La madrugada del 26 de enero de 2017 la localidad de Santa Olga pasó de ser un pueblo tranquilo en la Región del Maule, al ícono de una de las emergencias más grandes que se han registrado en los últimos años con los gigantescos incendios forestales que azotaron a la zona centro-sur del país.

Cerca de mil casas fueron consumidas por las llamas, dejando a alrededor de cinco mil personas damnificadas y un fallecido que fue encontrado a la mañana siguiente del siniestro entre los escombros.

Dos meses han pasado desde ese trágico día en el que las familias tuvieron que arrancar por sus vidas perdiendo todo, hasta sus animales, y el escenario en Santa Olga sigue siendo desolador.  La Nación recorrió las calles de lo que una vez fue un pueblo lleno de historia, metas y en constante expansión.

Santa Olga desde dentro

Santa Olga queda ubicado a 20 minutos de Constitución, comuna a la cual llegaron cientos de los damnificados después del incendio para arrendar viviendas gracias al bono entregado por el Gobierno.

Durante cada kilómetro recorrido desde la ciudad costera hasta el pueblo, se refleja la fuerza del fuego que destruyó bosques completos dejando unos pocos manchones verdes. Ese paisaje seco y de árboles negros, se complementa con la desolación de las calles vacías y casas destruidas por toda la pequeña localidad.

Si por un lado la falta de gente e inmuebles lo convierte en un pueblo fantasma, por el otro las decenas de banderas que flamean al viento con mensajes de fuerza y agradecimiento sacan a la luz ese tan elogiado ímpetu del chileno.

“Nos volveremos a encontrar y despertaremos de nuestra pesadilla”, o “Santa Olga agradece el apoyo” son algunos de los mensajes que aún se pueden ver en las pocas paredes que quedan en pie.

Una que otra carpa también destaca en el paisaje árido que, más que de servir de hogar para la gente, se transformaron en una especie de cuidadores ausentes de sus terrenos desde los cuales los camiones siguen sacando escombros.

 “Vivo en el patio de un vecino”

Luis Martínez es uno de los afectados que perdió su vivienda a puertas cerradas en el incendio. Alcanzó a salir con vida, pero hasta hoy recuerda ese momento en el que “se quemó todo en casi 20 minutos”, cuenta a La Nación.

Todo fue muy fuerte (…) Unos amigos se quedaron en la cancha, no sé cómo se salvaron si estaban rodeados de fuego”, añade.

A dos meses de la emergencia, Luis sigue en Santa Olga, pero en el patio de un vecino a quien se le salvó la casa. “No me han dado el subsidio de arriendo así que tengo que estar en la carpa”, dice.

Vive con su padre y no se ha podido ir a otro lugar porque “no tenemos plata”. “Hemos hecho como cinco veces los papeles para el bono de arriendo pero no pasa nada”, acusa.

El joven no esconde su preocupación porque “ahora se vienen los meses helados, el invierno, y hay que tratar de buscar algo para vivir”. De hecho recuerda que “hace unos días llovió y se mojaron todas las cosas”.

“Se quemaron hasta mis perritos”

Las otras víctimas de la catástrofe que remeció a varias regiones del país fueron los animales. Tanto la fauna salvaje como varias mascotas fallecieron calcinadas por el calor de las llamas generando un dolor aún más fuerte en las personas.

Ese fue el caso de Herminda Martínez, quien relata su experiencia la que califica como “un momento terrible, penoso, hasta ahora ando como enferma, estoy recién asimilando lo que pasó”.

Tal como la mayoría de los vecinos del pueblo, Herminda lo perdió todo, “incluso se me quemaron hasta mis dos perritos que tenía. Todo lo que teníamos adentro de la casa no lo sentí tanto como mis perritos”.

Todo lo que sufrió a principios de año influyó al punto en que “en la noche no puedo dormir, despierto a la media noche, sueño cuando recién se estaba quemando esto. Es muy fuerte. Nunca nos imaginábamos que se iba a quemar todo”.

Y a eso se suma que “mi esposo está sin pega porque también se quemó donde trabajaba. Estamos viviendo con la pensión, pero es poquita la plata que nos llega, con eso nos tenemos que darnos vuelta”.

“Nos ha tocado difícil. Ahora que teníamos nuestra casa, con nuestro esfuerzo, era una casa linda para vivir, y se fue todo”, asevera.

 “Quiero volver a Santa Olga”

Leonardo Bustos es otro de los damnificados que volvió al pueblo para rescatar lo poco que quedó de su casa: solo la reja. Con sierra en mano el hombre cuenta que “yo llegué a la edad de 10 años a este lugar, el año 76, llevo toda una vida aquí.  He visto crecer Santa Olga porque antes se llamaba cruce a Empedrado y de ahí fue urbanizándose de a poco y creciendo, pero nunca había habido un incendio tan grande. Ahora fue incontrolable”.

“Fue muy impactante, cuando me acuerdo me dan ganas de llorar.  Con esto uno pierde sus cosas, pero también hay un valor sentimental de una vida viviendo acá”, sigue.

Pero no pierde la esperanza en recuperar su casa, a la cual quiere volver cuando esté reconstruida. “Estoy acostumbrado a vivir acá, llevo 40 años y no quiero irme”, afirma.

“Esto es un pueblo muerto ahora, pero con el tiempo va a volver a ser como antes y mejor. De que va a costar, va a costar, pero creo que saldremos adelante”, dice con esperanza.

La reconstrucción desde dos puntos de vista

Una vez superada la emergencia, el proceso de reconstrucción comenzó a paso firme para algunos, y lento para otros. Los vecinos tienen opiniones divididas respecto al trabajo emplazado por el Gobierno de Michelle Bachelet en la zona.

El 10 de marzo pasado comenzaron las obras de la primera vivienda definitiva en Santa Olga, actividad en la que participó la ministra de Vivienda y Urbanismo, Paulina Saball, en compañía del coordinador nacional para la reconstrucción, Sergio Galilea, el alcalde Carlos Valenzuela, y dirigentes vecinales.

En la oportunidad se hizo entrega a la familia de Samuel Pacheco del acta del terreno. Luego, las maquinarias iniciaron las faenas que permitirán que en julio de este año la familia cuente con una nueva casa, según las autoridades.

Sin embargo las opiniones de los pobladores están divididas. “Este tema de la reconstrucción va medio lento, hemos visto poco (…) nosotros arrendamos en Constitución con nuestra plata por un tiempo porque no nos llegaba la bono del Gobierno”, detalla Herminda Martínez.

Leonardo Bustos reconoce que “hasta aquí las autoridades han cumplido con lo que han hablado, pero sabemos que la burocracia es así: lenta. Pero vemos que se han movido”.

Una opinión similar tiene Rosa Vidal, quien comenta que “la reconstrucción va lenta, pero espero que sea seguro porque confío en Dios y sé que llegará”.

El jueves 16 de marzo se instaló una oficina móvil del Serviu para que los vecinos se inscribieran para el emparejamiento de los terrenos, los cuales siguen evidenciando la fuerza de las llamas que arrasó con un pequeño pueblo que lucha por levantarse con mejores oportunidades que antes.