En medio de grandes demostraciones de alegría popular, Luiz Inácio Lula da Silva asumió hace pocas horas como nuevo Presidente de Brasil. Gobernará hasta 2007. A la ceremonia de toma de posesión asistieron representantes de los gobiernos de 70 naciones, entre ellos los mandatarios de Chile, Argentina, Bolivia, Perú y Uruguay.

Se abre para esta nación de 173 millones de habitantes (2,8% de la población mundial) una gran oportunidad de avanzar hacia la superación de algunos de los males que han entrabado su desarrollo. El nuevo gobierno se propone articular un conjunto de políticas públicas que favorezcan al mismo tiempo el crecimiento económico y la inclusión social, lo que por supuesto no es sencillo de realizar.

Poco antes de asumir, Lula sostuvo que la economía brasileña “está en la UTI”. El equipo que formó para intentar sacarla de allí está encabezado por Antonio Palocci, como ministro de Hacienda, quien dijo recientemente que 2003 será “el año del cinturón apretado y un poco más”, lo que es revelador de que la caja fiscal será manejada con estrictez.

La primera tarea será tratar de terminar con el hambre, problema que afecta a más de la cuarta parte de la población, y que no tiene que ver con la supuesta incapacidad del país para producir alimentos, sino con la falta de poder adquisitivo de amplias masas. El compromiso de Lula es conseguir que en cuatro años todos los brasileños puedan tener tres comidas diarias. Para lograr tal objetivo, habrá una Secretaría Nacional de Seguridad Alimentaria, que llevará adelante un plan que contará incluso con la cooperación de las FF.AA.

Los pronunciamientos de Lula y sus colaboradores revelan gran realismo respecto de las tareas que enfrentarán, conciencia de las dificultades, pero además un entusiasmo contagioso, porque perciben las esperanzas que el pueblo deposita en su gestión y sienten también la simpatía internacional que ha generado la llegada de la coalición centroizquierdista al poder.

Los problemas de Brasil son del tamaño de Brasil. Pero también las posibilidades. Se trata de una nación con un inmenso potencial de desarrollo, que si resuelve adecuadamente sus problemas de endeudamiento y logra crear un ambiente propicio para la inversión, puede dar un gran salto en los próximos años.

Siempre hay que ponerse en guardia frente a la tentación de cifrar expectativas desmedidas en un cambio político. La primera etapa será crucial, porque allí se definirá la posibilidad de que el nuevo gobierno genere una corriente de confianza interna y externa. Será muy importante si establece relaciones constructivas con el empresariado, de modo de garantizar la estabilidad macroeconómica, alentar la actividad productiva y crear puestos de trabajo.

Brasil puede ejercer una positiva influencia en la región si se pone a la cabeza de los esfuerzos por aplicar políticas que busquen la síntesis entre el crecimiento económico y el empeño en favor de la igualdad.