquilidad, por ejemplo.

“Comprenda que lo que usted siente es algo normal. Algo que todos viven cuando se ven enfrentados a crisis individuales, pero que ahora se nota más, porque son muchas más las personas de su entorno que viven esta crisis social. En la medida que pueda, conéctese, ayude a través de alguna acción a resolver necesidades básicas y tener acceso a servicios a alguna persona que lo necesite, en especial, conéctese con sus seres queridos. Quizás esos que no ve hace tiempo, y con otras redes de apoyo”, recomienda Muñoz.