Marcela Küpfer, investigadora: “Se ha intentado esconder el rol depredador de Chile en la caza de ballenas”

La desconocida historia de la industria ballenera que funcionó en la Región de Valparaíso es actualizada en esta investigación que coincide con la reincidencia de los japoneses en el arponeo ballenero. Un daño al ecosistema marino que los autores califican de demencial. “La ballenera de Quintay”, reconstruye el polo industrial del litoral donde este cetáceo era un recurso tan requerido como el salitre o el carbón a lo largo de dos siglos.

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La historia marinera bautizada luego como “Moby Dick”, los bares que frecuentaban los cazadores de ballenas, el culto a las celebridades del arponeo ballenero provenientes de Noruega o Japón en los puertos chilenos y hasta las carnicerías de ballena del barrio son parte de un imaginario que los autores de “La ballenera de Quintay” rescatan con partes iguales de nostalgia e incomodidad.

La investigadora Marcela Küpfer y el historiador Carlos Lastarria se hacen cargo de una leyenda que hasta hace poco era el orgullo industrial de la zona, pero que después de que Chile firmara los tratados internacionales que protegían a los grandes cetáceos pasó a ser una práctica proscrita.

La cacería de ballenas a nivel local data del Siglo XVII como interés comercial, pero desde mucho antes de la llegada de los españoles, yaganes y kawésqar cazaban a estos mamíferos entre Tierra del Fuego y el Estrecho de Magallanes.

Más tarde se daría una invasión de balleneros noruegos, ingleses, franceses y norteamericanos en busca del aceite de la ballena. Los mares del sur se convirtieron en tierra de nadie para operar sin ninguna restricción. Esto, hasta que Chile firmó el pacto contra la caza de ballenas en 1979, aunque en rigor, se perseveró en esta práctica en mares chilenos hasta 1983.

“La caza de ballenas fue una industria muy potente en Chile. Hoy la relacionamos con otra historia económica: una de explotación de los recursos minerales que motivó gran parte de la cartografía de los mares australes y su conocimiento, también la presencia antártica. La ballenería industrial del Siglo XX también fue un símbolo de progreso a tal punto que la prensa de mediados de 1900 informaba que este tipo de factoría sería la industria del futuro en donde se lucirían los prodigios de la tecnología”, señala Küpfer.

Sin embargo, esta historia de esplendor pasó demasiado rápido, remarca la autora. “En solo un par de décadas, Chile se abstuvo de este tipo de cacería que duró dos siglos y se sumó al peso valórico posterior que se le asignó. Un veto que se extendió a otras zonas de caza y pesca ballenera como Punta Arenas, Chiloé, Valdivia, Concepción y Talcahuano. La cacería de ballenas pasó de ser una explotación comercial como cualquier otra, a convertirse en algo controversial a nivel global”, explica.

EL HOMBRE DE MAR Y LA BESTIA

Quintay era un pueblo pequeño que pasó de tener 20 habitantes a convertirse en una pequeña metrópolis con una población muy heterogénea en donde las ballenas fueron objeto del impacto en su forma de vida. Además de esta fiebre ballenera, generó también una fuente de inspiración literaria y artística.

“La ballenería contenía un componente épico del enfrentamiento entre el hombre y un enorme animal, armados del puro instinto y armas rudimentarias antes de cualquier tecnologización. Un espacio mental desde donde salían figuras como ‘el mejor arponero’, ‘el capitán legendario’ y el espíritu del hombre contra el mar. Todo un cuento en el cual destacaron figuras a las que llegaban muchas de estas historias de oído como Salvador Reyes Figueroa o Francisco Coloane”, explica la investigadora.

Küpfer y Lastarria coinciden en que Quintay y la caza ballenera fue un respetable equivalente de las salitreras del siglo pasado. Acá, capitanes holandeses y japoneses, atracaban para formar sus tripulaciones con viejos de mar provenientes de distintos puntos del país e interesados en ser parte de este mercado bullente. Una actividad que también transformaba el paisaje costero, ponen de relieve los autores.

La periferia del pueblo era el propio de otras factorías industriales con sus poblaciones precarias y campamentos, grupos flotantes en tránsito para aprender el oficio de la caza de ballenas, tugurios y bares que estos arponeros volvían sus “picadas favoritas” y hasta carnicerías cetáceo. Una verdadera “cultura ballenera”, cree Marcela Küpfer.

“Esta historia de la cultura ballenera no estaba del todo contada, difundida ni conocida, sino insinuada. Se ha intentado esconder el rol depredador de Chile en la caza de ballenas. Esto nos llevó a tirar de ese hilo y contar además con fuentes vivas de esa época. Viejos pescadores que aún no se explican el porqué es demonizada una práctica que –para ellos- era un trabajo legítimo como el de cualquier tipo de pesca”, indica sobre un trabajo de status muy bien pagado y muy bien visto por entonces. “Muchos de ellos nos han dicho que cazar ballenas era el equivalente a pescar jureles y que no existía una conciencia ecológica”, agrega.

Los japoneses se retiraron de la Comisión Ballenera Internacional lo que advirtió una supuesta presencia de esa bandera en mares chilenos. ¿Esta publicación reciente te permite una reflexión sobre este nuevo escenario?

-La verdad es que ha habido mucha conversación sobre el tema en el que nos han preguntado nuestro parecer. Lo primero que comentamos es que el libro no es en ningún caso una apología a la caza de ballenas. Este año se publicaron informes sobre varias especies de ballenas que recién comienzan a recuperar su población a nivel histórico, a otras de la franja austral les falta por lo menos medio siglo para salir de los números rojos. Pero en lo medular, las cifras de consumo indican que cada vez es menos cotizado este recurso, por decirlo así. Es un recurso natural que cada vez se requiere menos y eso habla de algo que va más allá de una conciencia ambiental, de una tendencia que indica que la caza debería ir desapareciendo.

“Hasta ahora solo está permitida para ciertas especies de ballenas y por parte de algunas poblaciones nativas bien acotadas que realizan la pesca y caza como práctica cultural. Es decir, ya no se justifica en absoluto la cacería industrial ni en grandes barcos. Si un barco pequeño podía matar 10 ó 12 en un viaje, imagínate el daño ecológico que provocaban los gigantescos barcos factoría. Es algo demencial. Tampoco alimentas grandes poblaciones con los productos derivados de la ballena, así que desde ningún punto de vista tiene sentido promover la caza de ballenas, que es un recurso que tarda décadas en recuperarse”, completa la investigadora.