Lejos de la guerra, jóvenes refugiadas sirias se liberan con el squash

Menores refugiadas sirias de entre 7 y 12 años, se entrenan desde hace casi un año en el equipo ‘Squash dreamers’, un proyecto de la ONG estadounidense Reclaim Childhood.

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Bajo la mirada de sus padres, Raghda, con la raqueta en la mano, golpea con todas sus fuerzas la bola contra la pared en una pista de squash de Ammán, mientras sueña con participar algún día en un campeonato.

Raghda, Sabah, Rawan, tres hermanas, así como Eman, todas ellas refugiadas sirias de entre 7 y 12 años, se entrenan desde hace casi un año en el equipo Squash Dreamers, un proyecto de la ONG estadounidense Reclaim Childhood. 

“Adoro este deporte, me entreno casi todos los días”, explica Raghda, de 11 años. “Espero viajar por el mundo entero, participar en los campeonatos árabes e internacionales, y volver un día a mi país”.

La ONG, fundada en 2008, señala que quiere ofrecer otra imagen de los niños sirios. Lejos de las estampas habituales que ofrece la guerra.

Según sus responsables, Squash Dreamers se dirige a desarrollar el talento de estos jóvenes sirios con la esperanza de que participen un día en grandes torneos.

Ella es parte de los 336.000 niños sirios que encontraron refugio en Jordania, según las cifras del Alto Comisionado de la ONU para los refugiados (UNHCR). Este organismo estima en 680.000 el número de refugiados sirios en el reino jordano, cuyas autoridades elevan el número hasta el millón.

POCAS LICENCIAS

Cinco años atrás, Raghda y su familia huían de Homs, una ciudad del centro de Siria, entonces bajo el fuego de las bombas, para encontrar refugio en Damasco primero y después más al sur, en la provincia de Deraa, para aterrizar por último en Zaatari, un campo situado al norte de Jordania. Pero las condiciones allí eran insoportables y la familia tuvo que hacer una vez más las maletas. Destino final, un suburbio de Ammán.

“Sólo Dios sabe lo que me habría pasado a mí y a mis cinco hijos si no hubiera decidido huir de mi país en aquel momento”, dice el padre de familia, Nizar Yousef Hasriyé, presente en el entrenamiento.

“No sé nada de este deporte, pero estoy encantado de ver a mis tres hijas jugar al squash. Espero verlas convertirse un día en campeonas del mundo”, prosigue este antiguo funcionario.

De gran popularidad en Egipto, el squash, que se juega entre dos rivales en una cancha rodeada de cristales, llegó a Jordania hace más de medio siglo.

La Federación Árabe de Squash, fundada en Ammán en 1983, estuvo ubicada varios años en el pequeño reino. Pero a pesar de sus vínculos históricos, Jordania apenas cuenta hoy en día con unas decenas de licencias.

“Hoy el equipo cuenta con cuatro chicas, y buscamos ampliar la cifra a 15”, afirma el fundador de la ONG, Clayton Keir. 

“Entrenamos cinco veces a la semana. Su formación incluye asimismo cursos de inglés para que sean capaces de participar en campeonatos de Jordania y en el extranjero”, explica.

“NADA ES IMPOSIBLE”

“Elegimos a estas chicas entre decenas”, explica su entrenadora Rim Niaz, una refugiada siria originaria de Damasco. “Queremos ayudarlas a liberar lo que llevan dentro, a desahogarse con algo positivo”, añade.

Rim alimenta la esperanza de ver a sus talentos brillar en futuros campeonatos. Ellas podrán así enviar un mensaje al mundo entero: “¡Nada es imposible! Mirad dónde estábamos y a dónde hemos llegado!”.

Aunque ellas abandonaron Siria hace varios años, esperan volver y por qué no, defender los colores de su país en grandes competiciones. 

“Espero participar en campeonatos por el mundo y levantar la cabeza de mi país”, confía Eman Atallah al-Hassan a sus 12 años.

Su madre está encantada. Mona al-Hassan recuerda aún el día en la que dejó Homs en 2012, con sus dos hijas en los brazos.

“No nos quedaba nada allí, incluso la escuela había sido bombardeada. Por tanto, decidí huir e iniciar una nueva vida”, señala la madre.

Cinco años más tarde, está contenta de ver a su hija jugar bien al squash. “Realiza cosas que nosotros nunca hemos tenido la suerte de lograr en nuestras vidas”, concluye.