Quiero dejar de estar gorda: cuando la comida chatarra es un mal amor

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Imposible negar que me muero por comer un alfajor, una pizza de pollo BBQ o un helado bañado en chocolate. No lo voy a negar. Entendamos que eso fue lo que me llevó a este sobrepeso del cual me estoy haciendo responsable hace un mes con la ayuda del Programa Balance. Pero claro, resulta que no todo es tan simple y alegre en este camino.

Por ejemplo, todo el mundo me dice que me veo más flaca, pero yo no lo noto. Por el contrario, el espejo me muestra por primera vez en años una versión de mi misma más gorda. ¿Es que estoy más loca de lo que pensaba o es que por fin veo en verdad mi reflejo y no la disociación de mi cuerpo que me viene acompañando la última década?

Entonces lo entiendo. No me veía, no “era yo” porque la comida “chatarra” y el sobrepeso se volvieron un mal amor.  Una relación tóxica de esas que casi todos hemos tenido. De esas que una establece con personas que te hacen levitar con un solo beso pero después te salen con las escenas de celos, con 13 llamadas al día, con preguntas exhaustivas, con pesadeces, con malos tratos, con abandonos y demases ingredientes del desastre.

Claro que sí quiero comerme una pizza, un alfajor, un churrasco italiano o una empanada de queso.  Lo quiero todo, como quería esos besos. Pero me pasa que cuando “me he salido” de la pauta de alimentación, con y sin intención, la euforia inicial no permanece más que lo que el sabor dura en mi boca, para dar paso inmediatamente a la culpa, al autoanálisis de “si verdad quiero esto para mi vida”. Un mal amor, les digo.

Entonces las personas a mi alrededor se comportan acorde: que debo seguir en la pauta de alimentación, hacer mis ejercicios y cumplir con las tareas emocionales para estar mejor.

O sea, el equivalente a “terminar con el idiota”.

Pero mi cuerpo me dice que no, que una sola papa frita o una única empanada de queso no hace ninguna diferencia, que en verdad estoy bien y que total, la vida es mía.

O sea: “no lo dejo, si en el fondo me quiere”.

Tal cual.

Me veo en esta batalla, tratando de encontrar el equilibrio entre ambas voces en mi cabeza, porque es cierto que no pasa nada si por equivocación me como un pedazo de papa o algo así.  Lo importante es que me empiece a dar cuenta.  Que tome conciencia de lo que como, que tome conciencia de lo que hago con mi vida y por qué.  Para que rápidamente retome este camino que elegí y que a todas luces es lo más saludable, física y emocionalmente.

Pero cuesta. Cuesta un montón. La “comida de consuelo” y yo llevamos una relación de más de 30 años, una bastante tóxica, la verdad. Pero tuvo momentos sublimes cuando un helado bañado en chocolate o un alfajor puedo eliminar todos los males del mundo al deshacerse en mi boca.  No es extrañar entonces que ahora sea eso mismo lo primero que se me viene a la cabeza cuando pase una rabia.

Pero ya no desaparecen. Más encima, me quedo con las calorías extra además del mal rato, haciendo más peso muerto hasta quitarme hasta las ganas de hacer ejercicio.

Como cuando peleas con el mal amor. Cuando te das cuenta que ya son demasiados los malos ratos que los besos levitadores ya ni cuentan.  Entonces te lavas las lágrimas y te miras en el espejo. Y te ves. Te ves tal cual, con esa luz maldita que destaca cada uno de los defectos de tu rostro otorgando un color verdoso a tu piel. Y te preguntas, ¿qué hago acá? ¿es esto lo que quiero hacer con mi vida?

Dependiendo de si te enfocas en lo negativo o no, puedes tomar la opción de terminar o de seguir.  En esta segunda opción, te ayuda la negación total, el “esto no es tan malo” o peor, “esto no me está pasando”.  Que en la comida es el equivalente a “igual estoy sana, independiente del peso”.  Llevo años en la negación.  Tantos que ya no me doy cuenta. Tantos que cuando me vi expuesta a mi realidad en el espejo me negué a verla.  Me rehusé como me negaba a escribir esta columna.  Rechazando mi progreso y el programa a nivel de pensar en abandonar todo.

O sea: “terminé con el idiota y ahora quiero volver porque no sé qué hacer sin él”.

En aquel momento, dada la evidente similitud entre mi mala alimentación y el mal amor, decidí usar la misma técnica exitosa cuando terminé con el último idiota en mi vida hace años: me lavé la cara y salí sin mirar atrás.  Un paso detrás del otro, sin dejar que las lágrimas detuvieran mi paso porque a esta edad, una está segura que de mal de amores nadie se muere y que esto, como todo, pasará.

Entremedio, me perdono no haber visto las señales antes; que no haya bajado ni medio gramo la semana pasada porque tampoco subí; que haya decaído en el ejercicio y que haya pensado en algún momento, que un helado me haría sentir mejor. Entendí que lo importante es haber roto la relación dañina, que no permitiré que vuelva a pasar y que pronto estaré mucho mejor. Que en el largo plazo, es lo que estoy buscando, ¿no?

Quiero creer que en unos meses miraré atrás y pensaré en todo este mal rato como el punto de inflexión donde el cambio en verdad comienza, donde quiero creer que las modificaciones en mi cabeza sí están haciendo una reprogramación.  Donde una vez más, como en todas las malas relaciones, no queda más que dar un paso al lado y avanzar hacia una vida más saludable.

Espero que así se me haga más fácil decir “no gracias” cuando me ofrezcan cosas que están fuera de mi pauta y pueda ahogar las penas de la separación en limonada sin azúcar. Porque ya bajé 3,2 kilos menos y 1,7% grasa que pueden no parecer demasiado, pero que para mí, hoy, es un gran logro.