Chile, país de inmigrantes

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  • Por José Albuccó, académico de la Universidad Católica Silva Henríquez

Somos un país que niega su origen migrante. Existe un discurso nacionalista, basado en la exacerbación de las diferencias y en elites políticas, intelectuales, económicas y religiosas que niegan la diversidad, aplicando un lenguaje, simbología y ritos, que han logrado instalar una monocultura. Nuestro territorio, de hecho, tiene miles de años de construcción cultural, no 200 ó 500 años como han tratado de persuadirnos.

La negación de la diversidad ha generado un racismo constante y selectivo frente a aquel que no es parte o no debe ser parte de esta monocultura alimentada por la Educación y todas sus formas de proyección.

La llegada de inmigrantes, y sus innumerables  acciones y construcciones culturales a lo largo de miles de años, plasmaron su cosmovisión del entorno, arquitectura, creatividad, arte y pensamiento. Su legado patrimonial, tangible e intangible,  hoy es parte de nuestro acervo cultural e, indudablemente, forma parte de nuestra identidad, un “tesoro de la memoria del país”.

Pero, ¿por qué alguien emigra? Por necesidad de refugio, como hace 79 años lo hizo un grupo de españoles llegados a las costas de Chile; por trabajo y sobrevivencia, debido a que su proyecto de vida se ha visto truncado en otras regiones del planeta; en búsqueda de posibilidades de estudio y mejores condiciones para el desarrollo de sus talentos; por catástrofes naturales, de salud pública o grandes cambios en la naturaleza que afectan a los asentamientos originales.

Emigro porque soy negado, invisibilizado, segregado, discriminado y considerado descartable para aquellos que instalan el relato oficial de una cultura. Todo aquel que ha llegado, por estas u otras razones, ha sido parte en la construcción de este país y lo que es hoy, con sus grandes bellezas y también atrocidades.

Mauricio Amster, un inmigrante que llegó a ser director artístico de la Editorial Zig-Zag, el sello editorial más grande de Chile y del continente en un tiempo, y que contribuyó al desarrollo del periodismo y la lectura de varias generaciones, decía: “Hay dos modos de considerar las letras en cuanto a belleza. La primera es más bien privilegio de los especialistas, artistas, calígrafos y tipógrafos que pueden gozar con la contemplación de una letra suelta de proporciones acertadas y hermoso trazado. Una letra puede ser bella al igual que cualquier otra forma abstracta… El otro modo constituye la experiencia común de las personas que leen. Es la belleza del conjunto.”

¿Por qué no miramos la belleza del conjunto que nos ofrece la migración? ¿Por qué no gozamos de nuestras diferencias, que nos hacen más ricos culturalmente? ¿Por qué no asumimos que todos somos y seremos inmigrantes en esta tierra u otro territorio en el futuro?  Una Política Migratoria adecuada, sin duda, que es un gran aporte, pero la mejor política es descodificar nuestra monocultura impuesta.

 

 

 

Por José Albuccó, académico de la Universidad Católica Silva Henríquez