MEO, de la representación de un sueño al psicoanálisis

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*Por Modesto Gayo

Se acabó el sueño de MEO. Como hijo del MIR más combativo y reprimido, como vástago de médico socialista, como exiliado irredento, mirando en menos su propia patria, su petite France, como hijo de la dictadura, como denunciante lúcido de una transición de la que usufructuó, como joven díscolo, enfant terrible impertinente, diputado de su propia ley, creyó en algún momento, tras largas conversaciones con su “papadre”, que el 2009 era el anuncio irrefutable e irreversible de su llegada a La Moneda. Pero no como Allende, sino al estilo de un líder que traería, a inspiración de Argentina, el MEOísmo a Chile, conjugando en una sola voz a Perón y Eva, la voz de uno y la belleza de la mujer. Este fue un sueño.

Tanto como un político, quiso ser una celebridad. La primera después de Allende. La primera en la victoria. Su rostro maquillado, sus ojos pintados, su pelo suelto de peluquería cara, su traje de diseñador internacional, la baba en la comisura de los labios haciendo resbalar las palabras en una especie de malabarismo lingüístico a punto de fallar, los dientes blancos de anuncio de dentífrico, hacían de MEO un candidato ideal, si no para La Moneda, para un film hollywoodense sobre el declive de la clase política transicional. Él, “neo”, el candidato para enfrentar la actualidad en la era de la política digital. La ruta 66 lo esperaba con su moto de “Hell’s Angels”. Pero su espejo narcisista lo engañó cuando le dijo que él era el más lindo y preferido.

En las elecciones de 2013, tras veinte años de gobiernos concertacionistas y cuatro de Piñera, la sombra de la ausente Bachelet y las promesas de cambio pasaron como una apisonadora por encima de las esperanzas de MEO. De nuevo infantilizado, díscolo ya por demasiado tiempo, arrumbadas vio sus ropas presidenciales, amarillentos sus discursos preparados para su esposa y un círculo de marionetas que movía algún ujier para hacer horas extras en el barrio alto. Su porcentaje de votos se despeñó, mirando a la montaña de apoyo de casi un lustro atrás como un escenario que sólo la expresidente podía explicar.

Sin ella, y con la falta de liderazgos de la vieja guardia, el camino estaría pronto abierto a su palabra. Haría que los demás se pusieran a sus pies, implorando perdón por el mal comportamiento cuando lo ignoraron en su marcha en solitario. Quizás el sueño se había trizado, pero quedaba el ahora eterno candidato en duermevela, sudando en la noche en medio de discursos inventados para un público tan tumultuoso como fantasmal y nocturno.

El 2017 era su oportunidad. Estábamos llegando al final del camino. Es cierto que con un partido roto en mil pedazos, sin respaldo ciudadano evidente, con el pelo más blanco, un traje más caro que el de Sebastián, agradeciendo a la longevidad que se acerca su nuevo aplomo, su apariencia de político de pintura norcoreana, con brazo alzado y mirando hacia el cielo, o así lo indicaba alguna de las fotos que mandó circular para la campaña electoral. Más mesiánico pues a pesar de todas las dificultades, confiaba en que él era más líder que nunca.

Se había preparado para las lecciones, había jugado al monopoly de los presupuestos fiscales y al trivial de la historia nacional, hablaba cara a cara con sus contertulios como si ya hubiese sido presidente décadas atrás, como si hablase todas las lenguas, el pentecostés de la política lo había atravesado de lado a lado, e igual su puñal. No se sabe si era su tiempo en la política chilena, pero él sabía que era su momento. Sin embargo, las encuestas, ese termómetro frío, lo dejaban todo el tiempo en el suelo, como Kast, y muy probablemente menos que Goic o Sánchez, lejos de los que consideraba sus pares, Piñera y Guillier.

Y muchos miran a ocho años atrás como un hecho anecdótico, mientras él se agarra a aquel año como un niño a su caramelo o un papá a su cochecito sin ruedas de hace mil años. Gustoso del cine, repite en sus delirios, confundiéndolos Rosebud y 2009: “Rosebud, Rosebud, ¿quién me arrebató el 2009, mis ojitos, mi vuelo de colibrí?”. Su respuesta, supongo yo, ya no está en la política, sino en la psicología narcisista del cono de alta renta, el psicoanálisis. En ese terreno disputará probablemente su próximo delirio electoral, el más importante para él.

 

*Modesto Gayo es Académico de la Escuela de Sociología de la Universidad Diego Portales.