Después de jubilar, Ángel Ponce se compró un terreno en Freirina el 2000 y comenzó a plantar olivos. Primero vendió aceitunas, pero luego cambió a la elaboración de aceite y en la actualidad produce 15 mil litros al año.

Ángel Ponce Aguirre (73) fue mecánico de la Compañía de Aceros del Pacífico (CAP) durante más de cuatro décadas y tras jubilar, en 2000, compró un terreno de una hectárea y media en la comuna de Freirina, Región de Atacama, una de las zonas más áridas del mundo. Quería mantenerse ocupado en algo y pensó que la agricultura podía ser ese algo. Hasta entonces no tenía idea de cultivos, cosechas ni riego.

Una sobrina le recomendó que pusiera cítricos u olivos, porque esos terrenos no servían para otra cosa, y optó por lo segundo. Comenzó vendiendo aceitunas, pero luego se entusiasmó con hacer aceite de oliva. Así, en 2006 adquirió dos máquinas para moler el fruto y un decantador que separa aceite de orujo. Su emprendimiento, Don Ángel Azzáit, fue tomando forma rápidamente y en la actualidad, gracias al apoyo de Indap, INIA, Sercotec y ProChile, tiene una planta automatizada que produce 15 mil litros de aceite al año y ha asistido a ferias en Verona, Nueva York y Hong-Kong, entre otras ciudades internacionales.

La parcela de don Ángel y su familia hoy suma 9 hectáreas y está ubicada en el fundo Tátara, en el kilómetro 17 que une a Vallenar con Huasco, una zona muy conocida por el fenómeno del desierto florido y también por sus vastas extensiones de olivos, cuyo aceite es uno de los productos más importantes de la agricultura local.

El agricultor cuenta que su empresa comenzó a funcionar con todas las de la ley en 2007, luego de obtener la resolución sanitaria y los permisos legales. En todo este tiempo la producción ha sido variable, dependiendo del recurso hídrico y también de la mano de obra, que es muy escasa en la época de cosecha y para la mantención de los cultivos. Pero incluso así logró pasar de los 800 litros en el primer año de su emprendimiento a los 15 mil en la mejor de las temporadas.

Además de la planta elaboradora, don Ángel posee bodegas de almacenamiento y una sala de envasado, infraestructura que también presta servicios a otros olivicultores de la zona.

Imagen foto_00000002El veterano emprendedor dice que nunca ha contado sus olivos, sólo sabe que tiene 6 hectáreas sembradas con cuatro variedades de plantas: sevillana y arbequina, las principales, además de manzanilla y frantoio. Tampoco le interesa exportar su producto, pese a que en 2009 ganó dos premios internacionales en el concurso Olivinus que se realiza en Mendoza (Gran Prestigio Oro y Mejor Sevillana de Latinoamérica). Prefiere vender su aceite en las ferias locales y en las ExpoMundoRural de Indap, los llamados circuitos cortos, “donde me queda más utilidad a mí, el consumidor paga menos y ganamos los dos”.

Su secreto para hacer un aceite de calidad es seleccionar sólo los frutos sanos de la recolección, que se realiza a partir de enero, “cuando están recién pintando, entre verdes y maduros”, y exprimirlos de inmediato para aprovechar su frescura. “Eso significa sacar menos aceite, pero de mejor calidad”, afirma. “Lo otro es mantener limpias las máquinas, para que no queden residuos que se puedan oxidar”.

En este peregrinaje lo acompaña siempre su esposa, Noelia Paredes (74), con quien cumplió 50 años de casado en octubre del año pasado. Tienen tres hijos, pero ninguno trabaja en el campo, “son todos profesionales”. ¿Quién heredará el fruto de su trabajo? “No sé, pero alguien tendrá que hacerlo”, dice don Ángel.

“Yo siempre quise tener una parcela con una corrida de nísperos, duraznos, paltos, damascos, todos los frutos de la tierra. Nunca pensé en llegar a producir aceite, pero las cosas se fueron dando. Con mi señora nos arriesgamos a cruzar el río y ya estamos al otro lado”, comenta.

SECCIÓN: Economía
AUTOR: Ricardo Pérez V.
FUENTE: La Nación