Diseñador Juan Pablo Cambariere invita a juzgar el libro por la portada

El argentino autor de portadas de discos legendarias y que ha ilustrado clásicos de Truman Capote, Graham Greene, Shakespeare y César Aira explica su método y la visión de una industria que cree urgente captar al lector desde el diseño.

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Un mismo diseñador y artista plástico está detrás de portadas clásicas de libros de Truman Capote, Umberto Eco, Shakespeare, César Aira, Jack Ranciere o Muriel Spark para editoriales planetarias y otras más pequeñas donde hace honor al refrán de “vender libros por la tapa”.

Juan Pablo Cambariere (45) recuerda épocas en que la gente podía escoger el libro independiente de esas portadas de cuero y lomos con letras doradas. El único apelativo era el aura de esas obras y una rápida hojeada, pero la especialización de la industria empezó a captar clientes a través de coloridos diseños que ilustraban al “jovencito/a” en la tapa.

“Ante todo, siempre he concordado en que no hay que juzgar un libro por la tapa. Hay cubiertas espantosas de ediciones muy, muy malas de libros que me encantan hasta hoy. Creo que lo primero que tienes que hacer como diseñador, simplemente, es no cagarla. No joder ese vínculo de la obra y quien la lee. Todos recordamos ‘En el camino’ de Anagrama, esa portada chillona en al que te ilustran a los poetas beat o la aberración de ponerte a un personaje inabarcable como Ignatius J. Reilley en la cubierta de ‘La conjura de los necios’ de John Kennedy Toole. Pese a sus portadas, los libros son hermosos igual y hay unos muy convencionales que te atraen por la tapa y que me han gustado mucho”, recuerda el autor de la serie de miniaturas de madera “Ud. está aquí”.

“Creo que la consigna del diseñador acá es ‘no molestar’, no violar ese vínculo tan hermoso que tiene el autor con el lector del libro. Uno de los maestros que tuve en la universidad, Sergio Manela, decía que él odiaba las obras donde el personaje principal venía representado en la tapa porque te arruinaba la posibilidad de imaginártelo a lo largo de la lectura”, dice el ilustrador.

En su breve lista de libros de infancia que lo han fascinado, señala precisamente portadas fallidas como las de “La Isla del tesoro” de R.L. Stevenson, las series ilustradas “Elige tu propia aventura” de la editorial Atlántida y “El lobo estepario” de Herman Hesse, obra que pudo rediseñar más tarde agregando un coqueto marcapáginas en forma de orejas de lobo.

Treinta años después de este tipo de felonías, Cambariere prefiere fundir una gota de sangre con el nudo de la horca en “A sangre fría” de Truman Capote (Lumen); convertir la tapa de “El Mármol” de César Aira (La Bestia Equilatera) en los bolsillos de un hombre llenos de chucherías del todo a mil; presentar una decena de libros de Manuel Puig (Planeta) exquisitamente labrados como portadas pulp de los años 50’ o sintetizar el universo de Shakespeare en un puñado de íconos refrescantes para Penguin Random House.

“Si me preguntas por un método para mi trabajo, te diría que me gusta crear tapas que tengan distintos niveles de lectura, que te llamen la atención, claro, pero que a medida que los vayas leyendo construyas una relación con esa cubierta que te haga sentido. Me gusta ‘sembrar’ cosas en las cubiertas de los libros y que aunque no signifiquen mayor cosa, a medida que avanzas, descubras ahí múltiples niveles de lectura en diferentes momentos de contacto con la historia”, cuenta.

DES-EDUCAR LA CREATIVIDAD

Parte importante de su obra la ha realizado también diseñando las portadas del suplemento cultural “No” del diario Página 12, afiches de cine o carátulas de discos como el legendario hexagonal “Colmena” de El Otro Yo. La última década y media ha estado tallando el proyecto “Ud. está aquí” (http://www.cambariere.com/seccion-marionetas-6.html), una creciente colección de muñecos de madera que reflexionan sobre la sociedad moderna a través del diseño y deslizan varias de sus críticas más personales.

Cuando hablas del vínculo con el lector de esa obra que envolviste, ¿Cuál crees que es el aporte de esta audiencia?
-Desde el trabajo editorial uno solo propone. El mensaje definitivo lo construye el lector siempre. Ese esquema antiguo de que lo que uno dice lo recibe el otro, ya es poco válido porque es la realidad la que construye el otro y cada uno construye un mensaje diferente. Por eso hay tantas lecturas para una misma pieza gráfica. Si te digo “Hamlet”, todos se saben el “to be or not to be” y vamos a imaginar algo diferente dependiendo de cuánto sabes, de si lo has leído o no, si has caído en esa trampa del hombre conversando con la calavera del bufón, etcétera. Es tan variado y tan rico lo que puede suceder, que a mí me resulta súper maravilloso y estimulante. Por eso me levanto en las mañanas siempre muy entusiasmado pensando que debo sentarme a diseñar la tapa de un libro.

¿Hay un género o tipos de diseños que te generan más placer en el trabajo?
-A mí me gusta mucho hacer tapas de obras clásicas porque tienes la ventaja de que puede que no hayas leído a Moby Dick, pero sabes de qué se trata. Sabes que hay una gran ballena blanca y un capitán obsesionado con matarla y que perdió una pierna peleando con ella. Y puedes hacer una portada toda blanca que tenga un puntito que de la sensación de un ojo, entonces ya entendés que el libro es la ballena, o bien, poner un palo en forma de pata que te haga la idea del capitán Ahab aunque jamás lo hayas leído. Eso es algo muy interesante: no hay fórmulas para diseñar. Yo soy muy soldado de la teoría y del valor retórico comunicacional de las piezas y eso es algo que castiga mucho la literalidad. Sin embargo, hay veces que la literalidad funciona y poner a Barbanegra en la tapa del libro funciona.

Has dicho que existen maneras de educar la creatividad y que muchas de ellas están fuera de la escuela tradicional.
-Fíjate que mucha gente dice “no, yo no se dibujar”, pero si le preguntas a un niño pequeño, jamás él te va a decir que no sabe pintar o dibujar y eso es evidencia de que lo que hay que hacer es des-educar en realidad. Básicamente, la educación post Revolución Industrial es conductista y está hecha para crear trabajadores de un sistema que ya no es el mismo de hace siglos. Así se van encorsetando las cabezas de la gente y cuando cumples los 15 años y decides estudiar diseño o arte, te cuesta un montón abrir la cabeza incluso en esos ambientes.

“Hay que descontracturar esas mentes para que no te pase ese cliché de la hoja en blanco. Yo no considero que hayan ideas malas, por ejemplo. Cuando agarras hartas horas de oficio ya puedes desinhibirte y aparecen cinco mil respuestas ante una pregunta. Cuando me solicitan un trabajo, pienso: “se lo podrían estar pidiendo a un gran ilustrador o diseñador como Alejandro Ros o Shigeo Fukuda, pero me lo están pidiendo a mí” y eso en vez de paralizarme me resulta muy estimulante. De igual manera, yo no soy bueno en el fútbol, pero si me invitas a una pichanga voy a ir muy contento pensando en cuántos goles voy a meter y me voy a divertir jugando”, remarca.