Francia Fernández

Un cartel imponente señala el lugar preciso: Club de Jazz de Coquimbo. La cabellera frondosa de Cristián Cuturrufo se asoma a la puerta. “¿Quién me busca?”, pregunta con desgano. Después advierte que no se le acerquen mucho porque comió jurel.

Es viernes por la noche. La presentación de este trompetista que fue nombrado Hijo Pródigo de la Región está por comenzar. Su padre, Wilson Cuturrufo, acordeonista, pianista y director regional de Cultura, y María Elena Contador, madre y “jefa máxima” de la familia, corren de un lado a otro afinando detalles. Uno a uno irán llegando los otros hijos, todos con una sonrisa en la cara.

“Mis primeras imágenes en el oído son del swing que tocaba mi papá. Estábamos ‘condenados’. De chicos éramos los hermanitos Cuturrufo de Coquimbo. En las veladas del colegio yo (32) tocaba bongó; Rodrigo (36), guitarra; Marcelo (34), flauta dulce, y Carolina (30) cantaba. Después, en quinto básico, fuimos pasando uno a uno a la Escuela de Música de La Serena”, recuerda Cristián.

Ahora, Rodrigo es etnomusicólogo, arreglador orquestal y encabeza, desde 1994, el grupo Vernáculo, en que todos se reúnen a cantarle a la Virgen de Andacollo. Marcelo estudió sonido y es el actual baterista de Alvaro Henríquez; Carolina, además de tocar la flauta traversa, es actriz. Y Cristián es considerado el mejor trompetista chileno de su generación.

El prefiere tomárselo con modestia. “He tenido más cobertura y ganado premios como el Altazor (2001), pero nunca me he sentido más. Si lleváramos la música al fútbol y acá fuéramos un equipo, desde mi mamá para abajo jugaríamos todos igual”, aclara.

La jefa del clan Cuturrufo describe mejor a sus hijos. “Cristián es alegre y cocina rico, pero es muy desordenado. Y cuando hace asado, se come la mitad y a nosotros nos sirve después… Rodrigo es buen hijo, buen padre y estupendo músico, pero habla hasta por los codos. Marcelo es muy trabajador, pero medio mal genio. Carolina, estudiosa y respetuosa, pero si algo no le parece, se va pegando un portazo”.

Otra característica “cuturrufiana” es que los varones son buenos para las ‘tallas’ rápidas y para los puñetes. “Yo fui pandillero desde los 12 hasta los 14 años, salía a pelear con linchacos y cadenas. Dejé la trompeta y me quedé repitiendo en primero medio. Una vez, en un festival le ‘sacamos la cresta’ a Alvaro Scaramelli, porque fue roto con mi papá. Pero ahora cuando nos encontramos, nos morimos de la risa”, relata Cristián.

-¿Y cómo te enderezaste?

-Un día mi papá me puso como condición para ir a una fiesta que me aprendiera un solo: La Bamba. Me demoré 20 minutos. Y después me dijo: “ensaya, más adelante se te va a encender la ampolleta y me lo vas a agradecer”. Al año ocurrió. Y aquí estoy… Me obsesioné con la trompeta, ensayaba 16 horas diarias. En matemáticas y castellano tenía rojos y legalmente repetí todos los años, pero en la trompeta, nunca me ha gustado ser número dos. Mi papá nos inculcó que fuéramos los mejores en lo que hiciéramos.

Lo confirmó el 2004, en una exitosa gira por Europa a la cabeza de Chile Jazz, agrupación que integran además Ignacio González (saxo), Carlos Cortés (batería), Federico Danneman (guitarra) y Rodrigo Galarce (contrabajo). También lanzó su cuarto disco, Jazz de Salón, un álbum de covers, a dos manos con Valentín Trujillo.

Aunque es bajito-bajito, Cristián se agranda en el escenario. En este caso, un círculo iluminado con una lámpara de lágrimas de principios del siglo XX, de la época en que el club era la casona de reuniones sociales de la familia Spencer y no el centro cultural que los Cuturrufo fundaron en 1998.

Unas cien personas siguen atentas el espectáculo. A un costado del escenario sorprende la figura de Matías, el hijo melómano de Marcelo, que con un movimiento de cabeza sigue, desde su silla de ruedas (sufre de una enfermedad neurológica), el ritmo de su padre y sus tíos. Definitivamente, son los genes…

FUEGO

En algún cruce de la carretera, entre Coquimbo y La Serena, un camino de tierra conduce hasta la parcela número 68. Es la casa ‘matriz’ de los Cuturrufo-Contador, una morada amplia pero sencilla de color burdeos, rodeada de los parajes donde Rodrigo, Marcelo, Cristián y Carolina se criaron entre ladridos de perros y otros sonidos que sólo ellos distinguen.

Es la hora de almuerzo del día sábado. Todo el mundo está trasnochado, pero aún hay ánimo para un pescado a la leña, especialidad culinaria de Cristián. Camino a la cocina está la Mechita, una anciana enferma que entró en la vida de la familia desde siempre. “Es una herencia. Todos saben que tienen que preocuparse de ella, es nuestra güagüa”, cuenta María Elena, la dueña de casa.

En 1997, un incendio consumió la casa original de pino oregón, que medía 400 metros cuadrados. Fue un domingo en la noche. Marcelo salvó a la familia. Llegó en su camioneta y sintió olor a quemado. “El lugar era un infierno. Entré por la pieza del lavado y traté de humedecer la casa. Fui a sacar a mis papás, a mis hijos, a mi abuelo, a la Mechita, que no reaccionaba… Lo único que me faltó fue un perro, que se murió”, detalla Marcelo.

“Cómo habrá sido que se fundió una tina de hierro que era de mi abuelo…Teníamos una flauta del siglo XVI que se quemó, violines, pianos. Perdimos una historia de 25 ó 30 años, en fotos y videos. En 10 minutos y medio todo desapareció, pero reafirmamos otras cosas”, se lamenta Carolina.

Seis meses después fundaron el Club de Jazz y construyeron la nueva casa. De hecho, como cuentan por separado, al otro día hasta se reían y bromeaban. Marcelo terminó de construir su estudio de grabación a las cuatro de la tarde y lo vio hecho cenizas, en la noche. “Después del incendio, nos dieron una mediagua y la Onemi nos puso una carpa… Acá estamos, parados de nuevo”, dice. Como resume Cristián: “Familia unida, jamás será vencida”.

 CHORO Y COQUIMBANO

Wilson Cuturrufo toma el acordeón y toca una melodía. Sus hijos no tardan en seguirle el ritmo. Es algo natural: siempre lo vieron dirigiendo orquestas. A los 9 años comenzó a tocar profesionalmente. “Cuando me hice conocido, todo el mundo me llamaba. Yo dije: me están pidiendo mucho, voy a tener que empezar a cobrar… Eso me ayudó a costearme los estudios de profesor”, rememora el ‘gran jefe’.

Crecieron escuchando tocar a su papá y más de una vez durmieron en las cajas de batería. “La música es algo que se traspasa solo, viene con el gen Cuturrufo. Mi hijo, Matías, escucha jazz todo el día y toca batería y acordeón, dentro de sus posibilidades. Mi otra hija, Ignacia, es baterista como yo”, dice Marcelo.

Rodrigo, el mayor de los hermanitos Cuturrufo, es tan fanático que bautizó a su hija menor (percusionista), con el nombre de Ska. La otra, Jeruska, toca el clarinete. También se enorgullece de que su familia y él sean coquimbanos.

-¿O sea?

-Choros, mañosos, garabateros.

Carolina lo sabe bien: en el colegio, sus hermanos le espantaban a los pretendientes. “Recién a los 17 años pololeé”, se queja. “Si un huevón quería acercársele, tenía que entenderse con los hermanitos Macana”, reconoce Cristián.

En la mesa, las anécdotas abundan, sobre todo con unos hijos que, por lo visto, eran maldadosos y creativos… “Esto es medio cochino, pero una vez, no sé de dónde sacaron que a una perra (la Zucky), si le metían una aspirina en el poto, ella se iba a encender. Cristián le hundía la aspirina y le decía: ‘prende luz’ “, dice María Elena.

Cristián bromea con que si fuera portero del Club de Jazz, no lo “pescaría” nadie. “Todas las mujeres que he tenido las he conocido por la música”, asegura. Igual que el padre.

A María Elena, Wilson Cuturrufo la conquistó “sin decir una palabra”, hace casi 40 años, en un malón familiar. Ella es la única que no es músico, aunque, a través de los años, aprendió a darse cuenta cuando alguien desafina o si hay que subir un volumen o bajarlo.

En todo caso, en el Club de Jazz “cada cual atiende su juego”. María Elena es la administradora. Marcelo tiene un estudio de grabación. Carolina es la directora de una escuela de teatro. Rodrigo piensa abrir un café. Y Cristián toca cada vez que puede. Para los casamientos venden un ‘servicio’ completo: la madre se encarga del banquete, el padre oficia de maestro de ceremonias y dirige a Los Mascott, orquesta ‘cumbianchera’ de la cual, por supuesto, participan sus hijos.

“En la casa, bailamos, cantamos todos y yo hago payas”, cuenta Cristián. Y son sagrados los 18 y las navidades en familia. Aunque Rodrigo, cada vez más fervoroso (apenas acepten sacerdotes casados se hace cura), va hasta Andacollo, a saludar a la “negrita”, como llama a la Virgen.

Cristián lleva al cuello una cadena gastada con su imagen. Son todos devotos. Y, hasta la fecha, le han dedicado dos discos.

En sus tierras, a los Cuturrufo les dicen el ‘Cutus Clan’, porque se mueven en grupo, y nadie sabe si eso tiene que ver con las raíces diaguitas o sicilianas que se le atribuyen al apellido. “A mí me gusta. Habla de una familia férrea. Establecimos una marca, pero también ayudamos al desarrollo de mucha gente. Siempre hemos tenido instrumentos y los prestamos para que otros aprendan”, subraya Wilson Cuturrufo.

Y como buen grupo, no paran: el 2006 esperan inaugurar la Escuela Iberoamericana de Ciencias y Cultura de Coquimbo. Claro que aún no está decidido quién “tocará” qué…