Renato Poblete: Habríamos canonizado a un monstruo

Aunque sea pecado dudar de la fe ajena, en este caso es evidente que fe no hay, la prueba explícita es la conducta del hechor. No hay ningún respeto -más bien burla- contra las prescripciones eclesiásticas sobre el sexo y el celibato. Cómo se puede seguir celebrando la misa, los sacramentos y otros misterios, y poner “caritas” simulando una condición interior que no se tiene.

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. Rodrigo Larraín, sociólogo y académico, U. Central.

Los resultados de la investigación encargada por la Compañía de Jesús, dados conocer el provincial jesuita, Cristián del Campo, confirman prácticamente todo lo denunciado por la teóloga (Marcela Aranda) en contra de Renato Poblete. El cura, ya fallecido, llevó una doble vida perfecta, a pesar de la gran actividad desplegada día a día, se dio maña y tiempo para tener una sórdida vida en paralelo.  El fue mi profesor, por lo que durante dos años lo vi frecuentemente, y eran tantas sus actividades que me resultaría imposible no preguntarme a qué hora cometía sus fechorías. Sin embargo, el tiempo se lo hacía.

Pero el crimen perfecto no existe y más de alguna vez algunos cercanos dijeron que, alguien le había contado algo, que no hicieron mucho caso, que no creyeron, que quién iba a imaginar algo así. Es decir, un encubrimiento por desinterés, curiosamente, por desinterés a sorprenderse o indignarse por los pecados contra el sexto mandamiento. Raro, considerando la fijación clerical con ese pecado cuando un pobre laico peca; pero también la benevolencia con que se juzga a un hermano clérigo, aunque se trate de horrores.

La comisión de estos delitos comenzó a inicios de los 60. Son los tiempos del Concilio Vaticano II y del posconcilio. En esa época los sacerdotes se enamoraban y abandonaban el estado sacerdotal, eran buenos maridos y buenos padres, y la Iglesia prefería dejar a los laicos sin atención pastoral y sacramental antes que tener sacerdotes casados. Hoy ya sabemos en lo que terminó uno que, no teniendo vocación alguna, se quedó dentro del clero y se hizo una fama de hombre con un inmenso contenido apostólico, un Alberto Hurtado II.

Pero hay algo mucho peor.  Aunque sea pecado dudar de la fe ajena, en este caso es evidente que fe no hay, la prueba explícita es la conducta del hechor. No hay ningún respeto -más bien burla- contra las prescripciones eclesiásticas sobre el sexo y el celibato. Cómo se puede seguir celebrando la misa, los sacramentos y otros misterios, y poner “caritas” simulando una condición interior que no se tiene. Para que decir la moral, evidentemente que tampoco había. Como tuvo 6 relaciones largas y estables con mujeres, el “fresco” había institucionalizado en su vida oculta, el divorcio. Alguno intentará hacer un diagnóstico psicológico o psiquiátrico para eximir de culpa y pena al engañador. Otro, sacando argumentos teológicos y religiosos tuertos, sostendrá que todos somos pecadores. Por supuesto que sí, pero hay cosas que yo no haría.

Pero se cayó todo. Gracias a Dios. Si no, hubiéramos comenzado el proceso que culminaría con la canonización del referido sujeto. Miles habrían declarado todo el bien que les hizo la obra social del Padre Hurtado llevada a su máxima expresión, como obra de este varón. Se le hubiera asociado un rol fundamental y relevante en todas las obras, que desde los años 60 hasta su muerte, efectuó la Compañía de Jesús, un verdadero epítome. Hubiésemos estado orando ante su imagen y supondríamos que por sus méritos y virtudes podría interceder mejor ante Dios. Un verdadero paradigma y arquetipo para los jóvenes jesuitas. Pero el miércoles 31 de esta semana celebramos a San Ignacio, un santo de verdad que fundó a la Compañía y, todo indica, que todavía la cuida.

. Rodrigo Larraín, sociólogo y académico, U. Central.