Joaquín Sabina: Vivir para cantarlo

Por Carlos Salazar - El cantante español de 68 años presentó en Chile su más reciente disco: “Lo niego todo”. Una especie de apología al personaje vividor que contó con todo el respaldo y comprensión de un público extasiado. Una noche generosa en éxitos, en talento y emociones que repite hoy miércoles.

605

*Por Carlos Salazar

Cambiando de estilos, edades y el ánimo en la audiencia como quien cambia de sombrero, Joaquín Sabina regresó a Chile con dos fechas y material nuevo después de 8 años. Pese a ser un habitué de los escenarios locales, la gira “Lo niego todo” tiene algo de definitivo para el cantautor jienense. A sus 68 años, el autor de la manida “Y nos dieron las diez” hace las paces con el público asegurado que su carrera hasta acá ha sido una especie de malentendido. Con cierta falsa modestia les recuerda que el personaje vividor, lascivo y libérrimo en realidad era tan frágil como cualquiera de sus fans y que ha hipotecado algo más que la resaca a lo largo de una carrera de 17 discos.

Varias veces desde el escenario del Movistar Arena pidió -como si se le fuese a negar- la indulgencia como perpetrador de hitos de la poesía como “19 días y 500 noches”. Lo cierto es que Joaquín Ramón Martínez Sabina llenó cualquier expectativa sin necesidad de abrir con sus canciones más populares.

Reconociéndose rehén de sí mismo, Sabina realiza este juego de reivindicación durante la primera mitad del show presentando las canciones de “Lo niego todo”, un magistral paquete que suena más a memorias de cantina que a tardías aventuras otoñales en interpretaciones como la que da nombre al disco, “Quién más quién menos”, “No tan de prisa”, “Lágrimas de mármol” y momentos altos en “Sin pena ni gloria”. Pasajes en los que incluso se ríe de su propia filosofía de quinientas noches, alterna hitos personales con su prosa de garito y el mote del Dylan español. Esto último, una falta de criterio, si se compara la chispa y vigencia de cada uno a estas alturas.

Tomándose pausas como cualquier rolling stone, Sabina recordó su exilio en Londres, la influencia de chilenos en su obra desde Pinochet a Violeta Parra, a quien dedicó “Violetas para Violeta” con todo el rock que ha faltado en un año de homenajes.  Un sabroso puente condimentado por la voz de la corista Mara Barros que interpretó una colaboración entre Gabriel García Márquez y el festejado Joaquín.

Otra pausa para extenderse con generosidad para presentar a sus músicos de siempre, los nuevos y los que estaban de más, incluso. El espacio entregado para ese lucimiento fue el decorado estratégico para que el colaborador histórico del cantante, Antonio García de Diego, sonara a sus anchas como un joven Daniel Melero en momentos extraordinarios como en la interpretación de uno de los himnos finales de la noche en “Tan joven y tan viejo”. El resto fue la sección de grandes éxitos, magnánima también con obras que han envejecido en plena forma como “La del pirata cojo”, “Princesa” y “Contigo”.

Letras que encajan con las nuevas como obras capitales de discos pasados, con ecos de viejas historias del abuelo cuyas reiteraciones se disculpan y se alientan.  Al cierre, cerca de la medianoche, afuera del Movistar se vende el disco pirateado de Joaquín Sabina en la ventanilla de cada auto. Algunos lo compran, otros lo piensan. Total, es una noche de perdones.

 

*Carlos Salazar es Periodista de la Universidad de Chile y melómano.