Roberto Brodsky

Es un clásico que durante las vacaciones una llamada telefónica desde Santiago nos arruine el descanso. Por lo general las malas noticias se parecen en que todas guardan entre sí una familiaridad con las leyes de Murphy: entraron a robar, se quemó la oficina, el perro se comió el equipo de video. No importan tanto las dimensiones del incidente como la oportunidad en que se presenta. Peor aún si las vacaciones transcurren en lugares sin acceso a Internet y donde no llega la prensa: entonces la inesperada llamada por celular puede transformarse en un estallido de neurosis sobre nuestro bien ganado relajo.

Lo contrario es muy infrecuente: nadie espera que lo llamen en vacaciones para anunciarle que ha ganado el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral y ahora posee una sólida plataforma literaria con más de treinta mil euros para empezar a apostar en las ligas mayores. Fue lo que le ocurrió a Mauricio Electorat, escritor chileno radicado en París desde hace más de veinte años, y quien fue recientemente galardonado con el Primer Premio del Concurso 2004 por su manuscrito Del habitar sin tener dónde, y que será llevado a librerías con el título de La burla del tiempo, según lo informado por la editorial.

Antes de que salga publicado el libro y empiecen a decir que esto y lo otro, voy a contestar las llamadas que recibí en el celular durante mis merecidas vacaciones y -a falta de no ser yo el premiado- presentar a Electorat, a quien conocí siendo estudiante y desde entonces es un amigo entrañable como pocos.

Nacido en 1960, formado en los avatares de esa generación estoica y algo perpleja que alguna vez Martín Hopenhayn llamó “los nacidos en el 57”, en un lejano artículo de la fallecida revista Apsi, Electorat ingresó al viejo Instituto Pedagógico de los años 80 y comenzó a escribir poesía como parte del grupo que formaban también Armando Rubio, Rodrigo Lira y Bárbara Délano, todos muertos en la fatalidad que acompañó desde sus primeros pasos a esa camada de jóvenes iracundos y desesperados. Expulsado de la gloriosa Universidad de Chile por las autoridades de ese entonces, bajo la acusación de promover actividades reñidas con la disciplina académica, Electorat viajó a Barcelona a seguir estudios de Filología Hispánica. Allí publicó sus primeros poemas, en el volumen Un buey sobre mi lengua. Luego, cuando yo mismo recalé en la Plaza de Cataluña, me acogió en su casa, fuimos a trabajar juntos a la vendimia francesa en busca de algún dinero, y después de muchas sinrazones y otros versos él se trasladó a París, donde ejerció los más diversos oficios mientras continuaba escribiendo con fe de carbonero.

La residencia en París resultó decisiva: por un lado se nutrió de la prosa de los realistas franceses a quienes adoptó como maestros, y por otro lado enrieló su afinidad con la poseía de los clásicos españoles, que le sirvió de fuente mágica para no sucumbir a la experiencia de inmigrante y cabecita negra en la difícil sobrevivencia parisina. De lo anterior dan prueba sus dos libros de narrativa, la novela El paraíso tres veces al día y los relatos Nunca fui a Tijuana y otros cuentos, que obtuvieron sendos premios literarios del Fondo del Libro. Como siempre, Electorat se gastó el cheque en la familia y con los amigos, libando estupendas borracheras en alguna salsoteca o un local de boleros. Nadie podría quejarse entre quienes compartieron glorias y penas con él.

Ahora los lectores van a disfrutar de la tercera entrega de Electorat, más aún cuando viene arropada de un premio que busca relanzar su antiguo prestigio con los mismos elementos que lo hicieron célebre en los años sesenta y setenta: literatura que equilibra entretención y riesgo, masividad y propuesta. Se trata de una muy buena noticia. Si hay alguna convicción creativa que asiste al nuevo premiado de Seix Barral, ésa es la de servir al lector sin por ello renunciar necesariamente al autor. Pero lo primero es lo primero, algo que cuesta llevar al papel más de lo que comúnmente se cree.

Otro triunfo para la literatura chilena, me comentó el periodista que interrumpió mis merecidas vacaciones con la temible llamada al celular. Lo decía con sincera satisfacción, pero no estoy tan convencido de la afirmación. Sería una mala noticia si se entendiera así: como el triunfo de un gremio nacional representado por la voz de uno de sus muchos hijos cuasi anónimos, perdido y ahora recuperado para la competencia en el concierto internacional, nuevo integrante del equipo chileno de la Copa Cervantes o algo así. Mentira, ésa es la lectura que le da el Estado y los medios públicos a la actividad de los escritores cuando triunfan, especie de complejo de culpa institucional ante las muchas miserias que riegan el camino de los que ejercen de por vida y solitariamente la literatura, y para quienes el triunfo es la excepción que confirma la regla en un oficio de perdedores por definición.

Un premio, si no está comprado de antemano, es el logro de un autor, de sus convicciones literarias y experiencias personales colocadas en provecho de un trabajo de ficción. Eso ya es suficiente como para cargarle además la camiseta de un país que se cree goleador. Ignoro lo que pensará Electorat de esto último, pero sí conozco la historia de su generación que es la mía y burló el tiempo para devolverlo con algo mejor bajo el sol.