Mauricio Jürgensen: Es injusto criticar a artistas como Luis Dimas desde el presente

El periodista, crítico y locutor compiló sus mejores conversaciones con raperos, baladistas, rockeros y la vieja escuela de la historia musical chilena. Sin embargo, “Dulce Patria no es un libro de música”, advierte.

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Desde Palmenia Pizarro a Mon Laferte, pasando por el rap de Zaturno y la escuela punk de los Fiskales Ad-Hok, la protoelectrónica de Carlos Cabezas y decanos como Amaro Labra y los Hermanos Campos, son algunos de los capítulos de “Dulce Patria”, el recopilatorio con las mejores entrevistas del espacio radial del mismo nombre de Radio Cooperativa que conduce Mauricio Jürgensen.

Un repaso histórico sobre la evolución de diversas expresiones musicales que, a juicio del mismo Jürgensen, “no es siquiera un libro de música, sino uno de emociones humanas”, dice. Agrega que aunque es un buen momento para el periodismo musical y publicaciones de este tipo, “Dulce Patria” no busca un ejercicio enciclopédico sino uno que aborde la ontología del ser músico en Chile.

“Mi intención es ofrecer un acercamiento a la música chilena pero no desde una parcela, sino desde el amplio espectro que es lo popular. Independiente de los estilos y cunas, desde la Palmenia a los Fiskales para ofrecer una mirada más humana y no tan académica que es algo que ya se ha ofrecido como material bibliográfico hasta ahora”, explica el periodista y locutor.

Como melómano y divulgador reconoce que existe una sensación de que los medios no dan total cuenta de los movimientos musicales y culturales en su totalidad. Sin embargo, cree que el aporte de internet, redes sociales, medios tradicionales y alternativos en su conjunto logran abarcar una amplia cuota de lo que se está tocando y haciendo en Chile. “Hoy es difícil imaginar  que exista un solista que haya publicado algo relevante y que no haya salido publicado en algun lugar. Por otro lado, algunos géneros tienen su propio margen de ética y no les molesta no ser destacados en un diario grande de domingo”, agrega.

Desde su lado de la vitrina, Jürgensen recita un par de nombres de la escena musical para no dejar de ponerles atención, sobre todo ante el desafío del pop chileno que siguió al cambio de milenio. “Uno que se hace cargo de las preguntas, realidades y dilemas de esa generación: la de Myspace y la autogestión digital como una cosa algo tardía, incluso. Gente como Javiera Mena, Gepe o Alex Anwandter, que ya tienen varios discos publicados y ya no pueden ser llamados “emergentes”, señala.

“En el caso de (Me llamo) Sebastián se nos hizo legar la idea del crowdfunding que es algo que da cuenta de la realidad de la música en Chile. Esto es que la cosa sigue siendo más o menos igual que en los años 60, que es cuando se consolida la música chilena pero también costaba hacerlo”, agrega junto a Cristóbal Briceño, bandas como “Tus amigos nuevos” y las propietarias mujeres de discos clave de la escena local como Camila Moreno o Ana Tijoux. Autores que en otros tiempos estaban desterrados de los grandes escenarios y que han logrado shows contundentes al lado de los cabeza de cartel en Lollapalooza, por ejemplo, y en espacios antes vedados de la TV como lates y matinales.

-Tanto en la radio como en el libro le das una parte importante de espacio al punk y el hip hop. ¿Cómo abordas desde lo masivo un movimiento legendario que rehúye de los medios?
-Existen géneros más marginales y alejados de la oficialidad que junté en un capítulo llamado “La ley de la calle”. Esa es la ética de músicos con carreras de harto esfuerzo y estilos distintos, pero  con una moral de calle que habla del compromiso de la música con un discurso revelador de realidades sociales. Eso es algo que observo en el común de todos esos grupos y solistas que los define a un nivel genético. Que te da la sensación de que no son entretenedores, sino nombres llamados por una voluntad natural de ser voceros de lo que sucede y ese compromiso es súper potente. Respecto a otros artistas, aquí el dilema es otro: no es ser popular o no, sino traicionar o no un credo.

-Del otro extremo del libro también están los consagrados. Nombres como Germaín de la Fuente, Fernando Ubiergo, Los Hermanos Campos o Luis Le-Bert. ¿Crees que en esos metales hay un peso específico difícil de hallar en estos días?
-Son carreras incomparables. Son escenarios distintos. Si hacer música en los 90 era difícil, imagínate cómo era hacerlo en los 80 o los 60. Por eso el Pollo Fuentes para llegar a tener la popularidad de la que goza hasta hoy debió hacer esfuerzos tremendos que a la distancia pueden ser ignorados. Me pasa que cuando hablo con músicos jóvenes y viejos se abre una ventana a la realidad y también al país a través de anécdotas y relatos. Se revela una tierra donde el talento es abundante, pero las condiciones adversas. Eso condiciona el discurso y la posibilidad de mantenerse. Es injusto juzgar o criticar a artistas de la talla de Luis Dimas o Luis Le-Lebert desde el presente. Hay que explorar la relevancia de sus canciones, pero mirarlo desde este lugar es más o menos fácil. Desde siempre me ha pasado que escucho el relato de un músico que viene de vuelta y encuentro puntos en común con el dilema de carreras más nuevas que requieren de un impulso.

-En momentos en que el fenómeno migrante comienza a debatirse, es indudable que la música es una de las ideofacturas que primero se ven permeadas de estas influencias. Los exitazos de Américo pavimentaron parte de ese camino, podría decirse. ¿Dónde más identificas actualmente esa mixtura o primeros puentes con los nuevos habitantes de Chile?
-Es algo que viene pasando históricamente con Américo y su padre en el norte o con las cumbias y  rancheras en el resto del país. Sin embargo, me llama la atención que el caribe lega hasta Arica y en Iquique ya no existe a nivel cultural musical. Pero esa mixtura siempre ha existido. Cuando ves el caso de Illapu, Roberto Márquez observa como pasaron de un texto político a la música andina sintetizando la quena y la lucha.

En la música tropical Canela, el ex cantante de Noche de Brujas, me explicaba la transformación de la cumbia tropical que se va tiñendo de matices desde Perú, Colombia y Venezuela. Desde ahí se manifiesta al futuro y genera conexiones interesantes gracias a gente como Gepe o Fernando Milagros que habla con interés de lo que se comparte con estas culturas a través de verdaderos puentes. Es el fruto de diferentes manifestaciones en el cordón andino que a diferencia de otras tiene una mixtura que siempre será virtuosa, nunca al revés.