Más allá del bullying: ¿Qué debemos hacer para relacionarnos bien?

Sue Young, una investigadora británica que visitará próximamente Chile, ha estudiado y trabajado en el tema del bullying. Muestra que la mayoría de los programas anti-bullying, aquellos que enseñan sobre el mismo y a detectarlo, no han producido cambios relevantes en las relaciones al interior de las comunidades escolares. Ella propone una intervención desde la otra vereda. Desde el análisis de cómo actúan, piensan, hacen distinto los otros tantos niños que tienen buenas relaciones.

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.María Amelia Barrera M., psicóloga, directora de CentroSol Instituto.

Nos hemos vuelto a impactar con las noticias de violencia y bullying en el medio escolar de nuestro país. Un joven de 14 años, provisto de un arma, disparó contra un compañero de curso en un colegio de Puerto Montt. Poco después nos llegó la noticia de que un joven trans decidió terminar con su vida producto de la sobrecarga emocional como consecuencia de agresiones verbales o físicas de parte de sus compañeros de colegio en Copiapó. Supimos del niño con Síndrome de Down que acusó a su profesor de teología de burlarse de él al punto de salir corriendo de la sala a llorar. Las imágenes nos muestran lo que ocurre en el Instituto Nacional y como se revierte este comportamiento violento con acciones represivas.

La violencia en ambientes escolares no es nueva. Como lo dijo Ann Collier, especialista en ciber bullying en el ex gobierno de Obama, en su reciente visita a Chile, “el bullying no es nuevo, ha existido desde siempre y seguirá existiendo”. Sin embargo, para nuestra comunidad  sí resulta novedoso el nivel o la intensidad con la que estos se han dado. Agresiones con armas al interior de un colegio es un fenómeno nuevo, hemos debutado en esto peligrosamente. Nuestra experiencia era verlos en las noticias como hechos que ocurrían en otros lugares del mundo, no en Chile.

Veamos algunos datos estadísticos. Estudios arrojados por el Simce 2017 reflejan que 4 de cada 10 escolares son discriminados en el colegio. Y que los niños y niñas en la enseñanza básica son quienes están más expuestos a las agresiones. La información también arroja que 143.000 escolares sufren de discriminación. Las situaciones que se han detectado como generadoras de burlas y violencia son, entre las más frecuentes, los rasgos de personalidad, las formas de vestirse y de peinarse, o el ritmo de aprendizaje, y la orientación sexual y género. Es decir, las diferencias, las minorías.

Mas estadísticas: las agresiones entre escolares y el ciberacoso están entre las causas que desencadenan los suicidios adolescentes. De hecho, la tasa de jóvenes de 15 a 19 años que se quitan la vida es del 8,1 por cada 100 mil habitantes, cinco veces más que entre los niños de 10 a 14 años.

Según la Agencia de Calidad de la Educación, organismo a cargo de evaluar el aprendizaje en los colegios, uno de cada tres escolares que está cursando 2° medio (cerca de 80 mil alumnos de ese nivel) sufrió bullying de sus compañeros en 2017. El tipo de agresión fue principalmente verbal, como insultos, burlas y amenazas, pero también hubo maltrato social, físico y electrónico (ciberacoso).

¿Cómo se entiende estas situaciones?, ¿cómo se abordan estos eventos? Como dije anteriormente, relaciones en las que la violencia verbal (insultos, descalificaciones) o física (golpes, peleas) está presente, no son ajenas a nuestra historia ni a la historia de la humanidad. Parte importante del registro histórico son los actos de enfrentamiento violento entre miembros de distintas comunidades o países. Tampoco ha estado ausente la burla y el acoso al interior del espacio escolar. ¿Qué es distinto ahora entonces?

Tenemos la sensación de que ha aumentado el número de relaciones violentas, o bien su intensidad al interior de los colegios. Digo esto porque la investigación formal al respecto no nos da aún una perspectiva en el tiempo que nos indique con seguridad si esto es así o no. En nuestro país se miden formalmente las relaciones personales entre compañeros de colegio desde el año 2005, aplicando diferentes instrumentos y definiciones. Pero vamos cada vez generando fuentes más confiables de medición de las mismas.

También puede ser que nos estamos enterando más de ellas por la existencia de las redes sociales y la facilidad de acceder a ellas. Muchos niños tienen teléfonos celulares con los cuales en el instante pueden grabar un evento y subirlo a las redes.

Lo que sí se da es que esto nos llama la atención actualmente. Son situaciones que salen en los noticieros de televisión, nos preocupa como comunidad, y nos ocupamos entonces de medirla, generar elementos de observación y de análisis. Medición y análisis del objeto que nos interesa son las acciones previas a cualquier intervención.

Ahora, es importante tener claro que la medida de frecuencia o intensidad de un evento social solo nos informa de ello. No nos dice qué situaciones están relacionadas con esto. Es indicativo, no nos da explicaciones sobre sus causas. Si no sabemos las causas, ¿cómo generamos soluciones? Tendemos a generar explicaciones del comportamiento humano buscando una sola causa, y eso no es real y no da resultado.

Frente a situaciones menores y otras más relevantes, observamos que las comunidades más significativas a las que pertenecen los niños y niñas se sienten sobrecargadas y se culpan mutuamente. El colegio pone la responsabilidad en la familia, la familia en el colegio. No encuentran en sí mismos justificación o explicación a lo que ocurre.  Otro de los actores sociales a los que se culpa es al desarrollo tecnológico y la violencia de los video-juegos y programas o películas a los que los niños están expuestos. Considerar que estos son la causa del aumento de violencia en las relaciones de niños en las instituciones escolares es simplificar nuevamente el asunto.

Pensar que el comportamiento humano tiene una causa que es única y la solución es simple es un error. Y esto es muy importante tenerlo en cuenta puesto que el comportamiento humano es claramente multicausal. Pertenecemos a distintas comunidades y nuestra participación en ellas produce nuestro comportamiento, el que a su vez resulta ser reforzado o no según las respuestas que tengamos al mismo en nuestro medio. Entonces, generar mediciones es importante, pero no nos entrega las causas ni nos da luces de la solución.

Debemos abordar el asunto entonces considerando esta complejidad. Esto se traduce en que más que buscar culpables, cada comunidad debe hacerse cargo de su esfera y asumir que le corresponde realizar acciones. E idealmente que estas acciones sean compartidas, comunicadas y trabajadas en conjunto con las otras comunidades. Las familias, las instituciones educacionales, deben generar acciones que estimulen la buena convivencia.

Y en este punto quisiera agregar otro elemento o información que se agrega a las anteriores. Y es que, buscando el origen del problema, nos olvidamos de que, si podemos observar la violencia, es porque tenemos comportamientos y formas de relacionarnos de manera amable y empática. Un fenómeno es observado en cuanto lo podemos comparar con otro fenómeno. Se distingue y salta a nuestros ojos porque tenemos un contraste.

Sabemos que la mayoría de nuestros niños no se involucran en conductas de bullying, son buenos niños entre ellos. La mayoría de las familias tienden a establecer comportamientos protectores y enseñan conductas socialmente adaptativas a sus hijos. La mayoría de los docentes se preocupan y tienen interés por lo que le ocurre a sus alumnos. ¿Por qué hablo de ello? Por otro fenómeno que ocurre en el comportamiento humano: aquello a lo que le prestamos atención, crece en lugar de disminuir. Si hablamos, mostramos, buscamos causas, nos culpamos del bullying, alimentamos la atención, está más en nuestra conciencia, tenderemos a percibirlo y a reproducirlo. Ello no significa que no notemos el comportamiento violento, pero sí es importante mantener en nuestra conciencia que hay mucha presencia de buen comportamiento.

Sue Young, una investigadora británica que visitará próximamente Chile, ha estudiado y trabajado en el tema del bullying. Muestra que la mayoría de los programas anti-bullying, aquellos que enseñan sobre el mismo y a detectarlo, no han producido cambios relevantes en las relaciones al interior de las comunidades escolares. Ella propone una intervención desde la otra vereda. Desde el análisis de cómo actúan, piensan, hacen distinto los otros tantos niños que tienen buenas relaciones. Observando y destacando los maestros eficientes y empáticos. Observando y destacando las familias y sus buenas intenciones. Y una meta-observación ¿cómo abordamos el tema del bullying sin generar sensaciones de ser culpados por ello?

Nuestra forma de proceder culpando y juzgando a los otros, ¿no es en cierto grado violento para quienes son juzgados? Lo contrario al bullying es la empatía. La capacidad de ponerse en el lugar del otro y de entenderlo. La propuesta es detectar y amplificar los actores que tienen buenas relaciones al interior de cada comunidad. Valorarlos y hacerlos visibles. Y más que hablar, teorizar y enseñar empatía, cada actor de la comunidad debe comportarse congruentemente desde esta postura con los otros. Más que enseñar, es ser. Ser empáticos y trabajar desde allí. El programa es novedoso y desafiante. Pertenece a la línea de la Terapia y la Mirada Centrada en Soluciones, que propone, acorde a los lineamientos de la psicología positiva, que saber mucho de problemas y patologías no nos es tan útil si no tenemos bien estudiado, delineado, descrito y analizado la salud, el buen comportamiento, las buenas relaciones interpersonales.

La implementación de su programa ha sido altamente exitosa, por lo que vale la pena detenernos a conocerla y estudiarla. Hay muchas iniciativas abocadas a la detección del bullying, incluso programas o app que se descargan en los computadores, que facilitan a los docentes o miembros de una institución escolar detectar rápidamente los niños o niñas más propensos a sufrir de ello. Útil sin duda. Pero este programa no informa dónde y cuáles son las variables que nos indiquen lo contrario: el niño o niña, o el grupo, el curso, el docente, el equipo de profesores que tenga mayor cantidad de factores protectores, todos esos espacios donde las buenas relaciones predominan.  Si estudiamos solo una parte del fenómeno, entonces, quedamos cojos ante la posibilidad de incidir en un cambio.

Citando nuevamente a Ann Collier en su visita a Chile:  “y parte del problema es que los adultos culpamos a la tecnología y, nuestras políticas por mucho tiempo han sido de prohibición o restricción. Se deberían enseñar herramientas que necesitan para usar inteligentemente el espacio”. Sabemos que la prohibición y la restricción no generan cambios sustentables. Sabemos que el castigo es eficiente mientras la amenaza al mismo esté presente y que una vez se elimina la posibilidad del castigo el comportamiento vuelve. El castigo, la restricción, no enseña nuevos modos de relación.

La invitación, mi propuesta, es a profundizar nuestro conocimiento de nosotros mismos, de nuestros buenos comportamientos, de cómo hacemos para relacionarnos bien. Reconocernos y reconocer, ser espacios de empatía, de acogida, de promoción del cambio. Dar una vuelta más a este problema y aprender y actuar desde la otra vereda. Como dijo Gandhi “sé el cambio que quieres ver”

.María Amelia Barrera M., psicóloga, directora de CentroSol Instituto.