Director de “Cien niños esperando un tren” exige el Premio Nacional de Educación para Alicia Vega

Ignacio Agüero, el cineasta detrás de una joya documental que hizo famosa en todo el mundo a una profesora de talleres de cine para niños, no pierde oportunidad de decirlo. “Creo que ella debe ganar el Premio Nacional de Educación. ¿Hay que hacer una campaña?, ¿Inscribirlo en alguna parte?”, se pregunta.

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En abril pasado el Museo Violeta Parra realizó un homenaje a la profesora Alicia Vega para celebrar su compromiso con la educación. Unos días antes, un seminario de cine realizado por la Universidad de Chile, dedicó varias horas a destacar el legado de esta cineasta del zootropo, en el mismo momento en que delegaciones culturales de Brasil y Japón aterrizaban en Chile para conocer más de cerca su obra.

En las afueras del museo de Vicuña Mackenna, Alicia Vega no puede negarse a las selfies con algunos escolares y otros docentes, aunque confiesa que no le gustan los cumplidos.

Al ojo de Ignacio Agüero, director de “Cien niños esperando un tren”, y el de generaciones de niños-adultos, los méritos de esta mujer, de 87 años, valen por cada uno de los fotogramas del entrañable documental que registra la trastienda de los talleres de cine que la realizadora dictaba en campamentos de Peñalolén en 1977.

Eran los años más duros de la dictadura y varias escenas del largometraje muestran a los menores dibujando operativos policiales, vecinos muertos por la represión militar y a los pequeños alumnos contando cómo, cualquier día, la CNI pateaba las puertas de sus casuchas buscando comunistas. La película fue estrenada 10 años después, el año del Plebiscito del 5 de octubre.

“Existe un exceso de belleza en esa entrega anónima de Alicia en sus talleres. Ella es una gran artista, diseñadora de un método pedagógico que es enseñado en todo el mundo. Evidencia de eso es esta conmovedora escena donde los niños forman, con sus dibujos, una gran cuncuna que sale por las calles de la población: esos fotogramas de papel marcan una escena de una precariedad hermosa”, plantea el director del documental sobre una obra en que la profesora declara “la enorme altura y dignidad que estos niños tienen”.

Agüero hace memoria y, hablando de precariedad, recuerda otras escenas que no salieron en la película, como la profesora inventando un traveling por encima de la cordillera de los Andes (formada por una hilera de esas cajas de fósforos con el macizo andino en la etiqueta). Para que no se notara pobreza, el equipo de Vega llevaba más de un proyector a la improvisada sala instalada en una capilla de la toma de terreno. Ahí, los chicos se acercaban -todos por primera vez y muchos por única vez en su vida- a los cortos de Disney, los clásicos de Chaplin y elaboradas piezas de stop motion ruso, entre otras.

LA DIMENSIÓN DE SU OBRA

“Los niños de Alicia”, llama una directora japonesa que emula su trabajo en Asia, a todos los que han sido expuestos a la película “Cien niños esperando un tren”. Cuenta que en Japón la película se estrenó en todos los cines y uno de sus ayudantes agrega en un imperfecto inglés que en el lejano país de oriente la profesora del peinado rollinga es casi tan famosa como Elvis Presley.

Ignacio Agüero se hace cargo de esa fama del profeta lejos de la tierra y apunta alto: “Lo digo con todas sus letras y plena responsabilidad. Creo que Alicia Vega debe ganar el Premio Nacional de Educación. No hay nada que justificar, pues el asunto está de sobra justificado. Lo que no sé es cuál es el procedimiento ni cómo se organiza algo así. ¿Hay que hacer una campaña?, ¿Inscribirlo en alguna parte?”, se pregunta

“Si hay que hacer algún gesto, creo que simplemente es mostrar cualquiera de las exposiciones que se montan cada cierto tiempo con los trabajos hechos en sus talleres de cine o ver el documental de ‘Cien niños esperando un tren’ o leer los informes que ella ha hecho después de finalizar cada taller con niños. No es un misterio darse cuenta de la dimensión de la obra de Alicia, la cual desgraciadamente, aún no es del todo conocida en Chile, pero que sin embargo la hace una maestra de maestros. Si todos los profesores de Chile leyeran sobre su trabajo, su aporte se extendería a niveles impensados y los docentes verían aumentado el potencial del desarrollo pedagógico”, sostiene el cineasta de “Como me da la gana” y “El diario de Agustín”.

“El universo de Alicia abarca vidas completas de niños, jóvenes y adultos y permite que en cada una de ellas aparezcan preguntas intelectuales a nivel cotidiano”, remarca.

Treinta años después, las poblaciones callampa siguen existiendo bajo el nombre de “campamentos”, muchos de los niños del documental no cumplieron su sueño, la brecha social parece haberse agudizado y los estándares de pobreza alcanzan nuevas definiciones, apunta Agüero, refiriéndose también al proyecto de responsabilidad penal a partir de los 14 años.

“Me parece una brutalidad por donde se le mire. Una búsqueda meticulosa por impedir la libertad de jóvenes y niños, una cosa tremendamente violenta y demencial que atenta contra los derechos básicos de las personas. Una cosa funesta, realmente, que me recuerda a la instalación de una forma de vida rodeada de restricciones y castigos como lo era la dictadura”, piensa.

Del otro extremo, los cambios también son parte del puertas adentro. De la industria, del cine, y de la sala oscura como un valor que también parece ir en retirada por parte de la cultura del torrent, Youtube y Netflix. Un ritual que parece ir en retirada y que para Ignacio Agüero es irremplazable.

“Encuentro que Netflix es algo muy bueno, que permite ampliar enormemente las posibilidades de lo que se puede producir, de lo que se puede ver y consumir. Pero la experiencia de ver una película en una sala oscura no es reemplazable por otra cosa. Por nada. La experiencia completa de sentarse durante toda la duración de una película y concentrarse en eso, gracias a la sala oscura, atendiendo solo a la luz de la pantalla, no tiene reemplazo en la experiencia artística. El espectador nunca ha sido un mero ser pasivo ante una obra. Es un ente activo que moviliza su imaginación, sus pensamientos durante todo el tiempo que dura una película. Está ahí, minuto a minuto trabajando junto al director de esa obra… cuando es una buena película, claro”, completa el académico y cineasta.