SERGIO MICCO AGUAYO

Director Ejecutivo del CED

Para Richard Sennett existe un “escabroso paralelo” entre la crisis de la sociedad romana con posterioridad a la muerte de Augusto y la vida moderna, cuando los romanos comenzaron a considerar sus vidas públicas como una cuestión de obligación formal. De ahí la decadencia definitiva de un pueblo que se satisfacía con “pan y circo” y con emperadores y patricios que se dedicaban a conspirar y lucrar a costa de la patria de Catón.

Antes de la decadencia, en Roma, lo público era lo que pertenecía a todos y se relacionaba con el bien común. Lo privado era lo propio y lo relativo a la vida amparada y definida por la familia y amigos.

Hubo un tiempo en que para el republicano el honor y la felicidad pasaban por la participación en la cosa pública. Se creía que no había honor más alto que servir a la patria, en el campo de batalla o en la institución pública. Servirla bien era motivo de respeto, de recuerdo agradecido de los descendientes y motivo de felicidad pública. ¿Qué hubiese sido de Atenas sin Solón y Pericles o de Roma sin Cicerón o Escipión?

La actividad privada era el lugar del negocio, que se desarrollaba para cubrir las necesidades personales y familiares. Pero lo más altamente humano venía después, en el ocio, que no era holgazanería sino tiempo para dedicarlo a la poesía, a la filosofía y la política. Actividades bellas e imprescindibles.

Vistas las cosas desde esta perspectiva, los tiempos de decadencia llegan a la pobre, pequeña y lejana república chilena. Nos privatizamos escondiéndonos en el laborar y trabajar privadamente. Al momento del tiempo libre, nos reconcentramos en nuestro desarrollo íntimo, en nuestra psicología, beneficio personal: a lo sumo llegamos hasta la familia como espacio de sociabilidad. Se nos podría aplicar la maldición de Alexis de Tocqueville en cuanto a que cada persona, retirada dentro de sí misma, se comporta como si fuese un extraño al destino de todos los demás.

Este declive del espacio público se expresa en cómo organizamos nuestras ciudades. Las construimos sin plazas públicas ni centros comunitarios. Los lugares de encuentro público son, en realidad, de desplazamiento. Los malls son algo extraordinario: 179 millones de visitas anuales para dar vueltas, casi no hay asientos ni menos un lugar masivo de convergencia. Justamente porque se trata de ir a comprar, a comer “fast food” y no a deliberar acerca de los asuntos públicos. No hay un centro cívico -un ágora griego, un foro romano, una plaza veneciana-, donde los republicanos deliberen acerca de las cosas importantes de la polis. (Una eventual guerra en Irak, el futuro de Venezuela, la reforma de la salud, etc.)

La privatización de Chile se observa también en la Administración Pública, el lugar público por excelencia. Algunos ejemplo. El caso coimas remite al problema del dinero y la política. Si ella se ha encarecido es justamente por aplicación de criterios y lógicas de marketing político. Toda condena moral y sanción penal será tan farisea como ineficaz si no hay un límite de los gastos electorales, transparencia y financiamiento público de la política. Es lo que hacen las democracias mejores evaluadas del mundo y de nuestra región -Costa Rica y Uruguay.

Un ministro de Estado no puede ganar un millón y medio de pesos, pero tampoco un oficial primero de Carabineros puede tener por sueldo 280 mil pesos. No puede ser. Sus responsabilidades son enormes. Chile evidentemente puede pagar mejor si sus criterios de valoración de lo público fuesen más justos. Dentro del Estado, el Ministerio de Hacienda pasa a ser órgano rector. El presidente del Banco Central gana menos que el Presidente de la República. Nicolás Flaño, hombre recto y justo, fue sancionado por una crisis de Ferrocarriles que pasa por errores puntuales enormes y también porque el Estado no ha invertido en ellos como se debe. ¿Por qué? Porque estamos mentalmente privatizados.

El llamado masivo a concurso de cargos públicos es aplicar un método mentirosamente privado a una función que no encaja bien con este instrumento. No encaja bien porque un gobierno de coalición supone participación proporcional de sus miembros. Si no adiós coalición. Mentirosamente privado, pues se sabe que en la empresa privada los contactos personales, religiosos y las relaciones de parentesco son centrales a la hora de contratar. ¿Usted ha visto a Agustín Edwards llamando a concurso los puestos de sus hijos y familiares? Sea dicho de paso, el capitalismo canadiense, el del norte de Italia o del Japón no serían lo que son sin las redes corporativas y empresas familiares.

Nada de esto se discute. En nuestro espacio público torcido -el televisivo- hay miles de minutos para mostrar pelotas de cuero golpeando redes, robos o hurtos en contra de la propiedad privada o debates acerca del porte del pene de nuestros hermanos orientales. Esta última mención es ordinaria -pido perdón por ella-, pero creo que hemos pasado todo límite tolerable y nuestra conciencia ciudadana está un poco dormida, soporizada, narcotizada, etc.

Si se me acusa de exceso de pasión en mi alegato, lo agradezco. Es señal que sigo inmune a esta enfermedad terrible, republicanamente hablando, de ser privado de la razón pública. No aceptaré tal privatización, a la que tan alegremente parecen haberse sumado millones de chilenos.