Por Antonio Hernández

Año 1982. En una revista literaria romana salió publicado el siguiente poema del entonces veintieañero escritor chileno, Antonio Arévalo:

“Dijéronle criminal depravado / dícenme decíanle, para luego uno a uno cada cual / compartir su lecho deshacerlo y luego transformarse en una de esas sombras que / deambulan por la noche bajo los faroles refregándose chupándose besándose / rociando de semen la flor de esperma el color oscuro de la luna”. Las mismas frases delirantes encontraban escaso eco “en los actos culturales de la resistencia chilena en el exilio”, a la que el poeta y artista plástico pertenecía. “Existía en ese momento una búsqueda de discursos concretos y monolíticos, no sólo en torno a lo político contingente, sino además en lo moral”, comenta desde Roma.

Desde entonces, la situación no ha variado demasiado. Y su nombre sigue resultando desconocido en estas latitudes.

Este hecho se repite, con algunas variantes, entre los distintos autores de temática homosexual. En el caso de quienes residen en otros países no existen canales de distribución óptimos que permitan conocer ese trabajo en Chile. Como contrapartida, en nuestro país se ha producido un fenómeno curioso: la consagración de Pedro Lemebel como ‘el’ escritor homosexual chileno ha logrado instalar masivamente ese discurso entre el público y la crítica, pero también parece haber circunscrito el ejercicio literario de las minorías sexuales a solamente su pluma, cerrando la posibilidad de conocer a otros autores.

Así, por ejemplo, desde la presentación en la Feria del Libro del año pasado de la antología “A corazón abierto”, realizada por Juan Pablo Sutherland y publicada por editorial Sudamericana y el lanzamiento de “Zanjón de la Aguada”, del propio Lemebel la semana pasada, no se ha registrado movimiento editorial alguno.

TRAFICAR CON LA HOMOSEXUALIDAD

“A corazón abierto” aborda por primera vez la cronología de los contenidos homosexuales en la literatura chilena, a través de treinta autores no necesariamente homosexuales. Pese a ese alcance, en su momento la Fundación Gabriela Mistral y el escritor Enrique Lafourcade, exigieron ser excluidos del proyecto. Para Sutherland, lo más relevante es que la cuidada muestra grafica que “los escritores tuvieron que utilizar estrategias para hablar del tema sin que se notara. Recurrieron a la metáfora. De esa manera, traficaban la homosexualidad, pero no la decían”. La irrupción de la antología obligó también a reactualizar el debate de si existe realmente una tradición homoerótica de la literatura nacional.

“Estamos frente a un conflicto inexistente, porque no hay libros gay, sino obras que incorporan en mayor o menor medida el tema de la homosexualidad”, apuntó entonces el crítico Camilo Marks. Sutherland opina lo contrario, pues bastaría con leer entre líneas algunos clásicos locales.

La antología demuestra que en los años noventa hubo una irrupción que permitió la circulación de varios textos que pasaban por la temática homosexual. “Se publicaron cosas interesantes y otras que no lo eran, que carecían de enjundia literaria”, afirma Sutherland. En 1994, por primera vez una editorial internacional -Planeta- lanzó un volumen sobre la materia: “Ángeles Negros”, del propio Sutherland. Al año siguiente, Pedro Lemebel publicó “La esquina es mi corazón”, dando estatus literario al arquetipo de “la loca”. En 1998, Sudamericana lanzó “Paisaje masculino”, de Carlos lturra. Y algunos años después, Alfaguara hizo lo propio con “Vidas vulnerables”, de Pablo Simonetti.

Hoy el escenario aparece distinto. “Las editoriales pueden ser atraídas por la temática, pero muestran cuidado”, sostiene Sutherland. Aclara que en el caso de “A corazón abierto”, la discusión se centró en lo literario con el editor, el escritor Germán Marín. La atención estaría dada por cierto conservadurismo, aunque admite que “a estas alturas no se puede publicar sólo porque un texto es de una minoría”.

La postura de los editores frente a la escasez de publicaciones suele apoyarse en que muy pocos cumplen con la calidad requerida para ese fin. Pero la crítica Patricia Espinosa afirma que “aun cuando hoy la teoría promueve la pluralidad, aquello que literariamente intenta traspasar el canon se vuelve problemático, discutible y considerado de manera negativa, y la mayor parte de las veces es simplemente ignorado. En ese contexto, la escritura que aborda el tema homosexual, distanciada del maniqueísmo oficial, asume desde ya una disidencia o distanciamiento”.

Respecto de la literatura creada en otras latitudes, Juan Pablo Sutherland señala que “se está abriendo un espacio, pero a Chile llega muy poco de esta literatura porque hay problemas de encarecimiento de los productos, y la distribución es posible sólo cuando se trata de editoriales grandes”.

EN TODAS LAS LATITUDES

Yolanda Duque, poeta residente en Montreal desde 1986, cita a la escritora canadiense Nicole Brossard para sustentar su quehacer. Dice Brossard: “mi libro no significa si no que es lésbico”. Para ambas, la diferencia sexual hace del lenguaje una excepción, constituye una lengua diferente. Duque señala que, en su experiencia, la discriminación por su opción sexual ha provenido sólo de la comunidad latinoamericana. Fundadora en noviembre de 2001 de la editorial Alondras, la concibe como un espacio “sin fronteras de ninguna índole, pues la mitad de las publicaciones realizadas hasta ahora son homosexuales y la otra mitad no lo son”.

No obstante, Yolanda Duque se niega a encasillar sus motivaciones literarias. “No son diferentes de la de otro escritor o escritora: la vida, las sociedades intolerantes y la política nacional e internacional. No hay una motivación única. Uso mi libertad de expresión como cualquier otro ser humano en un ámbito racional”, arguye. 

En la vecina Vancouver, Francisco Ibañez-Carrasco ha desarrollado desde 1985 una prolífica labor como narrador breve. Parte de ese trabajo saldrá el próximo año en la compilación “Sex kills/Morir amando”, de la editorial Suspect Thoughts. Su más reciente ensayo, “In Difference”, apareció recientemente en la colección local “The love that dares not speak its name: Essays on queer sexuality and desire”, de la editorial Boheme Press, que se suma a su primera novela, editada por Arsenal Pulp Press en 2001, “Las heridas de la carne y las flores púrpuras: los años de Cha-cha”.

En Chile, la creación parece transitar por márgenes variados. A la ausencia de una casa editorial suele sumarse la distancia geográfica de la capital, e incluso el esconderse en el seudónimo, para “proteger” trabajo y estudios. Desde Concepción, la poeta y narradora Ingrid Odgers afirma que su acercamiento al tema homosexual/lésbico nace “desde un punto de vista histórico, sociológico, cultural y político, como respuesta a las dificultades que veo enfrentan mis amigos homosexuales y lesbianas”. Tanto en su primer texto, “A puertas cerradas” como en su segunda entrega, “Excessus mentis”, Odgers aborda “la homofobia, el conflicto interior, identificados como el temor al rechazo y el complejo de culpa. En Excessus … hablo particularmente sobre lesbianismo y sexualidad, y lo abordo desde la misma óptica”, comenta.

Periodista residente en Antofagasta, Víctor Bórquez publicó en 1985, con sólo 25 años de edad, el libro de cuentos “Trofeo de caza”. Amparado en la autoedición, un año más tarde editó “Ritos nocturnos”. Explica Bórquez: “En 1988, publiqué mi primera novela corta sobre el tema gay, ‘Primeros juegos’, acerca de la iniciación homosexual de un adolescente en un balneario y su posterior desarrollo”.

El reconocimiento de la crítica local lo llevó a publicar, hace seis años; “Relatos de sueño y luna”, en 2000; “Fiesta de Hombres Solos”, su segunda novela sobre el tema gay; y el año pasado la compilación de relatos breves “Desde la ternura”.

Otrora discípulo de Andrés Sabella, Bórquez concibe su trabajo literario centrado en el tema homosexual “como un compromiso, porque creo que no se ha abordado en todas sus variantes. Mis personajes y mi visión del mundo gay, que comparto plenamente, es el de la cotidianeidad, lejos del travestismo o los maquillajes”. En efecto, Bórquez retrata el mundo homosexual de quienes “conviven con las leyes heterosexuales, y por ello se plantean la disyuntiva del asumirse o no”.

EL EFECTO LEMEBEL

“He leído a Lemebel, y me parece muy bien que, a su manera, haya sido el primero en sacar la voz como homosexual, pero ello no significa que sea portavoz de ningún grupo, ni ejemplo literario para ningún otro escritor homosexual o lesbiana”, precisa Yolanda Duque. Víctor Bórquez ahonda en el reducido prontuario de la narrativa homosexual nacional y apunta que “la mirada que se definió como externa ha pecado de superficialidad, se ha quedado con ciertos estereotipos más o menos gruesos. Sucedió con Donoso, por ejemplo”.

En cuanto a los escritores militantes, el autor los considera válidos, “aunque un tanto exagerados en su poética, porque abordan más a la loca”, aunque reconoce “el mérito de haber derribado censuras, instalando el tema en el discurso social, como una incipiente reflexión nacional”.

Reflexión que al interior de la labor de los propios escritores parece más bien pasiva, si se nos permite el término, y disímil, por cierto. “La literatura no está condicionada al hecho de ser gay o no, uno escribe desde la condición del escritor, y hablo a hombres y mujeres, homosexuales o lesbianas. Yo, escritora, puedo narrar desde mi ser mujer o como un hombre o como lesbiana o como un gay. Un escritor no tiene límites”, señala Ingrid Odgers. Más receptivo a la posibilidad de un mayor espíritu de cuerpo, Víctor Bórquez precisa desconocer la existencia de algo parecido a “un movimiento” o alguna forma de diálogo literario. “Que yo haya escrito y abordado el tema gay hace varios años y que no se reconozca aún, algo indica”, comenta.

“No evidencio ningún cambio positivo hasta ahora”, sentencia Yolanda Duque y concluye, al tiempo que se interroga cuál será la reacción del público y los críticos chilenos cuando presente en octubre próximo la antología “Voces de luna” en Santiago y Valparaíso.

Habrá que estar atentos.