La encuesta CERC dada a conocer el lunes 6 reveló que 30% de los consultados sabe de alguien -familiar o conocido-, que simuló estar enfermo para no trabajar. Constató también que 17% sabe de alguna persona que ha escondido productos para no pagar en el supermercado; que 17% sabe de quien no ha pagado IVA, y que 15% sabe de alguna persona que se las ingenió para pagar menos impuestos.

Se trata de antecedentes inquietantes, que muestran ciertos comportamientos proclives al engaño. Algo anda mal en una sociedad cuando se empieza a debilitar el rechazo al fraude. Si ello se convierte en tendencia, el problema puede llegar a ser muy grave. En este contexto, el estudio constató que 55% estima que la corrupción es bastante, 33% mucha y 9% poca. En el caso de la corrupción política, 81% considera que es un problema real -9 puntos más que en la medición de diciembre de 1997-, y sólo 13% estima que se exagera.

No cabe duda que el fraude y la corrupción tienen estrechos vasos comunicantes. Se podría decir incluso que tolerar una es crear las condiciones para aceptar la otra.

Las pillerías en la vida cotidiana, los pequeños y no tan pequeños engaños a la fe pública, son el caldo de cultivo de la corrupción y, en consecuencia, de la erosión moral de la sociedad.

La vida en democracia reconoce derechos, pero supone también deberes, entre ellos, la responsabilidad con la comunidad de la que formamos parte. Ello implica respetar las leyes y normas que nos hemos dado, y rechazar la supuesta “viveza criolla”, que en el fondo es una forma de atropellar a los demás.

Quizá para algunos sea una gracia simular estar enfermo para no trabajar y cobrar el subsidio correspondiente. Para otros, no pagar impuestos implica “hacer leso” al sistema y quedarse con unos pocos pesos más, pero supone no cumplir con las obligaciones básicas. Como sabemos, eludir el pago de impuestos priva al Estado de los recursos necesarios para atender las urgencias sociales. Tolerar las trampas puede significar, por ejemplo, que nuestra jubilación sea menor o que el tratamiento médico que necesitamos sea más oneroso.

No podemos contemporizar con esta manera torcida de vivir. El combate contra las diversas formas de engaño tiene que empezar en la infancia mediante el fomento de la rectitud y la responsabilidad. El buen ejemplo, el respeto de la propia dignidad, el apego por la honestidad son cuestiones fundamentales.

Los actos fraudulentos le causan un grave daño a nuestra convivencia, siembran la desconfianza entre nosotros, nos empobrecen culturalmente. Si de verdad aspiramos a ser una nación desarrollada en todos los ámbitos, no podemos resignarnos ante el relajamiento de las costumbres. Tenemos que bregar para que nuestra sociedad se guíe por parámetros éticos exigentes.