Este sábado termina el agosto más seco desde que hay registro para Santiago y Valparaíso

La situación es preocupante tomando en cuenta las cifras acumuladas en el trimestre junio-agosto, mes que marca el fin del invierno metereológico. Con 59,2mm y 70mm, respectivamente y un déficit del 73%, los inviernos metereológicos de la capital y el puerto se empinan como los terceros más secos desde 1950, después de los correspondientes a 1998 y 1968. 

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Según cifras de la Dirección Metereológica de Chile (DMC) las estaciones de Santiago y Valparaíso registran cero agua caída durante este mes, viviendo uno de los agostos más secos desde 1950, año en que partieron los registros. 

En igual mes del año del 2016 Santiago exhibió una condición similar a la sufrida este 2019, mientras que Valparaíso sufrió agostos sin lluvias los años 1973, 1985 y 1998.

La situación es preocupante tomando en cuenta las cifras acumuladas en el trimestre junio-agosto, mes que marca el fin del invierno metereológico. Con 59,2mm y 70mm, respectivamente y un déficit del 73%, los inviernos metereológicos de la capital y el puerto se empinan como los terceros más secos desde 1950, después de los correspondientes a 1998 y 1968. 

Más al sur la situación no parece mejorar. En Curicó cayeron este mes apenas 5,2mm, por lo que se vive el segundo invierno más seco con 82,8mm caídos, lo que representa un déficit del 79%. 

Según comentó a El Mercurio la metereóloga Catalina Cortés, esta sequía obedece al posicionamiento anómalo del sistema de altas presiones frente a las costas de Chile y de bajas presiones más cerca de la Antártida. “Ello hace que los sistemas frontales pasen más por el sur y el extremo sur”.

Por su parte, el subdirector del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR)2 y profesor del Departamento de Geofísica de la Universidad de Chile señaló al matutino que no hay claridad sobre cuándo la zona central del país pueda salir de este ciclo de megasequía que se arrastra por casi una década. 

Los modelos científicos que se han aplicado lo atribuyen a un ciclo natural de calentamiento en el océano Pacífico sur, frente a Nueva Zelandia, cuyas consecuencias “se están amplificando por el cambio climático”.