RODRIGO MEDINA.- La defensora concurrente la expulsó de la sala. Todo ello ante la mirada atónita de los abogados que estábamos en las bancas de la sala, pero la indiferencia de fiscales, defensores y del propio magistrado. La señora se fue llorando y sin explicación.

El otro día, asistí, en un tribunal de garantía, a una escena que, si no fuera tan dramática podría ser hasta risible y patética: una señora consultaba por su causa al encargado de actas de una sala del tribunal y este último le señalaba que no era necesaria su concurrencia en una audiencia, ya que se trataba de una “audiencia técnica” del grupo de las llamadas “concentradas”, donde no se requería la presencia de los directamente involucrados. La señora insistió en quedarse, ya que conocería a su defensor y porque había pedido permiso en su trabajo (era asesora del hogar) y porque así se lo señalaron en la Defensoría. Cuando comenzó la audiencia relativa a su causa, y se hizo ver su inquietud a la defensora concurrente, ésta la expulsó literalmente de la sala diciéndole que “nada podría obtener ahí”. Todo ello se produce ante la mirada atónita de los abogados que estábamos en las bancas de la sala, pero la indiferencia de fiscales, defensores y del propio magistrado. La señora se fue llorando y sin explicación.

Cuando comenzó la Reforma Procesal Penal, mucho se hablaba de la deshumanización de los tribunales del crimen que, saturados de causas, mantenían regueros de personas esperando diariamente en sus recepciones por una migaja de conocimiento sobre sus asuntos. Se hablaba de las corruptelas que se generaban con los actuarios y a muchos se les acusaba de resolver derechamente los casos o de recibir dinero a cambio de gestiones. Se habló, entonces y ahora, de la necesidad de “inmediación”. Se habló de que las personas debían ser consideradas y tratadas como inocentes durante el transcurso del procedimiento. Y como en la canción interpretada por Rocío Jurado, todos creímos en ello.

Tengo la triste misión de señalar que mucho de ello se ha transformado en un “juego de iniciados”; un peculiar acertijo donde debes pronunciar las “palabras mágicas” para acceder al “círculo” que lo conforman los operadores primarios del sistema; donde la justicia ha sido reemplazada por “fórmulas”, casi “conjuros jurídicos”; un estado de cosas donde se olvida para quiénes y por quiénes existe este juego: las personas, las víctimas y los imputados.

No todos sabían que esto podría pasar pero muchos sí: los mismos iniciados. Esta realidad suele vivirse en la justicia norteamericana donde los resultados de un proceso penal resultan de una “negociación” dizque como quien va a comprar a un supermercado; un regateo insustancial e inhumano. Resulta paradojal que un proceso que aspiraba a una mayor vigencia de derechos pueda terminar en la negación de los mismos ¿Y de la inmediación que? Esta no pasa del “momento gozoso” de la audiencia donde el formulismo ha sustituido, en muchos casos, al debate. Por ello es válido preguntarse: ¿Quo vadis reforma?

Rodrigo Medina Jara, abogado, Magíster en Derecho Penal

SECCIÓN: Opinión
FUENTE: Rodrigo Medina J.