De Malloco a México: El fugaz e invisible camino de Víctor Hugo Ortega como autoeditor

El periodista de 34 años conversó con La Nación sobre los bemoles de ser un escritor marginado de la industria y cómo logró, “sin pitutos”, pasar de la autogestión en la producción y anónima venta mano a mano de sus libros en estaciones de metro, a la publicación de uno de ellos, “Elogio del Maracanazo”, en El Zócalo de la capital azteca.

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Clásicos de la literatura nacional e internacional como “Papelucho” y “El Principito” y las revistas sobre cine y fútbol, son las fuentes que desde pequeño inspiraron al joven escritor Víctor Hugo Ortega en la creación de cuentos infantiles -que contaba a sus compañeros en el colegio- y que hoy lo tienen ad portas de publicar en octubre uno de sus libros más cotizados en el mundo de la autoedición y México será el escenario perfecto de la mano de la editorial LibrosAmpleados.

Se trata de “Elogio del Maracanazo”, texto que recopila varios cuentos sobre el balompié y que destaca la historia de un par de amigos que viajan a Uruguay a conocer a la leyenda de la selección de ese país, Alcides Edgardo Ghiggia, quien fue el autor del gol que le dio el título mundial y dejó a Brasil en segundo lugar en su propia casa, en el mundial que se realizó en 1950.

De su caminar para publicar sus escritos fuera de la industria de las editoriales, este periodista y profesor universitario de 34 años, oriundo de Malloco, habló con La Nación.

¿Desde cuándo nace en ti la vocación de escritor?
– Desde siempre, desde chico, porque tuve una mamá que fue muy lectora, muy interesada en los libros, en las revistas, en los diarios, entonces crecí en torno a esa idea de que uno es más culto leyendo. Tengo un historial bastante común en cuanto a mi generación con Papelucho, El Principito y las revistas sobre todo de cine y fútbol.

¿Y desde cuándo empiezas con el desarrollo de la pluma?
– Hace pocos años. Un día estaba ordenando mi casa y encontré textos de cuando estaba en el colegio en básica, época en que escribía historias de superhéroes y se las contaba a mis compañeros. Ahora, más formalmente, cuando entré a periodismo a principios del 2000, ahí me di cuenta que estaba lejos de publicar un libro, pero me agarré de esa generación en la que aparecieron los blogs, que era una época en que la gente comentaba lo que uno escribía, algo que no pasa mucho ahora, porque actualmente sólo te dan un like. Fue ahí donde formalicé la idea de escribir cuentos. Los empecé a compilar, algunos tenían título y otros no, pero cuando llegó el momento de escribir un libro ocupé los que sabía que podían gustar por los comentarios positivos que habían tenido en el blog.

PUBLICAR SIN PITUTOS
Ortega comparte detalles de cómo fue este deambular en busca de materializar su objetivo y hacer de la literatura una actividad constante en su vida, la que quiere complementar con la vocación de enseñanza el resto de su vida.

¿Recorriste editoriales u optaste de inmediato por la autoedición?
– Contacté algunas editoriales y me pasó lo que les pasa a todos cuando no tienen ‘pitutos’ o no son hijos de gente importante, así que me di cuenta rápido que no iba a ser fácil publicar. Por eso empecé a meterme en el tema de la autoedición, de la gente que vendía sus libros, como el poeta Jorge Álvarez que lo hacía en el Barrio Brasil, en el Barrio Lastarria, y vi que uno podía armar su propio texto, con un cuidado especial, si tienes a alguien que le eche un vistazo desde el punto de vista de la edición. Empecé a pedir cotizaciones y ese primer libro, “Al Pacino estuvo en Malloco”, fue un gran aprendizaje de lo que había y no había que hacer en una época en que era más fácil difundir, porque ahora son pocos los espacios.

En esa  búsqueda de editorial, ¿hubo alguien que te dijera: ‘me tinca pero no está en nuestra línea’?
– Hubo alguien que lo leyó pero no le gustó una cosa que al final fue algo a lo que yo le saqué provecho, que fue el tema de las ‘chuchadas’, porque escribo con los garabatos literales, cosa que tiene resistencia en un tipo de público, pero al final eso me ayudó en las publicaciones siguientes, porque así es el mundo en que me muevo yo y los personajes de mis cuentos.

¿Qué es lo que no hay que hacer en materia de autoedición?
– Creo que no tienes que hacerle caso a nada que te frene. Aquí en Chile hay muchos frenadores en el mundo cultural, porque hay mucha gente que te dice: ‘no, cómo vas a publicar esto’. Por ejemplo, yo soy muy hiperquinético, escribo mucho y publico muy rápido, y hay mucha gente que me dice me apresuro con eso, que espere un poco y no hay que hacer caso. Uno tiene que hacerle caso a la gente en la que confías y a la intuición.

¿Cuál es el costo de un libro autoeditado?
– Mira, el último que publiqué hace un año, en 2016, fue “Las Canciones que mi madre me enseñó”. Me costó entre $600 mil y $700 mil las 550 copias y las vendía a 10 mil, entonces vendiendo 100 recuperas la inversión, que se fue en el lanzamiento en el Museo Histórico Nacional. Siempre he ganado plata con mis libros, pero a lo que aspiro es que la venta sea en menor tiempo.

NADA QUE ENVIDIAR
Víctor Hugo señala que la autoedición “sigue siendo mal vista” en la esfera del mundo literario que tiene el prejuicio de que va a tener erratas, pero ahora están apareciendo unas ediciones muy cuidadas. “La gente se empezó a instruir, las tapas son más bonitas, los empalmes son en cocido, entonces ahora un libro autoeditado no tiene nada que envidiarle a uno de Planeta o de Random House”.

Dentro del mundo de esta autogestión de libros, ¿te has encontrado con alguna sorpresa?
– Claro, de hecho fue lo más gratificante de todo saber que en la historia de Chile, muchos escritores que hoy día son clásicos y parte importante de la literatura chilena, editaron sus propios libros. Desde José Donoso, Enrique Lihn, Estela Díaz, Cecilia Casanova -que falleció hace dos años- y Pablo de Rokha, que quizás es el más mítico desde ese punto de vista, ya que iba de ciudad en ciudad con los libros en su maletín. Hay una historia que avala el proceso. Lucho Cornejo, que es un escritor que yo defiendo mucho, tiene un libro autoeditado de cuentos llamado “Barrio Bravo” que fue muy comentado y ahora es un clásico de la narrativa chilena.

Entonces, subraya, “lo primero que descubrí es que históricamente esta actividad existía y cuando empecé a mover mis libros me di cuenta que hay un montón de escritores que hacen lo mismo. Hay una ‘chiquilla’ que se llama Magdalena Bruna a la que le compré su libro en un bar en Lastarria una vez, también está el poeta Jorge Álvarez que lleva años vendiendo sus libros corcheteados en papel couché por todas partes y que nunca ha salido en la prensa. Ahí te das cuenta que la gente que tiene interés en la literatura y es como exhibicionista con la literatura, forman como una elite porque es como si estos autores no existieran. Yo siempre los nombro porque nadie se ha preocupado de incluirlos en una tesis, o de difundirlos, de referirse a ellos”, recalca, añadiendo a esta lista a Felipe y José Lizama que están haciendo una formación de audiencias que no se conoce con sus libros sobre fútbol.

DE MALLOCO A MÉXICO
Elogio del Maracanazo” fue editado en 2013, pero lo tuvo que reescribir en 2017 para su estreno oficial en sociedad cuando lo presente en la feria del libro de El Zócalo en Ciudad de México.

¿Cómo surge tu contacto con ese país?
– Fue súper curioso. Hago clases en la Universidad Mayor y hace dos años conocí en un pasillo a Jorge Francisco Rojas, un profesor mexicano que era de Tijuana y me preguntó por el hall de entrada o el casino. Conversamos y me contó que hacía clases en la Universidad Cetys (Centro de Enseñanza Técnica y Superior) de ese estado y andaba con un grupo de sus estudiantes acá en Chile. Y entonces, como buen autoeditor andaba con mis libros para regalar por si alguien se interesa y te puede ayudar, así que le entregué “Relatos Huachos” (2015), que es quizá el libro más chileno que he escrito, con muchas referencias locales. Justo en esos días salió publicada una entrevista mía en un medio, él la vio en mi Facebook y creyó que yo era más importante de lo que en realidad soy, y me dijo: ‘hay una feria del libro en Tijuana a la que podrías ir para hablar de la autoedición’ y al final se concretó ese viaje el 2015 que fue la primera vez que fui a México.

¿Cómo fue esa experiencia?
– Ahí me di cuenta que había una extraña empatía hacia lo que yo escribía en un terreno bien marginal porque, de hecho, la primera vez que lancé un libro fue allá en la Feria del Libro de Tijuana, porque acá era tan ‘under’ y precario lo que editaba que no hacía ni lanzamientos. Imprimía mis libros por acá, me los llevaba en una caja para la casa y después empezaba a venderlos una vez que los publicaba en Facebook. Entonces, imagínate que fue cuático porque no había nadie que me conociera y llegó gente igual.

¿Y en el caso de “Elogio del Maracanazo”?
– 
Conocí a un poeta mexicano en la Filsa (Feria Internacional del Libro de Santiago) cuando México fue el país invitado. Me invitaron a un conversatorio y este poeta tenía algunos contactos que me llevaron a conocer a mi editor, Nahum Torres, de LibrosAmpleados, y así se empezó a dar. Fue así, insistiendo, molestando.

¿Cuánto es el tiraje de tu libro?
– 
Es una editorial chica, con un tiraje pequeño, pero yo lo veo más bien como el hecho simbólico de publicar allá y que alguien vea lo que escribí acá. Aquí en Chile a mi libro le fue bien, entre comillas, porque lo vendí mano a mano. Lo bueno es que tuvo mucha prensa. De hecho, el libro explotó acá y gustó mucho porque es bien inusual salir en la tele con una autoedición. Entonces, lo de México era impensado pero es una satisfacción tranquila.

¿Y qué se siente con este logro?
Bacán, la raja.

REPAROS CON LA INDUSTRIA Y PROYECTO PROPIO
El periodista afirma que este bagaje en el campo de la autoedición y los conocimientos adquiridos en el magíster en edición de publicaciones que actualmente cursa, le han reafirmado sus reparos con la industria, como el hecho que ésta siga avalando dar sólo el 10% de las ventas a los autores”.

¿Por qué?
– 
Encuentro que es injusto que la industria se lleve la mayor cantidad de plata entre la editorial y el distribuidor, la librería. Yo he editado un par de libros y he llegado a acuerdos especiales con los autores para que ellos se ganen lo que tienen que ganar. Ahora, yo no reniego de las librerías, me encantan, compro mucho libro, pero creo que en las próximas autoediciones o de otros autores que haga voy a tener dos etapas de venta, una directa y otra de mostrarse en las vitrinas, que es la que le gusta a los autores chilenos.

¿Has editado a otros autores?
– Sí, lo que pasa es que tengo un proyecto editorial (ríe). Al final de tanto renegar de las editoriales terminé instándome como uno más. Es una editorial consciente pero misteriosa, porque el trato que he hecho con el único autor que hemos editado -“Las armas que no disparamos” de Mario Guajardo-, son tratos conscientes y secretos, porque estas cosas se mueven de una manera especial. No vamos a las librerías ‘al tiro’, hacemos mucha venta directa que es el gran descubrimiento de este mercado y que lo ha estado haciendo gente relevante como Jorge González (el fundador de Los Prisioneros) que lanzó su biografía “Héroe” hace un par de meses, y si querías conseguirla, mandabas un correo al mail de contacto y te ponías de acuerdo. Entonces, creo que algo va a pasar con la venta directa en los próximos años, que va a visibilizarse más todavía. Ahí te estás saltando al intermediario.

¿En qué consiste tu proyecto de editorial?
– Se llama Barravento Editores y es un proyecto que tengo con la periodista Camila Rioseco, con quien lanzamos este primer libro de Mario Guajardo. Para mí la edición es la parte más seria de la literatura, porque cuando soy escritor soy más bueno ‘pal hueveo’, es jugar para mí. El libro tuvo buenas y malas críticas, pero se mostró y eso fue súper bueno, de hecho lo criticó Patricia Espinoza sin que se lo enviáramos, fue un pequeño logro porque ella es la gran crítica de medios que hay en Chile a la que todos le tienen miedo, y si bien no le gustó del todo el libro destacó algunas cosas, así es que creo que el balance fue positivo. También estuvo en algunas librerías donde queríamos estar, tuvo un lanzamiento donde se vendieron muchos ejemplares, fue una buena experiencia.

¿Quieren llevar este proyecto a un nivel más formal o sólo venta directa?
– No me imagino lanzándonos con todo al mercado, siempre vamos a estar en una especie de limbo, porque Barravento partió como un proyecto de formación de audiencias, hacemos talleres literarios, existimos hace dos años y de repente dijimos ‘convirtamos esto en una editorial’. Entonces, estamos funcionando de a poco, estudiando el mercado y hay gente que nos ha contactado para que veamos sus libros, le hemos dicho que somos dos, que no contamos con la capacidad humana para hacerlo, pero hay que ver qué va a pasar en el futuro. Creo que terminando este magíster voy a tener más experiencia para editar a particulares y ver si puedo dedicarme completamente a las clases y al tema literario freelance, pero más cargado para las clases.

¿Has sabido si desde la industria formal te observan respecto de cómo haces este trabajo?
– 
Hay una mirada de la literatura oficialista a esto, pero la ignoran, que es su forma de invisibilizarla. En el caso mío he tenido harta prensa y me he movido mucho, pero hay un montón de autoeditores que no tienen prensa y que a lo mejor han trabajado más duro que yo. Siempre supe que vendiendo los libros mano a mano le hacía un daño a la cosa empresarial, porque un lector que compra un libro por venta directa, probablemente ese mes va a dejar de comprar en una librería y también hay gente que llega a ti por el fenómeno de la autoedición, pero soy piola, no ando con el cartel del autoeditor.

POEMARIO DE COLECCIÓN
Una de las pasiones de este escritor es la poesía y ya tiene listo un poemario que será publicado como libro de colección, con un formato especial y hecho a mano por la editorial Hojas Rudas.

¿Cuánto te demoras en escribir y editar un libro?
– Este año escribí un libro de poesía que se llama “Latinos del Sur”, va a ser un libro objeto que se publicará con un tiraje de 50 ejemplares hechos en forma artesanal por la editorial Hojas Rudas que se interesó. En ese libro me demoré tres o cuatro meses, pero el proceso en el que más te demoras es en pensar en lo que vas a escribir. Ahora me estoy dedicando a la poesía.

¿Cómo surge la publicación de tu poemario?
Yo descubrí Hojas Rudas cuando sacó un libro que se llama “Bolsas”, del escritor chileno Diego Alfaro Palma, y que yo quería tener porque es un libro que la editora -Tatiana Bolla- hace con sus propias manos. La contacté, nos juntamos en el metro para comprárselo y me acordé cuando vendía mis libros en el metro. Obviamente le tiré el chirolazo que yo también tenía un libro de poesía y me dijo: ‘mándamelo’, y le gustó. Y lo que no pasó antes comenzó a pasar ahora. Lo de México resultó porque le hablé de historias de fútbol al mexicano, lo hostigué por Facebook y resultó, así que estamos preparados para el lanzamiento que será a mediados de octubre y donde también haré un seminario en la Universidad Autónoma de México (UAM).

De toda esta aventura, Víctor Hugo reflexiona que “la gente es súper fiel cuando se entera del proceso de la construcción de un libro, la gente siempre pregunta, conversa, se interesa. Ahí te das cuenta que cuando la gente quiere tener un libro lo busca”.