La innovadora recuperación de un bosque nativo para Santiago

El proyecto Praderas de Lo Aguirre rescató 140 hectáreas de peñascos y matorrales, los que convirtió en un bosque esclerófilo donde no solo crecen árboles endémicos de la zona central, sino que comienza a restaurarse una fauna que había abandonado el sector. Aves, pequeños mamíferos e insectos regresan a casa en lo que fuera un sector agreste de la periferia.

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Por sobre cualquier certificación, episodio estadístico, informe de Responsabilidad Social Empresarial (RSE) o cantidad de likes de redes sociales, la manera definitiva para saber si un proyecto de reforestación fue efectivo, es notar si lo que era un peñón erosionado comienza a recibir de vuelta nueva vida. Regresan las aves, insectos, zorros y otros pequeños mamíferos que dan su aprobación a este ecosistema recobrado. A pocos kilómetros de Santiago, junto al primer peaje de la ruta hacia Valparaíso, el territorio se renueva gracias al proyecto Praderas de Lo Aguirre.

El innovador parque, de 140 hectáreas, reverdece una zona árida que consideraba enormes desafíos para el riego y que hoy ve crecer un gran bosque nativo compuesto de árboles como boldos, quillayes, litres, peumos y otras especies propias del valle central.

El curioso caso de la inmobiliaria Lo Aguirre superó con creces los requerimientos de una norma que exige “reforestar” la misma cantidad de espacio que se tala para la urbanización.

La iniciativa, ideada por el ingeniero industrial Pedro Hurtado, cuenta con un equipo en terreno compuesto por técnicos forestales, paisajistas y cuidadores además del ingeniero civil mecánico Juan Francisco Bianchetti quien cambió su mundo de piezas metálicas por el verde, admite.

“La importancia de este proyecto es que demuestra que es posible revertir procesos de deterioro de la naturaleza cuando hay voluntad. Yo, que era totalmente ajeno a este tema y que solo sabía de fierros, bombas y caudales, me he metido en esto con cierta dificultad, pero hoy estoy convencido de la urgencia de la recuperación de estos ecosistemas. Precisamente, su dificultad es lo que más te va motivando al descubrir la complejidad de trabajar en una cuesta, con problemas de riego y con el cambio climático como telón de fondo o los pequeños roedores que se comen los brotes nuevos”, señala.

Bianchetti agrega que lo que ha tenido que ir aprendiendo tiene mucho de ensayo y error, pero también se ha convertido en nuevo conocimiento y una literatura propia para compartir experiencias con quienes se sientan llamados a esta tarea ambiental.

“Cuando partimos nos encontramos con que había pocos casos de éxito de iniciativas como estas, pero que no habían estudios ni publicaciones sobre cómo se hicieron. Por otro lado, cuando tratas de indagar a nivel institucional, te das cuenta de que tampoco hay registros oficiales de cómo se ha hecho en algunas reservas ecológicas o cerros isla”, lamenta el ingeniero que imagina, a largo plazo, una ciudad abrazada por un anillo verde que funciona como el macropulmón que absorbe el C02 de esta sufrida cuenca capitalina.

Sobre la controversia de una política ambiental creada el siglo pasado, Bianchetti cree que con la actual normativa no es posible lograr el establecimiento de las plantaciones, favoreciendo la deforestación. En un país donde abundan expertos, conferencias y opiniones sobre la necesidad de mejorar el entorno, falta acción al respecto.

ÁREAS VERDES A LA BAJA

El ingeniero de Praderas de Lo Aguirre despliega un mapa satelital en el monitor de su computador que muestra el color ocre que identifica esa zona erosionada a las afueras de Pudahuel. Las contrasta con otras imágenes de un dron y aclara que estas son las más recientes: el video en vuelo muestra el extenso paño verde por el cual serpentea un camino de tierra y un sistema de riego alimentado por pozos propios a la sombra de árboles de 8 a 10 metros. El bosque esclerófilo de tipo mediterráneo que colinda con un predio de prácticas técnicas de la Universidad de Chile junto a la Quebrada de La Plata, cambia de tonalidades conforme avanza el atardecer.

El director del proyecto Praderas de Lo Aguirre, Pedro Hurtado, contempla lo que antes fue un cerro sembrado de rocas y espinos. Rodeado del verde, cree haber decidido bien al no desanimarse ante la adversidad de plantar. “Siempre creí que iba a ser una labor dura y titánica, pero nunca pensé que iba a haber tantas dificultades naturales”, recuerda. “Ha sido complicado armar esta masa boscosa. Ha sido complejo perder árboles ya crecidos algunas veces, pero me emociona mucho ver estas 140 hectáreas reforestadas que confirman que podemos contar con un lujo para la ciudad de Santiago”, remarca.

Pudahuel es hasta ahora precisamente una de las comunas más castigadas por la falta de áreas verdes. Con 1,9 metros cuadrados de áreas verdes por habitante, es la tercera comuna de la capital con menos parques después de La Cisterna e Independencia. Esta medida podría cambiar esta realidad. “A mí me resulta maravilloso andar por ahí y ver no solo como estos árboles crecen, me gusta ver la nueva vida que regresa a este espacio como dueños de su entorno. Aves como águilas, tiuques, zorzales y hasta cóndores además de zorros, quiques, culebras, degus y hasta liebres, que, aunque no son animales endémicos son parte del paisaje”, enumera el administrador del Bosque Nativo Praderas de Lo Aguirre.

“Este proyecto ha sido muy exitoso, hemos logrado un gran crecimiento y hoy estamos trabajando para lograr abrirlo a la comunidad, tenemos la convicción de que no solo lo veremos crecer sino que recuperaremos un bosque para toda la Región Metropolitana. Es fundamental que sea reconocido por la autoridad y que otras empresas se sumen, repliquen la idea y la metodología que hemos desarrollado para reforestar y mantener en el tiempo el bosque. Quizás, con un mayor número de interesados en reforestar zonas de este tipo pueda motivarse un cambio relevante en la normativa, ya que persisten algunos ajustes que impiden desarrollar proyectos como este de manera expedita”, detalla.

Actualmente la ley exige que al haber talado una hectárea de bosque, el responsable plante otra hectárea en algún otro lugar y que, al segundo año de haber realizado esta reforestación, ya se cuente con un 75% de rendimiento. Sin embargo, la experiencia indica que a los dos años los ejemplares apenas superan el metro de altura lo cual de ninguna manera es autosustentable. En la práctica, basta cumplir con una exigencia básica sin vincularse mayormente con un proyecto a largo plazo.

“Después de eso, la plantación queda abandonada a su suerte y se pierde. No hay un seguimiento ni una obligación de mantener ese proyecto en el tiempo después de los dos años. La supervivencia dictada por esa norma es bastante baja si consideras que las lluvias son cada vez menos y que este reglamento se dictó hace más de 80 años. Creemos que es necesaria una modificación de los planes de manejo de obras civiles para que se exija que ese periodo de verificación y control sea más prolongada en el tiempo y que las mitigaciones sean realizadas de forma adecuada”, sostiene Magdalena Duarte, parte de la administración de esta plantación.

BOSQUES PARA LA COMUNIDAD

En espera de una normativa chilena que permita mejores procesos de recuperación y mitigación de un entorno urbanizado como el cercano a Praderas, cerca del 95% de los proyectos de forestación cercanos a esta zona han fracasado históricamente.

Considerando que esta creciente conurbación de Santiago proyecta recibir a una población cercana a las 100 mil personas, la urgencia por contar con una legislación que facilite la creación y fiscalización de entornos como el que propone este bosque se vuelve capital.

En ese sentido, el ingeniero forestal de la Universidad de Chile, Nicolás Sanzur, coincide con el encargado de Praderas de Lo Aguirre respecto a las falencias de un sistema de compensación forestal que exige a los privados un piso mínimo de apenas dos años de observación de estos predios de mitigación.

Sobre esa mirada de largo plazo, el experto cree que “lo que estima la legislación actual en materia de mitigación creo que es totalmente insuficiente. Probablemente, esto sea por una falta de presupuestos para realizar esa fiscalización después de tres, cinco o diez años”, explica sobe la principal piedra de tope para que experiencias como estas lleguen a buen puerto.

Sanzur destaca que este tipo de proyectos también benefician a las comunidades que habitan cerca de estas forestaciones y cita como ejemplo plantaciones de árboles nativos en la Región Metropolitana que pueden verse en el entorno del Templo Bahai de Peñalolén, Catemito (donde se lleva adelante el Parque Metropolitano 2) y San Bernardo o Colina.

Por su parte, el gestor de la iniciativa cree que el verdadero retorno de esta contingente manera de realizar Responsabilidad Social Empresarial es algo casi incalculable. Lo único que le falta a este ecosistema social, son mejores políticas públicas para que otros interesados en transformar la relación se sumen a esta cadena de valor.

“Probablemente Santiago sería otro si predominara la vegetación nativa, incluso en zonas áridas como estas y si las políticas públicas se orientaran hacia esto. Perfectamente, con los mismos fondos que se gastan hoy en día, podríamos tener una ciudad verde y, con esto, un enorme orgullo para ciudadanos que podrían acceder a una mejor calidad de vida”, sostiene Hurtado.