Por Radomiro Spotorno

Las novedades de mi trabajo vienen por dos carriles. En primer lugar, la incorporación casi en pleno al habla popular chilena de la jerga malhablante española, debido seguramente a la proliferación de los comix (historietas donde la x marca su tendencia erótica transgresora) y notablemente al doblaje peninsular de las películas pornográficas, danesas, suecas o norteamericanas, que circulan profusamente en cintas y DVD, y que también son plato fijo de los “canales especiales” de los innumerables hoteles parejeros del territorio nacional.

La otra vertiente de novedades en la “mal habla chilena” es provista por los medios de comunicación masiva, cuyo reciente “destape” se expresa en el uso y abuso de esta zona del lenguaje y en algunas aportaciones originales, donde destacan los programas radiales del Rumpy.

También he profundizado en el estudio del fenómeno de las malas palabras, a fin de comprender dónde nace su potencia poética, su capacidad alucinatoria, su carácter tabú, notablemente en lo que respecta a la expresión, epítome de las malas palabras chilenas, “Concha de tu madre” que, a mi juicio encierra la clave de este verdadero misterio del lenguaje.

ALFOMBRAS CAMBOYANAS

He aquí algunas novedades del tercer volumen.

Almeja: (lamelibranquio marino, comestible, del género tapes) Es metáfora formal y una de las designaciones más populares que recibe la vulva en la península, por evidentes afinidades de aspecto y, dicen, de sabor. Esta voz jergal peninsular encuentra su paralelo en nuestro choro (del quechua, directamente o a través del mapuche, mejillón), por no menos evidentes afinidades de aspecto y, dicen, de sabor.

Camboyana: Maraca, profesional o vocacional, de primera línea de combate, aguerrida y sacrificada. Evoca a los combatientes de las interminables revoluciones y guerras civiles que han asolado ese país asiático y que los medios de comunicación muestran pequeños, entecos y dispuestos a todo.

Champañazo: Eyaculación en la felación. Metáfora de óptimo señalamiento, el pene eyacula con la potencia del chorro de champaña cuando salta su corcho. Vocabulario del Rumpy.

Chasconeársela: Poseer reiterada e intensamente a una mujer. De fácil desciframiento ya que “chasca” es melena. No descarto aporte de “chascona”, por vulva. Del quechua, directa o a través del mapuche, “chaska”, melena.

Conferencia de Prensa: Felación. Variante: Hablar por micrófono. Vocabulario del Rumpy.

Cualquier micro me sirve: En cuestiones sexuales, cualquier solución es útil, no discriminándose edad, sexo ni condición. “Micro”, en Chile, es autobús urbano.

Follar: tr. vulgar, practicar el coito (Diccionario RAE). Voz peninsular, aunque contemporánea, de rancia prosapia. Algunos la derivan del latín follis, fuelle, “por el movimiento rítmico del que sopla con el fuelle”. El Premio Nobel Camilo José Cela, la emparenta más bien con el latín fullare, pisar, abatanar (moler con muela) y su versión más moderna hollar, que vale por pisar.

Grado 1, grado 2, grado 3, grado 4, etc: La más popular y original creación del que llamamos Vocabulario del Rumpy. Usada con profusión, describe de manera sintética la progresión del encuentro erótico. Esta gradación, que vemos emparentada con las escalas sísmicas, grabadas a fuego en el inconsciente colectivo chileno, mide la intensidad creciente del encuentro amoroso. Así el grado 1 es de suaves besos y mano andar. El grado 2 de tocamientos y caricias de más elevada temperatura e intimidad. El grado 3 es ya el acto sexual, puro y duro. El grado 4 agrega la penetración anal, obsesión muy presente en la mentalidad nacional, definida como estancada en la fase anal-sádica (Viva Chile, mierda). Existirían aún grados 5, 6 y ¡7!, pero no es posible precisar la significación exacta de estos parámetros y más bien parecieran elaboraciones fantasiosas y barrocas. Así, para el grado 7 se precisarían dos varones y una mujer, resultando la sumatoria del grado 3, coito normal, y grado 4, coito anal, que ejecuta cada varón por su lado, sobre la misma mujer. Borges, de una situación análoga, comentó: ¡Pero es tan incómodo!.

Gritar un Viva Chile: Copular. Es metáfora festiva que relaciona los sanos sentimientos patrios con los no menos sanos del deseo. Debe utilizarse sólo para ocasiones señaladas.

Incursión: relación sexual, puede usarse como verbo, incursionar. (V. del Rumpy)

Peinar la alfombra: Cunnilinguo, metáfora de fácil desciframiento.

Peinar la muñeca: Estado alterado, lindante con un episodio sicótico. Graciosa expresión que alude a la inutilidad de tal actividad, propia de un niño absorto, obseso, casi autista. Úsase cuando algo o algún acontecimiento ha producido tal conmoción en el hablante que le ha dejado sin conducta, ha quedado peinando la muñeca.

Sacarse el diente de leche: Desvirgarse. También de esta curiosa odontología perder la muela del juicio, primera experimentación del coito anal y, la más general, ir al dentista, actividad sexual inaugural, aunque sin detallarla. (V. del Rumpy).

Trapear el muñeco: Limpiar la mujer el miembro del varón con un paño, después del acto para quitar los restos que se le hubieren adherido durante el mismo, restos que huelga detallar.

Ver la luz: Tener la mujer un orgasmo. Variante de Ver a Dios.

LA PIEDRA ANGULAR

En la ya larga tarea de recopilar el catastro de malas palabras chilenas y preparando la tercera edición, naturalmente corregida y aumentada, del Glosario del Amor Chileno, creo que al fin he visto la luz. Como siempre, los logros se construyen sobre los fracasos. Nunca pude, ni en las dos ediciones anteriores ni en los artículos publicados relativos al tema, desentrañar a mi total satisfacción, la esfera de significación de nuestra máxima expresión, insulto sublime, que sólo se responde, en el código de honor infantil, pasando al acto, a la bofetada, como única manera de reparar la ofensa: Concha de tu madre.

Apuntábamos en la segunda edición:

Concha de tu madre o Conchetumadre: Ofensa de mayor calibre del catastro nacional de insultos. De difícil desciframiento puesto que es expresión apocopada que completa reza “ándate a la concha de tu madre”. Pensamos que viene a significar, no sin una fuerte carga metafísica, “desanda el camino de tu existencia y vuélvete al seno materno porque tu vida no valió la pena ser vivida”. Esta interpretación ya fue apuntada por otros estudiosos, Carlos Alberto Cornejo entre ellos. No está claro si la expresión se extiende hasta desear que desde el seno materno se intente otra gestación, alumbramiento y existencia más afortunados y dignos que aquellos que la imprecación supone al aludido, o por último, si lo que se desea es que el insultado permanezca indefinidamente en el seno materno, dada su incapacidad para la vida. Otra interpretación posible, menos metafísica y más sicoanalítica, supone que este insulto es una malévola orden o incitación a cometer el incesto edípico, a fin de que el insultado complete su natural abyección.

¿Por qué las malas palabras son malas palabras y además están jerarquizadas?

Las malas palabras lo son porque comparten un carácter de tabú, es decir una prohibición es decretada sobre un listado de palabras y esa prohibición no sólo es social, e incluso está incorporada a la normativa legal, sino está plenamente internalizada.

El carácter de tabú, según el sicoanalista Ariel Arango “les da su potencia alucinatoria”, esto es la vívida representación en la mente del que las dice y del que las escucha o las lee. El niño aprende a hablar y todo el mundo se lo celebra, pero de pronto descubre que hay palabras que no puede decir, y es punido, incluso físicamente, si las dice. Este descubrimiento de las palabras prohibidas es más o menos contemporáneo al descubrimiento, o la imposición, de otras prohibiciones. Hay cosas que el pequeño ya no puede hacer, el desgarrador destete ya ha tenido lugar, como primer episodio del aprendizaje del dolor; zonas de su cuerpo (que es lo mismo que decir el universo) que no debe tocar (te la voy a cortar si te la sigues tocando) que no debe mirar, y de las que no puede participar, especialmente de lo que ocurre tras las puertas del dormitorio de los padres, que para él ya se cerraron para siempre. El mundo se empieza a llenar de prohibiciones. La ley esta siéndole interiorizada.

No escapa a la aguda e inquisitiva inteligencia del niño que para referirse a cosas sexuales hay un repertorio de palabras sustitutas que si puede usar y que otros utilizan para él, pilila, popo, pipí, etc. Pero si utiliza las otras es castigado. Pero esas otras palabras existen y, según ha observado, a los adultos se le escapan, u otros niños, mayores o más avisados, las utilizan y las enseñan, como secretos. La identificación es inevitable: esas palabras prohibidas son los verdaderos nombres de los objetos y las acciones sexuales. Esos verdaderos nombres quedarán cargados de una potencia emocional que las hará del todo excepcionales y tendrán sobre él un poder evocador como ninguna otra de las palabras de su idioma.

Esas son las malas palabras y ellas se ordenarán jerárquicamente de acuerdo a la jerarquía de la prohibición a la que aluden.

Y al fondo, en lo alto, y como prohibición máxima y de la que emanan las otras, la prohibición del incesto.

Incestos, como nos dice la antropología, hay muchos. En algunos pueblos los hay incluso extravagantes. En el Egipto antiguo, el matrimonio entre hermanos no sólo estaba permitido, sino que era prácticamente obligatorio en las familias reales. Lo mismo en la familia del Inca andino.

Aún el matrimonio, o al menos el ayuntamiento, entre padre e hija, aunque excepcional, también ha tenido lugar. El faraón Ramsés II se casó no con una, sino con varias de sus hijas. La Biblia nos cuenta la historia del justo Lot y sus célebres borracheras con sus dos hijas (Génesis, 19, 30-8).

Pero el incesto prohibido sin excepción alguna, en todas partes y en todas las culturas, es el de madre-hijo.

Es el tabú en su máxima expresión, incluso del que emanan y en el que se fundamentan los otros tabús “menores”. Es la piedra angular.

Sólo hay una prohibición tanto o más severa que ésta: el canibalismo.

Las dos pulsiones fundamentales de la vida, que prácticamente se confunden con ella, el hambre y el deseo sexual, es decir la supervivencia y la reproducción, encuentran así la piedra base sobre la que se edifica la convivencia entre los seres humanos. La ley suprema dice: Podrás comerte todo, menos a tus semejantes y podrás acostarte con todas las mujeres, menos con tu madre.

La cuestión del tabú del incesto madre-hijo es de una profundidad abisal (“Amor de madre, abismo sin medida” decían unos letrerillos que los micreros de mi época ponían en su cabina), que aquí sólo podemos tratar muy superficialmente.

De este modo y finalmente el significado de la expresión que nos ocupa aparece como mucho más claro, es simplemente la mención del nombre de algo. Pero al decir el “nombre verdadero”, es decir una mala palabra y su potencia alucinatoria, estamos representándonos vivamente la imagen más prohibida, el sólo pensar en ello nos inquieta profundamente, estamos violando, aunque sólo sea en el pensamiento, el tabú básico.

También de este modo se aclara la expresión “sacar la concha de su madre”, que quiere decir sacar “aquello” de su refugio de vestidos y olvidos y dejarlo expuesto a la plena luz del día. Algo del todo insoportable que viola, además, nuestra intimidad más secreta.

Así, el desciframiento de esta expresión permite, finalmente, comprender que las malas palabras son los nombres (o unos derivados de los mismos), del universo sexual antes de la instauración de la conciencia moral, es decir, el momento en que nos forzaron a ser “inocentes” por el procedimiento de la represión y del olvido, procedimiento que, por lo visto, nunca resulta del todo.

AUTOR: La Nación Domingo