Dos momentos clave en la carrera del legendario periodista Iván Cienfuegos Uribe (1932) lo sitúan en el puerto de San Antonio, donde fue el lazarillo de un editor ciego que le dictaba sus columnas en el diario “La Ley” y en Vietnam, de donde escapó de la muerte por instantes. “Luego de dos meses reporteando la guerra, saqué mi vuelo a Chile dos horas antes de que la comitiva de colegas en la que yo estaba fuera acribillada en 1967”, recuerda quien fuera director de Las Últimas Noticias, El Sur de Concepción, La Tercera y el Diario Austral de Temuco.

Tras una vida dedicada a la crónica, Cienfuegos hoy es uno de los candidatos al Premio Nacional de Periodismo junto a Patricia Politzer, Ernesto Montalba, Irene Bluthental Geis, Patricia Stambuk, Mónica González, Ascanio Cavallo, Manuel Cabieses, Raúl Rojas, Marcia Scantlebury y Germán Gamonal.

De entre ellos, el reportero e hijo de uno de los fundadores del Colegio de Periodistas, representa el ejercicio en un Chile que parece sacado de otro planeta: uno en el que los diarios publicaban un millón de ejemplares y los cronistas reporteaban a pie, en bares y jugando al poker, cuenta. “Era un mundo en el que nadie iba a dedicarle media línea a una noticia falsa. Fake news… ¿qué diablos es eso?”, se pregunta molesto.

De sus tiempos en “La Ley”, cuenta que logró subir las ventas de 200 a 1200 ejemplares gracias a la creación de una red de distribución formada de vendedores de pan de huevo y lustrabotas. El  mérito lo llevó a la capital bajo el mando del legendario “Filebo” (Luis Sánchez Latorre) en Las Últimas Noticias.

Más tarde, viviría “una época fregada” liderando el área de Reportajes de La Tercera. “Fue bastante ingrato en algunos casos como el de la inmolación de Sebastián Acevedo, el obrero que se quemó a lo bonzo en 1983 exigiendo que la DINA entregara el paradero de sus hijos detenidos”, explica sobre la cobertura y crítica de un hecho que lo puso en la mira del ministro de la Secretaría General de Gobierno de Pinochet, Francisco Javier Cuadra.

Por ese entonces, en medio de la negociación de un importante crédito para La Tercera, Cienfuegos dice que su superior le mostró la cláusula en la que Cuadra exigía su despido para la aprobación del monto.

A su haber, el editor dejaba su marca en el estilo vivencial, la gestión de equipos investigadores y ganando derechos para sus periodistas como la creación de una caja chica para gastos diarios a partir del dinero de los avisos de defunciones. También participó activamente en el apoyo a la creación de las primeras escuelas de periodismo y en la manera de llevar la tensa relación con los militares.

“Con ellos pasó que estuvieron por tantas décadas encerrados en sus cuarteles que, de pronto, se les ocurrió salir a la luz, tomar el poder y empezar a presionar a la sociedad y la prensa sin tener idea de qué hacer. Uno no sabía de dónde tomarlos y ellos tampoco tenían una noción de como comportarse y por eso, comunicacionalmente, les salía el tiro por la culata tantas veces”, reflexiona.

Agrega que durante su gestión en diario El Sur, los “censores” uniformados le exigían las hojas para evaluar el tono de titulares y columnas, pero él les mostraba unas pruebas manchadas de tinta donde apenas se leían algunas partes. “Por no quedar de tontos no se atrevían a preguntar así que firmaban las hojas y se iban. Al día siguiente, llamaban furiosos cuando aparecía que algo no les gustaba, pero yo tenía el material autorizado”, se ríe agradecido de su formación en las viejas imprentas del litoral.

GERENTES EN LAS REDACCIONES

Según esa misma experiencia, Iván Cienfuegos cree que el periodismo comienza a decaer cuando los gerentes se enquistan en las redacciones, fuera de las oficinas comerciales y empiezan a crear informativos a su imagen y semejanza, ignorando a los periodistas y lo que la gente desea leer. Esto favoreció la aparición de vicios como las fake news, el clickbait o los influencers, entre otros neologismos de la era digital, cree.

“El daño que provocarán estas fake news o postverdades, como las llaman, es aún algo insospechado, pero lo complejo es que nacen en nuestras mismas redacciones. Noticias falsas hay y siempre ha habido junto a conceptos ambiguos y otros a los que se viste de prestancia, pero que esconden muletillas vacías nocivas como estas y ocupan espacio importante en las agendas. El problema es difundirlas y darles la relevancia que no tienen. Por eso vemos tantos medios que acaban desmintiéndose a sí mismos y pidiendo disculpas. Me recuerda a la historia del tonto del pueblo que gritaba: “Vayan a ver la ballena varada en la playa. ¡Tiene 50 metros de largo y 15 de alto!”. Cuando toda la gente partió a verla, el tipo se quedaba solo y maravillándose: “Qué increíble. Ojalá fuera cierto”, remarca.

¿Qué cosas le devuelven la fe en el periodismo?

-Algunos golpes extraordinarios que enfrentan el poder como cuando se revela el escándalo de las platas del Ejército como actos al borde de la sedición que hacen pensar a la población. Lamentablemente, al lado de esa portada, en el mismo kiosco te encuentras con otra donde una famosilla te muestra su nueva casa. Si al menos fuera la casa de la Margaret Thatcher, ahí te creo. Los medios están cooptados por ejecutivos que ya tienen claro qué nota sacarán al día siguiente en virtud de lo que se publicó hoy sin considerar el aporte del reportero, el fotógrafo o el chofer del diario. La élite cree que puede planificar un año de acontecimientos sin salir jamás a la calle y, ¿qué es lo que pasa? Que un par de meses después les resucita Jesucristo y los pilla a todos en pelota.