Piñera y el cometa Halley

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*Por Germán Alburquerque

Piñera ha ganado la elección con un guarismo abrumador. Sin embargo, de ello no se desprende un triunfo de sus ideas. Su adhesión a la gratuidad universitaria es mucho más que anecdótica, revela toda una lógica (de la cual tampoco escapa su contendor). Hoy las elecciones no las ganan proyectos políticos o ideológicos sino quien se perfila mejor para administrar el Estado.

Un lugar común en estas coyunturas es decir que el candidato electo interpretó mejor las preocupaciones de la población. Es probable. Lo que no se dice es que esas preocupaciones son construidas por los medios, no nacen espontáneamente del raciocinio de las personas. En 1986 el gobierno militar logró imponer en la sociedad el interés por el cometa Halley. Todos esperábamos ansiosos el momento en que el astro pasara más cerca de la Tierra. Cuando por fin llegó el momento, la decepción fue honda: no se veía nada. Al día de hoy no sé si lo que vi –una sombra amorfa- fue efectivamente el cometa. Algo similar se había orquestado con la aparición de la Virgen en Villa Alemana, todo con el fin de distraer la atención de los hechos políticos.

El cometa Halley pasa todos los años por Chile, incluso varias veces al año. La opinión pública es manipulable, se ha dicho tantas veces. El arte de la política actual es convencer al elector de que sus preocupaciones serán resueltas por un candidato equis, pero esas preocupaciones son construidas según lo que éste simula poder enfrentar mejor.

En los últimos lustros o décadas, las presidenciales se han convertido en el fin de la política. Haciendo un símil con el fútbol, no importa cómo se juega, lo importante es ganar. Es más, el trabajo de un gobierno en sus cuatro años de mandato tiene como objetivo primordial ganar las elecciones siguientes (conspira en ello la brevedad del periodo) y no fomentar el crecimiento integral del país. Así nada trascendente puede erigirse.

En el último debate televisivo, las preguntas y respuestas giraron sobre problemas concretos que los candidatos sortearon del mejor modo posible, sin hacer referencia expresa a principios políticos o ideológicos. Se trata en el fondo de engañar al electorado con un discurso efectista, con cantos de sirena (que al parecer los chilenos en el extranjero no alcanzan a oír), con promesas de cambio y de eficiencia.Por cierto hay una porción de la población que vota conscientemente por afinidades ideológicas y/o de intereses, pero una parte importante, y seguramente decisiva, vota por la persona y no por el programa, por el carisma individual y no por los partidos, por las soluciones y no por las ideas.

El desafío del momento es articular proyectos con una base de principios más sólida. El problema es que estos proyectos, para sobrevivir y crecer, necesitan la legitimación que solo otorga un caudal importante de votos. Y para ello se requiere un trabajo lento y minucioso con las nuevas generaciones para que las personas dejen de encandilarse una y otra vez con el cometa Halley y conscientemente opten por la propuesta que mejor las identifique.

 

*Germán Alburquerque,
Académico de la Universidad Bernardo O’Higgins,  doctor en Historia por la Pontificia Universidad Católica de Chile y Magíster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Chile