En 1910 se realizó en Alemania un congreso que tuvo como motivo exclusivo el tema de la masturbación. Lo que habrá sido aquello, Dios mío. Es un deleite el solo imaginar esas ponencias. Esos discursos llenos de frases en latín, que fue, hasta no hace mucho, la lengua del sexo. Los doctos y engolados participantes, con sus cuellos postizos y sus corbatas de pajarita, sólo logran ponerse de acuerdo en la importancia de la fantasía en la masturbación (gran hallazgo científico, por cierto) y en la existencia de un sentimiento de culpa asociado, al que no le encuentran origen. El congreso culmina sin acuerdos y los especialistas tampoco logran arribar a conclusiones sobre si la masturbación es o no dañina para la salud, ni cuál sería el modo en que ésta funciona.

Debe haber sido un espectáculo soberbio ese encuentro de doctos señores de aspecto freudiano, reunidos con el solo propósito de hablar del onanismo y sus misteriosas peculiaridades.

Atesoramos un manual de los boyscouts publicado en 1927, donde se describe al masturbante como una persona de “músculos flácidos, espalda débil, ojos hundidos y sin brillo, manos húmedas, mirada huidiza, debilidad, fallas en la memoria y en la capacidad de pensar”. Manual en mano nos paramos a las puertas del Congreso Nacional, en Valparaíso, y podemos constatar in situ la precisión matemática de sus descripciones. Meses y hasta años se encuentran los honorables dándose manija con temas intrascendentes, llenándose la cabeza de fantasías y matándose con unas pajas mentales dignas de un cabro de primero medio del Liceo Lastarria.

No es sólo sexual la masturbación, señores, como ya se sabe, sino que puede abarcar campos tan diversos como defensa, hacienda, agricultura, o el asunto que sea. El que usted se imagine. Temas en que el masturbador intelectual se enfrasca apasionada y obsesivamente, premunido de un guante de terciopelo, hundiéndose en las voluptuosidades más arrobadoras. Salen los representantes del pueblo con los ojos hundidos y sin brillo de la gran mayoría de sus sesiones. Flácidos de musculatura y con la espalda encorvada. Cosa que cambia bien poco si nos detenemos frente al Episcopado y vemos desfilar allí a los artistas del fantaseo metafísico. Eminencias que malgastan sus vidas y su salud tratando de complicar la vida del prójimo con sus elucubraciones acerca de la píldora del día después, el aborto o la eutanasia. Demacrados se los ve tras largas sesiones de bioética, Aquino, Agustín, u otros ilustres volúmenes, a los que recurren igual que los mortales comunes y corrientes recurrimos a las revistas “Playboy” o “Hustler” cuando nos encerramos con llave en el baño.

Vamos con el manual de los boyscouts a la salida de los ministerios y la cosa cambia poco: miradas huidizas, rostros pálidos, desánimo generalizado. Vayamos donde vayamos, para ser bien francos, en el mundo público o privado, el folletito de 1927 que consultamos delata la generalizada tendencia de los chilenos a encumbrar volantines, llena la cabeza de la materia que sea. Pura esterilidad. Puro derrame de la simiente en la arena, mientras las cosas caminan a trastabillones para donde las lleve el viento. Tampoco las damas se libran de esta debilidad del vicio solitario. Según la muy vilipendiada y sospechosa Wikipedia, la gran mayoría de las mujeres (73%) se masturban acostadas (o en el baño) y con las piernas abiertas, mientras un 10% lo hace boca abajo y las piernas más juntas o muy juntas. La mitad de estas últimas no emplean los dedos para masturbarse, sino que se frotan contra una almohada, las sábanas o montando algún peluche. El 3% de las mujeres se masturba en cualquier postura simplemente contrayendo los muslos. Otro 2% lo hace empleando el chorro de agua de la ducha o la bañera. Y existe un 2% más que lo hace sin manos, estimulándose sólo con fantasías.

Imaginamos que sus masturbaciones mentales deben seguir un patrón de conducta parecida. Todos hemos escuchado hablar a una socióloga, a una educadora, a una administradora de empresas, o incluso a una dignataria, y podemos adivinar su invisible postura tras la apariencia inconmovible de sus cuerpos en escena, mientras perora sobre este mundo y el otro para no arribar a sitio ninguno, con los ojos en blanco. Ni los ancianos de la judicatura ni los sindicalistas ni los uniformados se libran de este generalizado hábito de la macaca mental. Le hemos agarrado el gusto, pareciera, a esto de darle y darle sin llegar a parte alguna. Horas y horas de meta y ponga palabrerío altisonante y frases indescifrables que hacen alcanzar el clímax y abrir los dedos de los pies a jerarcas y funcionarios menores de toda laya, principalmente por el mero placer de no comprometerse a nada ni en nada, haciendo parecer que el compromiso es a sangre y fuego.

Y claro, luego viene un leve sentimiento de culpa, y la urgencia de limpiarse las manos con alguna declaración de apariencia sólida a modo de Kleenex. Somos los reyes en este autoerotismo intelectual. Y cada día que corre se agudiza esta tendencia a la autosatisfacción compulsiva en su dimensión mental, política, académica. Es agotador, son extenuantes esas largas pajas que no engendran nada ¿Dónde están si no los resultados de tantas horas de encierro entre cuatro paredes? ¿Dónde diantre los frutos de tanto darle y darle al cerebro, intoxicado de imágenes excitantes, plagadas de poder e información? No es que esté mal del todo, en caso alguno, pero ya lo decía Aristóteles en su infinita sabiduría: todo en su justa medida. En lo personal nos quedamos con la vieja técnica física, tan higiénica, discreta y siempre a mano. LND

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