Manuel Salazar

Poco antes del mediodía del 13 de julio de 1992, sonó el teléfono en la oficina que Roberto Thieme tenía en Fort Lauderdale, en Florida, Estados Unidos. Al otro lado del auricular, una cálida voz femenina se identificó como Lucía Pinochet Hiriart. Dijo que venía llegando a Estados Unidos, que algunos amigos le habían sugerido que lo llamara, que él le podía ayudar a montar una empresa de exportaciones de muebles y maderas desde Chile. Traía varias carpetas con los productos y quería mostrárselas.

Esa tarde se encontraron en un restaurante en Miami. Nunca se habían visto y les bastaron algunos minutos para darse cuenta de que era como si se conocieran de años. Hablaron sólo unos diez minutos de muebles y madera. Luego, sin más preámbulos, entraron de lleno al pasado reciente, al más lejano y al presente, al hoy y ahora en Florida, donde ambos coincidían en la búsqueda de un futuro más promisorio.

A los 50 años, la hija mayor del general Augusto Pinochet mostraba una silueta delgada y atractiva. Sus piernas bien torneadas, sus caderas firmes y el busto erguido provocaban aún las miradas insinuantes de los hombres. Había salido de Chile huyendo de los escándalos económicos protagonizados por ella y su familia, los que recién empezaban a ser ventilados por la prensa y sacudían el período de transición a la democracia que dirigía Patricio Aylwin.

A lo menos dos de esos bochornosos episodios la comprometían directamente.

El caso más bullado había sido la difusión de varios reportajes que daban cuenta de las jugosas comisiones que Lucía y su segundo esposo, Jorge Aravena, habían conseguido como corredores del Instituto de Seguros del Estado, (ISE) a partir de 1983. Grandes empresas públicas como la Corporación de Fomento, (Corfo); LAN Chile, la Empresa Nacional del Carbón, Enacar; y el Banco Central, entre otras, que siempre habían contratado seguros sin intermediarios, fueron inducidas a requerir los servicios de las empresas corredoras creadas por la pareja.

Los chilenos vivieron un difícil 1983, con una cesantía real que superaba el

35%. Lucía Pinochet y su esposo, en tanto, consiguieron sólo en cinco meses comisiones por un monto cercano a los 30 millones de pesos.

Al promediar 1991 el general Jorge Ballerino, el jefe del Comité Asesor de Pinochet, le había pedido al ministro secretario General de Gobierno, Enrique Correa, que hiciera algo para evitar que los diarios siguieran publicando nuevos antecedentes sobre el caso del ISE.

A comienzos de octubre, el general Pinochet visitó al Presidente Aylwin en su casa y le mostró una carpeta con recortes del diario La Nación. En ellos aparecían profusamente sus hijos Lucía y Augusto, junto a ex agentes de la DINA y de la CNI que eran investigados por violaciones a los derechos humanos. Se quejó amargamente porque el gobierno no controlaba a la prensa e insistió en que estaba desatada una campaña en contra del Ejército y de su familia.

Pinochet y Ballerino siguieron insistiendo en los meses siguientes hasta conseguir que desde La Moneda se instruyera a los periódicos amigos para que evitaran las publicaciones sobre la familia del general. En los días previos a Navidad, el ministro del Interior, Enrique Krauss, recibió una carta donde Pinochet le agradecía “como padre” las gestiones oficiales por su primogénita.

En el verano del 92, Inés Lucía aterrizó en Miami tratando de superar también la última crisis con su pareja de entonces, Juan Pablo Vicuña, padre del que hoy es una de las más rutilantes estrellas de la televisión chilena, Benjamín Vicuña, pareja de la modelo argentina Pampita.

El primer encuentro entre Thieme y Lucía se extendió hasta muy tarde en la noche. Ella debía viajar a Tampa dos días después y él a visitar a su madre y a su hermana en Orlando. Decidieron hacer juntos el trayecto en el automóvil Porsche de la mujer para seguir hablando de otros temas. Era evidente que habían simpatizado. De allí, continuaron viéndose con creciente frecuencia hasta casi un mes después, cuando la hija del general viajó por dos semanas a Chile. La cariñosa despedida en el aeropuerto reveló que la relación estaba entrando a terrenos más profundos.

A su regreso, Thieme la invitó a pasar unos días en Santo Domingo, República Dominicana, aprovechando que debía finiquitar los detalles de la fabricación de dos mil sillas para un auditorio donde sería recibido el Papa Juan Pablo II. Se instalaron en un hotel y comenzó un abrasador romance, en medio de las esmeradas atenciones de los nostálgicos partidarios del dictador Rafael Trujillo, fascinados con la presencia de la hija mayor del militar que había derrotado al marxismo en Chile.

La pasión los consumía y de vuelta en Miami decidieron vivir juntos y compartir los gastos en el pequeño departamento que Lucía tenía en la zona de Key Biscayne. Thieme cambió los muebles, redecoraron el dormitorio y se dispusieron a entretenerse, a pasarlo bien, a amarse como si el tiempo hubiera retrocedido.

Recuerdos de Thieme

“Me había pegado una vuelta de tres meses a Chile en las elecciones de 1989 y había partido al sur como buen soldado nacionalista a apoyar a Eduardo Díaz Herrera en su campaña a senador. Ahí me acerqué nuevamente a Pablo Rodríguez y a todos los ex miembros de Patria y Libertad que tenían esperanzas en la coyuntura de la vuelta a la democracia y habían levantado a Pablo como precandidato a la Presidencia. Es más, me inscribí en el Partido del Sur como precandidato senatorial por la Novena Circunscripción Norte. Creí que por fin se abrían espacios para nuestro proyecto político. En Santiago inscribimos las candidaturas de dos senadores y ocho diputados en medio de gran algarabía y de ahí, todos muy entusiasmados, partimos a la oficina de Pablo en calle Morandé, quien nos invita a la sala de reuniones, se sienta y dice: Bueno, los felicito por seguir con la bandera del movimiento, del nacionalismo… y tengo que reconocer aquí que el único que tuvo razón fue Roberto… Todos nos miramos y alguien preguntó: ¿Con respecto a qué…?

-Con respecto a este viejo de mierda de Pinochet…, respondió sin que se le moviera un músculo de la cara.

“Me dije a mí mismo: Al fin… Todos estos años de amargura, de incomprensión, de amistades rotas, para llegar a esto. Sentí ingenuamente que había llegado casi a la cima con toda la euforia y el entusiasmo de ser candidato.

“Volvimos al sur y empezaron las negociaciones por los cupos. Al fin Eduardo transó para conseguir financiamiento. A mi me explicó que estaba Francisco Prat al otro lado y me confesó que para su campaña parte de las platas iban a salir de La Moneda, donde estaba Alberto Labbé y otros próceres pinochetistas. También contaba con el apoyo del candidato presidencial Francisco Javier Errázuriz.

“Le dije que yo no iba a hacer campaña con platas del gobierno. Estaba dispuesto a salir a pie o a caballo, en lo que fuera, pero no con platas del gobierno. Entonces decidí retirarme, pero trabajé por Díaz, organicé los rayados y las pinturas. Quería que llegara al Senado y que le diera peso y dignidad a lo que fuimos como nacionalistas.

“Con la derrota de Díaz, yo me volví a Estados Unidos. Tenía a mi mujer embarazada.

“Pasaron cosas turbias con Eduardo Díaz en la campaña, turbias y muy desagradables.

“Pablo me mandaba cartas preguntando ¿qué pasó en el sur?, ¿qué pasó con las platas?, ¿qué pasó aquí? y ¿qué pasó allá? Se reinició una muy fluida correspondencia. Cuando asesinaron a Jaime Guzmán, Rodríguez condenó duramente a la DINA. En esas cartas pude ver a un Pablo que seguía estando contra la derecha y criticando las violaciones a los derechos humanos. Volví a creer en él.

“A comienzos de agosto le envié una carta contándole mi relación con Lucía. Esperaba una buena acogida, pero nunca más recibí una línea, ni un fax, nada. Esa carta mía coincidió con la visita de Lucía a Chile. Pablo la invitó a cenar y le dijo: Cómo te vas a casar con Roberto. Tú necesitas un hombre que tenga plata, que te apoye, que te proteja, que te saque adelante. Roberto no tiene un peso. Y acaso crees que él va a ganar el dinero que necesitas para el tren de vida que tú llevas. Esto es una locura que tienes que terminar ya…

“Lucía retornó a Miami y me lo contó todo. Ese era mi amigo”.

DE VUELTA EN CHILE

Viajaron a Santiago a pasar las Fiestas Patrias. El 18 almorzaron con la familia de Thieme en un campo de Talagante y al día siguiente, tras la Parada Militar en el Parque O’Higgins, se dirigieron al Club Militar de Lo Curro, donde Pinochet y sus generales celebraban el Día de las Glorias del Ejército.

En el salón principal se vivía un ambiente de relajo y confraternidad. Unos 300 invitados departían mientras decenas de mozos servían una inagotable variedad de exquisiteces. Lucía, vestida de azul, era la única mujer presente.

En el centro del recinto se había instalado Pinochet junto a Aylwin y algunos de sus ministros. Hasta allí fue conducido de la mano el ex jefe operativo de Patria y Libertad.

-Papá, le presento a Roberto Thieme…

-Aaahhh… Usted amigo. Al fin lo conozco. Mucho gusto. Mire, le voy a presentar al Presidente…

La familia Pinochet Hiriart acogió a Thieme con calidez, pero de modo muy formal. Augusto, el mayor de los hijos, andaba con yeso y muletas tras haber sido baleado en una pierna por su primera mujer, la temperamental María Verónica Molina Carrasco; Verónica, la segunda hija, seguía casada con Julio Ponce Lerou, quien sólo aparecía para las grandes ocasiones; Jacqueline, la hija menor, estaba con su tercer marido, Iván Noguera Phillips, actual concejal de la UDI en la comuna de Providencia, tras dos fracasadas uniones con Jaime Amunategui y Guillermo Martínez Spikin; Marco Antonio, el menor, ya tenía una prolongada relación con María Soledad Olave Gutiérrez, integrante de la tercera generación en Chile de una familia que inmigró de España y se instaló en la zona de Talagante, transformándose en exitosos terratenientes que amasaron una fortuna con el vino y el aceite de oliva. La familia Olave tiene gran prestigio en las comarcas de Calera de Tango, Isla de Maipú, Talagante y Melipilla.

A comienzos de los 90 los Pinochet Hiriart vivían inquietos. Periodistas, políticos y abogados estaban hurgando en sus vidas, revisando sus negocios, molestando a sus amistades.

Roberto y Lucía, en cambio, se veían tranquilos. Entre ellos todo marchaba sin sobresaltos. Decidieron casarse en noviembre de 1992 en Miami y así lo hicieron previa firma de un acuerdo prenupcial de separación de bienes celebrado en la prestigiosa oficina de abogados Schutts & Bowen. Ella tenía tres o cuatro departamentos, acciones y varias cuentas bancarias.

Regresaron a Chile a pasar las festividades de fin de año con los Pinochet. Se instalaron en uno de los amplios dormitorios de la casona ubicada en la calle Presidente Errázuriz, vecina al barrio El Golf.

Intereses en el sur

Thieme aún era vicepresidente del Partido del Sur y su máximo dirigente, Eduardo Díaz, lo invitó junto a su flamante esposa a pasar unos días en Temuco y sus alrededores. Les pareció obvio que el dueño de la radio “La Frontera” quería sacar el máximo provecho posible de la visita de la hija del general en una región donde los partidarios del gobierno militar seguían siendo un número muy importante. Hospedada en un hotel a la entrada de Villarrica, la pareja fue visitada por antiguos amigos. Uno de ellos les propuso un negocio que pareció redondo: construir una fábrica de ladrillos refractarios elaborados con lava volcánica.

Lo consideraron una idea genial. Compraron diez mil metros de terrenos junto al volcán y se hicieron asesorar por ingenieros de minas que pidieron análisis de laboratorios a Santiago. Si el negocio resultaba como esperaban podrían venirse a Chile e instalarse en la región usándola como base principal para lanzar sus respectivas campañas políticas al senado y a la Cámara de Diputados. El desarrollo del proyecto requería tiempo y decidieron dejar todos los trámites y preparativos en manos del abogado Víctor Manuel Avilés, ex miembro de Patria y Libertad, ex colaborador de la DINA y amigo de los Pinochet.

De regreso en Florida, formaron la sociedad Villarrica Incorporated, para lo cual consiguieron el apoyo del banco Internacional, uno de cuyos gerentes era el chileno Guillermo Rossel, amigo de Thieme. Parte de los fondos obtenidos los utilizaron en montar una tienda de antigüedades que manejaría Lucía.

Por esos días unos brasileros solicitaron una entrevista con Thieme. Se presentaron como ejecutivos de la empresa de armamentos Avibras y afirmaron ser amigos del general Pinochet. Recordaron que habían participado en una operación de rescate del militar desde Ecuador luego que los servicios secretos de Brasil detectaran una posible detención del oficial chileno. Ellos habían acudido en un avión privado para sacar de noche a Pinochet y llevarlo a territorio seguro. Ahora, estaban interesados en participar en el proyecto del cohete Rayo que preparaba el Ejército que Pinochet comandaba. Y deseaban hablar con la hija del general para pedirle que intercediera a nombre de ellos con su padre. El que parecía ser el interlocutor principal se identificó como Helto Duarte.

En los días siguientes Lucía llegó a un acuerdo monetario con los brasileros para hacer lobby en Santiago y conseguir que el proyecto Rayo fuera entregado a Avibras. Tres semanas después llegó el empresario chileno José Avayú, vinculado a las importaciones automotrices, pero también un eficiente representante de las Empresas Rafael, de Israel, para tratar de convencer a la hija de Pinochet de que también mediara en por ellos.

Lucía empezó a viajar con más frecuencia a Chile y a insistir ante Thieme para volver definitivamente al país. En Santiago se reunía periódicamente con los oficiales Luis Irazabal y Carlos Kruhm.

Desde comienzos de 1994 las presiones de los brasileros e israelitas sobre Lucía Pinochet se hicieron cada vez más ostensibles. Ella los eludía sin mayor inquietud, mientras se acercaba cada vez más a su padre a quien acompañaba en sus frecuentes viajes a Londres.

Los hermanos, en tanto, no le podían perdonar a Augusto junior el desaguisado hecho en la construcción de una nueva casa en la hacienda de Bucalemu. Puesto al frente de las obras por su madre, el hijo mayor se había gastado gran parte del dinero, optando por reducir los costos usando mínimas cantidades de cemento, fierro y otros materiales. El, por su parte, no se inquietaba. Estaba más preocupado de Macarena, su vistosa nueva pareja, que no perdía ocasión para coquetear con Thieme y despertar los constantes celos de Lucía. Verónica, en tanto, sufría el lacerante dolor de la infidelidad: Julio Ponce se había enamorado de otra mujer y optado por separarse.

Los celos de Lucía Pinochet aumentaron. Ya no sólo eran las mujeres que se relacionaban con su esposo; también era Victoria, la pequeña hija de su anterior matrimonio que vivía en Fort Lauderdale y a la cual Thieme visitaba cada vez que podía. Inútiles fueron los consejos profesionales de una terapeuta de la Clínica Alemana y de Giorgio Agostini, sicólogo que la trató una vez por semana durante varios meses.