“¿En qué puedo ayudarte?”: Jorge Jara, el trabajador ciego “todo terreno” del supermercado

El más entusiasta empleado del Lider Express del sector Parque Bustamante envuelve regalos, apoya a la tercera edad cuando los supera la tecnología y orienta a los distraidos en busca de algún producto en el laberinto de góndolas. En esta entrevista relata las vicisitudes de ser un no vidente en busca de la inclusión.

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Jorge Jara (43), encargado de atención al cliente del supermercado Lider Express de Seminario, cerca del Parque Bustamante, en Providencia, cuenta que prefiere trabajar fuera del mesón. Dice que es más probable abordar a una persona que necesita orientación a que esta se acerque al stand a preguntar, por ejemplo, dónde están los cuchuflís artesanales. Aunque Jorge es ciego, él sí sabe la ubicación exacta de los envases, en el pasillo de las golosinas, en qué parte de la góndola.

A veces ayuda a reponer productos como leche, cereales, conservas y aceites en los pasillos. Cuando la cosa está “floja” opera el Servifácil para que la gente obtenga el voucher para pagar sus cuentas y si el lugar está repleto de clientes y las cajas a toda máquina, él ayuda también envolviendo regalos.

Pero es en la sala donde él colabora con personas totalmente capacitadas para ver, para que puedan llenar la lista de compras. La sorpresa de que sea “el cieguito del Lider” quien informe de memoria y con cordialidad el sitio de las aceitunas sevillanas, los vasos plásticos o los productos sin gluten siempre es nueva, relata Jara a La Nación.

“Las personas que vienen a comprar siempre andan muy apuradas y como que se quedan paralizadas a la entrada. No se dan cuenta que el orden es por pasillos o simplemente les da pereza buscarlas muchas veces. Como la pérdida de la visión agudiza otros sentidos, las oigo y les ofrezco ayuda. Muchas veces me ignoran o murmuran entre sí ‘qué va a saber él, si es ciego’ o ‘pobrecito el cieguito’. Las oigo, pero la mejor respuesta que puedo darles es decirle dónde está exactamente lo que están buscando. Eso les causa un gran impacto”, señala.

CONDICIÓN GENÉTICA

Jorge quedó ciego el 2015 producto de una condición genética llamada Síndrome de Marfán que afecta al gen FBN1 y que produce luxaciones del tejido conectivo, entre ellos el que mantiene el cristalino del ojo en su lugar. “Es como una bomba de tiempo que sabes que te dejará ciego en algún momento de la vida. Recuerdo que ese Año Nuevo fue la última vez que fui los fuegos artificiales, por ejemplo. Me da una ventaja comparativa poder haber visto antes porque me costó menos habituarme a un país que no es del todo apto para personas con discapacidad visual”, añade.

Perdió la vista de ambos ojos en un período de 4 meses, pero lejos de sentirse derrotado, se preparó para la inminente llegada de la oscuridad aprendiendo braille, el uso del bastón e informándose sobre las leyes de inclusión porque lo que se le venía encima iba a ser como un tsunami. “Absolutamente nadie está preparado para que le digan que en 6 meses va a quedar ciego, pero puedes esperar resignado y echarte a morir o prepararte para capear de mejor manera ese futuro”, remarca sobre una postura ante la adversidad que lo acompaña hasta hoy como un ciudadano consciente y activo de su comunidad. “Lo que sí extraño mucho es ver televisión”, manifiesta riendo.

El ciego parado entre las verduras y los embutidos, se apoya en su bastón mientras se conecta al resto del mundo a través del audífono de un Iphone 5 S donde. El favorito de la comunidad ciega. Dice que el asistente de voz Siri es su copiloto que recibe las instrucciones para que el teléfono le lea las noticias y envíe mensajes de Whatsapp dictados. Saluda cortésmente a personas que jamás levantan la cabeza del teléfono y que a veces no devuelven el saludo.

“Algunos tardan en darse cuenta de que la ayuda proviene del trabajador ciego y a la salida se acercan y te felicitan o dan las gracias por la ayuda. Otros hacen como que te ignoran pero te quedan observando y uno puede sentir esa mirada. Es algo extraño. La mayoría de las veces me da risa cuando las personas caen en la cuenta de que un no vidente les orienta respecto a dónde encontrar un producto que está debidamente marcado en las señaléticas”, explica.

De inmediato, ante una pregunta de prueba enumera: “Pasillos 6 y 8, condimentos: condimentos, salsas gourmet, de soya, sal, azúcar, harina y productos de repostería. Al medio del pasillo, productos libres de azúcar, dietéticos, sin gluten. En el pasillo siguiente está el té, la mermelada, dulces, té. Leches y café. Al frente, el papel confort y las toallas y pañuelos desechables, bolsas Ziploc, fósforos, desodorantes ambientales, el papel de aluminio y todo lo que son productos de limpieza”.

¿Y los guantes de goma?– lo interrumpe una despistada señora que empuja un carro con verduras en el que un niño de 3 años desgrana unas uvas sin lavar.

-Buenos días. En el pasillo 10 -contesta Jara- entre los escobillones y el alusa foil. “Vienen en 3 tamaños”, le advierte, pero la señora ya va en camino. Sólo el niño vuelve la cabeza un instante.

 LA CIUDAD NO ESTÁ PENSADA PARA LOS CIEGOS

Pese a su ceguera, Jorge lleva una vida normal. Hace poco que no tiene polola. Y la última vez que fue al cine vio “Un jefe en pañales”, la cinta animada que explica de dónde vienen los bebés y de porqué la mayoría de ellos son unos déspotas.

“¿Sabías que existe un cine para ciegos llamado cine inclusivo? Tiene audio descriptivo y te va narrando lo que pasa para potenciar los diálogos. Es como el radioteatro. Pero es una genuina manera de hacer inclusión. Son muy pocas las películas que son replanteadas así, pero creo que así deberían ser las políticas públicas. Una cosa más integral y que no se quede en la cosa asistencialista o que un edificio sea llamado ‘inclusivo’ solo porque le ponen una rampa de acceso”, señala sobre iniciativas de convivencia que suelen ser contradictorias.

Jorge y cualquier persona no vidente deben ir con mucho cuidado por las calles de Santiago. La ciudad no está pensada para personas con este tipo de discapacidad y es común que el bastón no le advierta de riesgos en altura como cajas eléctricas en forma de T (de base pequeña, pero enormes a la altura de su cara), toldos de tienda que asoman peligrosamente a metro y medio del suelo por la vereda, las bicicletas públicas tiradas en plena calle o los huecos vacíos bajo las escaleras del Metro que también son indetectables para el bastón.

“No se qué sucede en la ciudad actualmente. Es como si simplemente no se considerara a las personas ciegas. Andar en Metro a la hora punta es terrible. Es horrible como un mar de gente pasa por encima de ti, viendo el bastón o recibiendo advertencias de parte de los monitores de la estación. Imagino lo difícil que es movilizarse para cualquier persona, pero muchos no imaginan lo difícil que es para un ciego. No te lo digo desde una idea lastimera, sino desde el sentido común. Si no hay alguien que te ayude a saber si el tren que viene es corto o largo, si no hay un asistente en el andén, simplemente te quedas abajo”, remarca.

Pero la peor parte no es el tren ni los andenes, agrega Jorge. Se ha dado monumentales costalazos escaleras abajo cuando va bajando al Metro en Parque Bustamante y es embestido en sentido contrario por personas que no quitan la vista del celular.

“Tengo entendido que hay avisos por todas partes sobre lo peligroso que es subir y bajar escaleras del Metro mirando el celular. Pero, oye… dos dedos de frente. No es peligroso solo para ti, también lo es para otros. Es en esos momentos donde me pregunto dónde está la inclusión de la que tanto se habla en estos días”, estima sobre un llamado que es para él, “mucho ruido y pocas nueces”.

Fundamentalmente, siente que el principal ingrediente para conseguir esta integración completa no está en ningún supermercado. Generacionalmente, se siente cada vez como parte de una raza extraña de personas empáticas capaces de ceder el asiento sin que se lo pidan, de ayudar a la tercera edad por respeto y en general ajeno a la crianza de hoy donde la cordialidad “es algo que no alcanza a ver”, comenta irónico. “Eso te lo dice un ciego, ojo”.

“Me da la impresión de que las generaciones de antes tenían una mirada distinta respecto a la integración de personas con discapacidad. Si bien había como una falta de políticas al respecto, la gente actuaba con más deferencia si veía a un ciego o persona en silla de ruedas. Antes no tenías que recordarle a alguien que existían asientos exclusivos para personas discapacitadas en la locomoción colectiva, porque era algo que caía de cajón. Un ciego cruzando la calle era visto como una oportunidad de ayudar. Al menos siempre lo vi así de niño o adolescente”, recuerda.

El problema de la civilidad trasciende cualquier política sobre inclusión, indica. No es solo en el Metro cuando se siente pasado a llevar. “Estoy pensando súper seriamente en ponerle una baliza al bastón. Este accesorio está hecho para hacer ruido, para que sepas que se acerca una persona que no ve. Tiene material reflectante y aún así 10 ó 15 veces al día siento los pencazos de la gente que pasa, no junto a uno, sino chocando. Todos vienen sumergidos en el celular. A veces me quedo parado esperando escuchar una disculpa, pero no. Ni siquiera eso. En la calle no soy yo el que tiene que ver a los demás, ¿me entiendes?”.

“Creo que la gente no escucha el bastón porque viene con audífonos la mayoría de las veces, no siempre, pero no lo ve a uno, porque no lo quiere ver. Así de simple”, completa.

Otros con mayor suerte (y recursos) –reflexiona- pueden contar con un perro lazarillo, pero aun así hay una cultura de “el perro no puede entrar”, cuando la ley faculta a estos asistentes a acompañar a sus usuarios cualquier lugar, desde restaurantes a hospitales. “Desde el uso del lenguaje, hay quienes prefieren decir ‘el cieguito’, porque no aceptan la palabra ‘ciego’. Eso no me molesta tanto, pero creo que habla de esa necesidad de negar al otro”, apunta.

AUTÉNTICA INCLUSIÓN

Una propuesta de solución para Jara es lograr mayor visibilidad con auténtica inclusión y poner a más personas discapacitadas en lugares de trabajo más públicos: despachos, recepciones, puestos de servicio al cliente como en su caso.

“Si hubiesen más personas en esta condición en supermercados, tiendas o farmacias demostrando su real capacidad sería más evidente lo que falta hacer o lo que sí se ha logrado. El problema es que la Ley de Cuotas, que obliga a las empresas a contar con un 1% de personas discapacitadas, los contrata primero y después no sabe dónde ponerlos. Eso frustra al empleador y a esa persona que está ansiosa por demostrar lo que sabe hacer, pero termina escondido en el fondo de una bodega”, lamenta el operario.

Hace poco le tocó atender a un grupo de turistas brasileños. Eran todos ciegos como él y sin embargo, su país favorece buenas prácticas para que puedan tener buenos empleos, pensiones, colectivos y oportunidades para, por ejemplo, viajar de vacaciones a otros países. “En esas oportunidades pienso que si la inclusión fuera una balanza, los chilenos quedaríamos siempre en la parte baja respecto a otras culturas. Creen que los no videntes somos literalmente ciegos en todo aspecto y no vamos a ver estas inequidades. Las políticas de inclusión nos tratan como a niños de 2 años”, sostiene.

Respecto a sus pares, Jorge se considera afortunado de ser valorado como trabajador pese a su discapacidad. Si bien cree que la Ley de Cuotas es perfectible, es consciente de lo arbitrario de la letra chica de la norma.

“Quién sabe. A veces creo que quizás de no ser ciego, de repente no pensaría como lo hago ahora. Sería uno más de los que vagan por ahí sin mayor empatía por las personas con alguna discapacidad. Hasta podría decirte que ser ciego es una forma de entender mejor el mundo”.

En busca de una valoración de las oportunidades que ha tenido el empleado dentro de la empresa, Walmart no respondió nuestras consultas sobre la posibilidad de decirnos cómo aborda las cuotas de la Ley 21.015.

Su último Año Nuevo, aún con visión, recuerda que comió carne al jugo con papas mayo, que hizo un par de ritos como comer 12 uvas y tres cucharadas de lentejas junto a su hermana y su cuñado mientras presenciaban los fuegos artificiales de la Torre Entel. Su mundo cambió mucho desde entonces y también sus sueños.

Desde que quedó ciego –relata- sus sueños se han ido transformando y las personas que ha visto antes se le presentan sin rostro. Por ahora, sueña con un país de mejores personas para empezar. El resto: mejoras sociales y políticas, será una evolución natural, piensa.

Pero no todo es tan malo. En agosto pasado se inscribió en un curso de Kung Fu para ciegos que dicta la Biblioteca para Ciegos de Providencia. La idea no es ir por la vida devolviendo golpes o responder con una llave al cuello a los distraídos, sino mejorar sus reflejos, el equilibrio y el uso del bastón para, al menos, aprender a caer con estilo.