“Soy como se me ve. Tengo cincuenta y ocho años y represento cincuenta y ocho. No soy bonita y con el tiempo me he puesto menos bonita todavía. Aun ahora dispongo de los hombres que quiero. El dinero es mi arma y lo digo. El dinero me ha dado poder, un poder del que muy pocos logran disfrutar”. Con muy buena autoestima se definía Carlina Morales Padilla en la biografía no autorizada “Yo Carlina X” del inefable Martín Huerta, un libro publicado en 1967 por Editorial Ráfaga, en que se entregaban algunos destellos sobre la profesión más vieja del mundo realizada por sus niñas en los salones Vip del Bossanova, la boite más famosa de Chile.

El viernes pasado se bailó el último pie de cueca en la casona de Vivaceta 1226. En el rito de despedida la comunidad guachaca esperó en vano a su candidata y algunos habitués desolados se apoderaron de un improvisado souvenir, retazos de papel mural o un trozo de cornisa con el que bailaban cueca y cerraban la puerta a un trozo de historia colosal.

LIBRETA NEGRA

Los verdaderos años dorados de la tía Carlina no tienen mucho que ver con la caricatura que Ernesto Belloni, Ché Copete, ha sacado de gira desde hace más de 20 años. Aunque la Carlina no soportaba la vulgaridad, la realidad es un poco más soez. La historia de la cabrona huérfana que alcanzó santos en las cortes más influyentes de la política era la de una pequeña zarina local que partió con miserables burdeles en Estación Central y capitalizó su discreto éxito hasta que en la década del 30, “La mamy”, famosa por su tacañería, se hizo regenta de su propio prostíbulo en la calle Maipú.

Sus estrategias aplastaban a la competencia de burdeles populares como los de 10 de Julio (Los de la Ñaña) o los de calle Maipú (la Jovita). Por ejemplo, le encargaba a sus amistades en viaje, el contacto con chicas brasileñas y argentinas que luego mandaba a traer y a las que cobijaba con techo, trabajo, carnet de sanidad al día y una ubicación privilegiada en el lupanar. La Carlina también instalaba piezas especiales y pasajes para que dignatarios y diplomáticos, deportistas, banqueros y hasta sacerdotes pudiesen visitar el lugar sin ser vistos por los demás parroquianos.

“Era una vieja mañosa”, recuerda Mario Gómez López, el periodista que solía vender en el paseo Ahumada el diario “La Firme”. “La Carlina era solidaria, chiquitita redondita y de ojos achinados, era muy sagaz y solidaria a la vez”. Mantenía un político equilibrio en el barrio costeando operaciones y remedios a sus vecinos y colaborando generosamente con familias en desgracia por incendios o alguna muerte.

Ya en los 40 e instalada en Independencia, contaba con una poderosa agenda negra llena de contactos y gente que le prodigaba favores de vuelta. Cuando en la municipalidad le dijeron que por norma no podía anexar la casa de al lado a la patente de alcoholes que tenía, tomó el toro por las astas y con un par de visitas a la persona adecuada logró el permiso para que junto al Bossanova se instalara un conveniente hotel, recuerda Huerta. Incluso uno de los hombres de confianza del presidente Allende, que postulaba para ministro de Justicia, era abogado de la Carlina y tuvo que ser bajado un día antes de su nombramiento.

COMO LA GARBO

“M” se describe como “amiga de la casa” de la Carlina. Hoy vive alejada del ambiente, pero asistió a la ceremonia del viernes desde lejos. “Como la Greta Garbo”, asegura. Era una testigo privilegiada de la actividad al interior de Vivaceta 1226 y despeja toda hipocresía: “Se entendía que el de la Carlina era un prostíbulo, pero entonces se llamaba Bossanova. La gente llegaba en auto, era de buen nivel e iban a ver a los homosexuales. Es hipocresía eso de meterse al lugar ignorando que las que bailaban eran niñas”. La belleza de sus travestis por entonces exigía un exigente casting en tiempos en que no existía la silicona y los quirófanos no eran una opción en el país. “Era muy tacaña. Las hacía comprar ropa nueva, útiles de aseo y zapatos que ella misma les vendía. No las dejaba salir a la calle y descubrió que era mucho más barato mantener a un maricón que a una mujer, al contener lo mejor de dos mundos Eran más leales, responsables y útiles”, recuerda.

LA VERDADERA REMOLIENDA

Hoy la casona está siendo demolida a mazo limpio para instalar ahí un taller mecánico. Las paredes muestran sus tripas de adobe y vestigios de pintura chillona que se descascara pero dan señas de lo que fue en sus momentos de éxtasis. Para llegar al salón había que atravesar un grueso portón de fierro que la dueña mandó a poner cuando los matones que no alcanzaban a entrar agarraban a balazos la puerta. El hall tenía casi 30 metros de largo, baldosas rojas y no más de 7 metros de ancho, muebles encargados a la casa Marticorena y en sus paredes ocres se pintaban lunares de colores, sirenas y una geisha que era el retrato de la regenta. Sonaban cada noche dos orquestas: una de tango y otra tropical. La Carlina se sentaba detrás de la barra, en el salón rodeado de espejos para no perder detalle de la habitación ni del comportamiento de sus chicas. De su pasado no se hablaba mucho, incluso el “Tío Lalo” Parra, uno de los músicos habitués del minúsculo escenario de la casa de putas, ha recordado en la prensa que “todas contaban la misma historia. decían que estaban de novias con un oficial y que sus padres no las dejaron casarse. Entonces ellas se arrancaban y como no tenían dónde ir, se iban con la Carlina, donde se pasa muy lindo “.

EL OTRO BALLET AZUL

Eran tiempos menos luminosos en que las débiles bombillas eléctricas del burdel más popular de la historia chilena cobijaba a las varoniles muchachas que llegaron a conformar el Blue Ballet. Una especie de clan Rojo, pero rosa. Transexuales y travestis que partieron siendo una incómoda carga para la comadrona como parroquianos, pero a quienes luego pulió convirtiéndolos en las primeras revistas transexuales de Latinoamérica. La Odalisca Pehuenche, la Loba Catalina, la Susuki y la Katty eran los cotizados starletts que representaban musicales de Cleopatra y la Quintrala, entre otros. “Eran un gran atractivo. Era como ir a la Kmazú”, recuerda “M”.

Patricia Carvajal (52) era una de las vecinas de Independencia que se maravillaban con el espectáculo del Blue Ballet en Vivaceta.”No había niñas, yo vi sólo travestis”, recuerda y agrega: “Yo fui el 73, iban muchos matrimonios a verlo porque era un espectáculo muy fino con las coreografías de Fredy Tuca. Ese fue el año en que un empresario ariqueño se llevó a las niñas”. Ese fue el comienzo del fin para la Carlina. La prensa de entonces recuerda que hasta balazos hubo en la fuga intrépida de sus maricones que se fueron más tarde a Europa. Allá el transformismo venía de vuelta y no logró igualar jamás el éxito local. El nivel de las chicas debió bajar para lograr una solución de emergencia, pero junto al golpe militar llegó el toque de queda y la muerte de la regenta ocurrió discretamente, 25 años después de la gran fuga. En una abandonada sala de la clínica Victoria Rousseau el año 92. Su funeral estuvo desierto. No fue el final de un ícono, sino como el entierro triste de la peor golfa del pueblo. La misma que dijo “He sido puta ¿y qué?. LCD

 

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